Evangelio de hoy – Jueves, 13 de marzo de 2025 – Mateo 7,7-12 – Biblia Católica

Primera Lectura (Ester 4:17)

Lectura del libro de Ester.

En aquellos días, la reina Ester, temiendo el inminente peligro de muerte, buscó refugio en el Señor. Se postró en tierra desde la mañana hasta el anochecer, junto con sus siervos, y dijo: “Dios de Abraham, Dios de Isaac y Dios de Jacob, bendito eres. Ven en mi ayuda, porque estoy solo y no tengo otro defensor fuera de ti, Señor, porque yo mismo me he expuesto al peligro. Señor, he oído, en los libros de mis antepasados, que liberas, Señor, hasta el fin, a todos los que te son queridos. Ahora, pues, ayúdame a Estoy solo y no tengo a nadie más que a ti, Señor Dios mío. Ven, pues, en ayuda de mi orfandad. Pon en mis labios un discurso atractivo, cuando esté delante del león, y cambia mi corazón para que aborrezca al que nos ataca, para que perezca con todos sus cómplices.

– Palabra del Señor.

– Gracias a Dios.

Evangelio (Mateo 7,7-12)

Proclamación del Evangelio de Jesucristo según San Mateo.

— Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “¡Pedid y se os dará! ¡Buscad y encontraréis! ¡Llamad y se os abrirá la puerta! Porque todo el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abrirá. ¿Quién de vosotros le da una piedra a su hijo cuando le pide pan? ¿O le da una serpiente cuando pide un pescado? Ahora bien, si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre? ¡Quien está en el cielo dará cosas buenas a quienes le pidan! ¡Todo lo que quieras que otros te hagan, hazlo también con ellos!

— Palabra de Salvación.

— Gloria a ti, Señor.

Reflejando la Palabra de Dios

Mis queridos hermanos y hermanas en Cristo,

Hoy, al profundizar en la Palabra de Dios, encontramos dos lecturas profundamente ricas en enseñanzas sobre la oración, la confianza en Dios y su generosa respuesta a quienes lo buscan con sinceridad de corazón.

Nuestra primera lectura nos lleva al libro de Ester, donde vemos un momento de extrema angustia. Ester, mujer elegida por Dios para un tiempo de gran prueba, alza su voz en oración y clama al Señor con toda su alma: “¡Señor mío, Rey nuestro, tú eres único! Ven en mi ayuda, porque estoy sola y no tengo más defensor que tú” (Ester 4,17). Esta intensa súplica surge del corazón de una mujer que comprende su debilidad, pero sabe que, ante el trono de Dios, nada es imposible.

En el Evangelio, Jesús nos presenta una enseñanza directa y alentadora: “¡Pedid y se os dará! ¡Buscad y encontraréis! Llamad y se os abrirá”. (Mt 7:7). Estas palabras son una invitación a la confianza y a la perseverancia en la oración. Dios no es indiferente a nuestras necesidades. Él no se mantiene al margen ni se esconde cuando clamamos. Al contrario, Él está siempre atento, siempre cercano, siempre dispuesto a acogernos.

Para ilustrar mejor esta verdad, imaginemos a un niño pequeño que quiere algo de su padre. Si quiere un trozo de pan, lo pide con insistencia. Si quiere que su padre la cargue, extiende los brazos expectante. El padre, que ama a su hijo, cumple su petición, no porque el hijo tenga poder sobre él, sino porque quiere darle lo mejor. Así es Dios con nosotros. Somos sus hijos amados y Él se deleita en darnos lo que realmente necesitamos para nuestro bien.

Pero miremos el llanto de Ester. Se enfrentaba a una amenaza de exterminio contra su pueblo. Había miedo, había oscuridad, había angustia. Y aun así, no recurrió primero a estrategias humanas, sino que elevó su corazón al Cielo. ¿Cuántas veces, ante los desafíos, intentamos solucionarlo todo nosotros mismos antes de acudir a Dios? Como Ester, estamos llamados a reconocer que hay momentos en que sólo el poder divino puede salvarnos.

Jesús nos enseña que la oración no es un monólogo vacío, sino un diálogo vivo con el Padre. No es sólo pedir, sino buscar. No es sólo tocar a la puerta, sino esperar con fe. Esto significa que la oración debe ir acompañada de acción y perseverancia. Si queremos encontrar a Dios, debemos buscarlo con un corazón sincero y con la voluntad de escucharlo.

Pensemos en un jardinero que quiere recoger frutos. No se limita a plantar las semillas y cruzarse de brazos. Riega, cuida el suelo, protege las plántulas. Asimismo, cuando oramos, debemos acompañar nuestra oración con actitudes concretas de fe y esperanza.

Pero hay un aspecto aún más profundo. Jesús nos habla de la bondad del Padre: “¿Quién de vosotros dará una piedra a su hijo que le pide pan? ¿O le dará una serpiente cuando le pide un pescado?” (Mt 7,9-10). Aquí vemos que Dios no sólo responde nuestras oraciones, sino que siempre responde con lo mejor para nosotros. A veces pedimos algo que creemos que es bueno, pero que, en realidad, puede alejarnos de Él. Y, en su infinita sabiduría, nos da lo que realmente necesitamos, aunque no sea lo que esperábamos.

Ester pidió liberación para su pueblo y Dios la usó para cumplir ese propósito. Quizás esperaba una solución diferente, pero al confiar, fue instrumento de salvación de Israel. Cuando oramos, también debemos estar abiertos a aceptar la respuesta de Dios, incluso si viene de manera diferente a lo que imaginamos.

Hermanos y hermanas, que aprendamos de Ester a confiar en el Señor en tiempos de angustia. Que pidamos con fe, busquemos con perseverancia y llamemos a la puerta del corazón de Dios con esperanza inquebrantable. Él nunca nos deja solos, nunca nos abandona. Si supiéramos cuánto nos ama Dios y quiere bendecirnos, nunca dudaríamos en entregarnos enteramente a Él.

En este momento, invito a todos a cerrar los ojos y, en silencio, presentar a Dios sus necesidades más profundas. Entreguémosle nuestros miedos, nuestras dificultades, pero también nuestra confianza y nuestro deseo de permanecer en su presencia.

Señor, como Ester, a Ti clamamos. Ven en nuestro auxilio, guía nuestros pasos, fortalece nuestra fe. Danos la gracia de confiar siempre en Ti, porque sabemos que eres un Padre bueno y amoroso. Que nuestra oración sea perseverante y nuestro corazón esté siempre abierto para recibir Tu voluntad. Amén.

Que el Señor nos bendiga y nos conduzca por el camino de la verdadera oración y de la confianza inquebrantable. Amén.