Evangelio de hoy – Domingo, 23 de marzo de 2025 – Lucas 13:1-9 – Biblia Católica

Primera lectura (Éxodo 3,1-8a.13-15)

Lectura del libro del Éxodo.

En aquellos días Moisés estaba apacentando el rebaño de Jetro, su suegro, sacerdote de Madián. Llevó el rebaño un día al desierto y llegó al monte de Dios, Horeb. El ángel del Señor se le apareció en una llama de fuego, en medio de una zarza. Moisés notó que la zarza ardía, pero no se consumía, y se dijo: “Voy a acercarme a esta visión extraordinaria, para ver por qué la zarza no se consume”. El Señor vio que Moisés se acercaba para mirar y lo llamó desde la zarza, diciendo: “¡Moisés! ¡Moisés!” Él respondió: “Aquí estoy”. Y Dios dijo: “¡No te acerques! Quítate las sandalias, porque el lugar donde estás es tierra santa”. Y añadió: “Yo soy el Dios de vuestros padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob”. Moisés se cubrió el rostro porque tenía miedo de mirar a Dios. Y el Señor le dijo: He visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto, y he oído su clamor a causa de la dureza de sus opresores. Sí, conozco sus sufrimientos. He descendido para librarlos de manos de los egipcios, y para sacarlos de aquella tierra a una tierra buena y espaciosa, a una tierra que mana leche y miel. Moisés dijo a Dios: “Sí, iré a los hijos de Israel y les diré: ‘El Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros'”. Pero si preguntan: ‘¿Cómo te llamas?’ ¿Qué les responderé?” Dios dijo a Moisés: “Yo soy el que soy”. Y añadió: “Así responderéis a los hijos de Israel: ‘Yo soy’ me ha enviado a vosotros. Éste será mi nombre para siempre, y así seré recordado de generación en generación”.

– Palabra del Señor.

– Gracias a Dios.

Segunda Lectura (1Cor 10,1-6.10-12)

Lectura de la Primera Carta de San Pablo a los Corintios.

Hermanos, no quiero que ignoréis esto: Nuestros padres estuvieron todos bajo la nube y todos pasaron por el mar; todos fueron bautizados en Moisés, bajo la nube y junto al mar; y todos comieron el mismo alimento espiritual, y todos bebieron la misma bebida espiritual; de hecho, bebieron de una roca espiritual que los acompañaba -y esa roca era Cristo-. Sin embargo, la mayoría de ellos desagradaron a Dios, ya que murieron y permanecieron en el desierto. Estos hechos nos sirvieron de ejemplo para que no deseemos cosas malas, como deseaban los del desierto. No murmuréis, como murmuraban algunos de ellos, y por eso fueron asesinados por el ángel exterminador. Por tanto, quien crea que está de pie debe tener cuidado de no caer.

– Palabra del Señor.

– Gracias a Dios.

Evangelio (Lucas 13,1-9)

Proclamación del Evangelio de Jesucristo según San Lucas.

— Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo vinieron algunas personas a traerle a Jesús la noticia de que Pilato había matado a los galileos, mezclando su sangre con la de los sacrificios que ofrecían. Jesús les respondió: “¿Pensáis que estos galileos eran más pecadores que todos los demás galileos, porque sufrieron tal cosa? Yo os digo que no. Pero si no os convertís, todos moriréis de la misma manera. ¿Y aquellos dieciocho que murieron cuando cayó sobre ellos la torre de Siloé? ¿Pensáis que eran más culpables que todos los demás habitantes de Jerusalén? Yo os digo que no. Pero si no os convertís, todos moriréis igual”. modo”. Y Jesús contó esta parábola: “Un hombre tenía una higuera plantada en su viña. Fue a ella a buscar higos y no encontró ninguno. Entonces dijo al viñador: ‘Hace tres años que estoy buscando higos en esta higuera y no he encontrado nada. ¡Córtala! ¿Por qué está inutilizando la tierra?’ Pero él respondió: ‘Señor, deja la higuera este año. Yo cavaré alrededor de ella y le pondré fertilizante. Si no, la cortarás.’

— Palabra de Salvación.

— Gloria a ti, Señor.

Reflejando la Palabra de Dios

Mis hermanos y hermanas, es común en nuestras vidas encontrarnos con momentos de gran incertidumbre, cuando miramos los desafíos que tenemos frente a nosotros y nos preguntamos: “¿Por qué estoy pasando por esto?” o “¿Dónde está Dios en medio de todo esto?” Y en momentos como este, la duda y la desesperación pueden invadirnos. Pero es precisamente en estos momentos que las lecturas de hoy nos hablan de un Dios que está con nosotros, que nos llama, que nos desafía y que nunca nos abandona, incluso en las situaciones más difíciles.

En la Primera Lectura encontramos a Moisés en el desierto, cuidando las ovejas de su suegro Jetro. Él, un hombre que había huido de Egipto y que ahora vive en un exilio personal e íntimo, lejos de la tierra donde creció, vive un momento de gran transformación. Lo que parecía una rutina sin grandes perspectivas se convierte en el escenario del llamado de Dios. Ese desierto, que podría parecer sin vida y sin esperanza, se convierte en el lugar del encuentro más transformador de su vida. Moisés, con los ojos cansados, ve un árbol en llamas, pero la llama no se apaga. Una visión que, para él, parece inexplicable y misteriosa. El fuego no se apaga. Dios se manifiesta de una manera que rompe nuestros límites de comprensión.

Dios llama a Moisés por su nombre. Y esta es la primera lección para nosotros: Dios conoce nuestro nombre, nos llama individualmente y con un propósito. Moisés no es sólo un pastor que cuida las ovejas; es alguien que tiene una misión. De la misma manera, todos nosotros, incluso en las rutinas más comunes y en los momentos más difíciles, tenemos un llamado divino. Dios nunca deja de llamarnos. No es un Dios lejano, sino un Dios que se hace cercano, que nos habla en nuestra vida diaria.

Dios revela su nombre a Moisés: “Yo soy el que soy”. Este nombre revela la eternidad, la inmutabilidad y la presencia constante de Dios. Él no es un Dios que cambia según las circunstancias o las estaciones de la vida. Él es la presencia firme y constante en nuestras vidas. Sin embargo, es importante comprender que responder a este llamado no es fácil. Moisés, sin saber aún lo que le esperaba, temeroso y reacio, pregunta: “¿Quién soy yo para hacer algo tan grande?” Pero Dios le asegura: “Estaré contigo”.

¿Cuántas veces nos sentimos pequeños ante los desafíos de la vida y nos preguntamos si tenemos lo necesario para llevar a cabo la misión que Dios pone en nuestras manos? Al igual que Moisés, podemos sentirnos poco preparados o inútiles. Pero Dios no nos llama por nuestra perfección, nos llama por nuestra disposición a confiar en Él. Él nos promete su presencia constante, su fuerza, su dirección. Y si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros?

En la Segunda Lectura, San Pablo nos recuerda que el pueblo de Israel, aunque fue liberado de la esclavitud en Egipto, no estuvo exento de dificultades y tentaciones. Escribe: “No te ha sucedido nada que no sea humano”. El apóstol nos advierte contra el orgullo y la presunción, recordándonos que, aunque estamos llamados a la libertad y a la santidad, necesitamos vivir con humildad, reconociendo nuestras debilidades y la necesidad de la gracia de Dios.

“Quien crea que está de pie, que tenga cuidado de no caer”. Estas palabras de San Pablo nos desafían a reflexionar sobre nuestra vida espiritual. Es fácil pensar que porque estamos en una posición cómoda o tenemos buenas intenciones, somos inmunes a la tentación. Pero la verdad es que la vida cristiana requiere una vigilancia constante. Debemos tener cuidado de no caer en falsas certezas y, más aún, debemos recordar que Dios siempre está dispuesto a ayudarnos a superar nuestras debilidades, si le pedimos su ayuda con humildad.

En el Evangelio encontramos un pasaje que nos lleva a reflexionar sobre la tragedia y el sufrimiento, temas universales que nos tocan profundamente. Jesús habla de unos galileos que fueron asesinados por Pilato mientras hacían sacrificios en el templo y de la caída de la torre de Siloé, en la que murieron dieciocho personas. Cuestiona a los oyentes: “¿Creéis que estos galileos tuvieron más culpa que otros galileos por haber sufrido esto?” Y Él responde diciendo: “No, os digo, pero si no os arrepentís, todos pereceréis por igual.”

Jesús nos llama a reflexionar sobre la fragilidad de la vida humana. No está diciendo que el sufrimiento sea una consecuencia directa de nuestros pecados, pero nos alerta sobre la importancia del arrepentimiento y la conversión. El sufrimiento es una realidad a la que todos nos enfrentamos en algún momento, pero la forma en que respondemos a él es lo que define nuestra trayectoria. El arrepentimiento, un cambio de corazón, nos libera del ciclo del sufrimiento sin propósito y nos encamina en la dirección de la verdadera paz.

La parábola de la higuera que no da fruto es una invitación a la reflexión. El hombre que plantó la higuera en su viñedo, pero después de esperar tres años por el fruto, no encontró nada y decide talarla. A la higuera, que simboliza al pueblo de Israel, se le estaba dando una última oportunidad para dar frutos, para generar vida. El jardinero, sin embargo, intercede pidiendo más tiempo, una oportunidad para que tenga oportunidad de producir frutos. La higuera no se descarta inmediatamente, sino que recibe los cuidados y atenciones necesarios para que dé frutos. Y esto nos enseña algo muy importante: Dios es paciente con nosotros. Él nos da tiempo y oportunidades para arrepentirnos y dar frutos de santidad, pero ese tiempo no es infinito. La conversión requiere de nuestra parte acción, esfuerzo y decisión. No podemos esperar por siempre.

¿Qué nos dice la parábola de la higuera? Que es tiempo de dar frutos, tiempo de vivir según el llamado de Dios. Como la higuera, estamos llamados a dar fruto, a vivir de una manera que refleje la gracia que hemos recibido. Pero no podemos esperar una eternidad para empezar. El tiempo de Dios es ahora. La paciencia de Dios no debe engañarnos, pues Él nos da tiempo, pero este tiempo es una invitación a la conversión.

Entonces, hermanos y hermanas míos, ¿cuál es nuestra respuesta al llamado de Dios? ¿Somos como Moisés, quien, a pesar de las dudas y los temores, elige seguir la dirección de Dios? ¿O somos como la higuera, que aún no ha dado fruto, pero se le está dando una oportunidad más de producir vida? No importa lo que haya pasado hasta ahora, lo que importa es la decisión que tomemos ahora, en este momento.

Con cada nuevo día, Dios nos da la oportunidad de crecer, arrepentirnos y dar frutos. Nos llama por nuestra propia humanidad, por nuestra historia, con todas nuestras limitaciones y debilidades. No necesitamos ser perfectos para ser usados por Dios. Necesitamos un corazón dispuesto, una vida abierta a Su gracia. No hay tiempo que perder. El llamado de Dios es urgente y Él está con nosotros, permitiéndonos vivir la misión que se nos ha confiado.

Hoy, al salir de aquí, recordemos que la vida cristiana no es una vida fácil, sino una vida llena de gracia, llena de posibilidades de transformación. Dios nos llama por nuestro nombre, nos da su fuerza y nos ofrece el tiempo de la conversión. Que aprovechemos este tiempo, abramos nuestro corazón y comencemos a dar frutos que lo glorifiquen, con la certeza de que Él siempre está con nosotros. Que así sea. Amén.