Evangelio de hoy – Jueves, 16 de enero de 2025 – Marcos 1:40-45 – Biblia Católica

Primera Lectura (Hebreos 3,7-14).

Lectura de la Carta a los Hebreos.

Hermanos, escuchen lo que declara el Espíritu Santo: “Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestro corazón, como sucedió en la provocación, en el día de la tentación, en el desierto, donde me tentaron vuestros padres, poniéndome a prueba”. la prueba, aunque vieron mis obras durante cuarenta años. Por eso me enojé con esta generación y dije: siempre se engañan en su corazón y no conocen mis caminos. Por eso juré en mi ira: no entrarán en mi reposo. ” Mirad, hermanos, que no se encuentre en alguno de vosotros un corazón descarriado por la incredulidad, que le lleve a apartarse del Dios vivo. Más bien, animaos unos a otros, día tras día, mientras todavía diga “hoy”, para que ninguno de vosotros se endurezca por el engaño del pecado, porque hemos llegado a ser compañeros de Cristo, siempre que mantengamos firme nuestra confianza hasta el final.

– Palabra del Señor.

– Gracias a Dios.

Evangelio (Marcos 1,40-45).

Proclamación del Evangelio de Jesucristo según San Marcos.

— Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo, un leproso se acercó a Jesús y, de rodillas, le preguntó: “Si quieres, tienes poder para curarme”. Jesús, lleno de compasión, extendió la mano, lo tocó y le dijo: “Quiero: ¡ser curado!”. Al instante la lepra desapareció y quedó curado. Entonces Jesús inmediatamente lo despidió, hablándole con firmeza: “¡No le cuentes esto a nadie! Ve, muéstrate al sacerdote y ofrece, para tu purificación, lo que Moisés ordenó, como prueba para ellos”. Fue y empezó a contar y publicitar mucho el hecho. Por eso Jesús ya no podía entrar públicamente en una ciudad: se quedaba afuera, en lugares desiertos. Y vinieron a buscarlo de todas partes.

— Palabra de Salvación.

— Gloria a ti, Señor.

Reflejando la Palabra de Dios

Hoy, queridos hermanos y hermanas, las lecturas nos llaman a reflexionar profundamente sobre la dureza de nuestro corazón y el poder restaurador de Cristo en nuestras vidas. Comencemos con una pregunta: ¿cuántas veces en nuestros caminos espirituales hemos endurecido nuestro corazón ante la voz de Dios? Quizás por miedo, duda o incluso consuelo, cerramos nuestros oídos al llamado del Señor, perdiendo la oportunidad de experimentar Su gracia en plenitud.

En la primera lectura, extraída de la Carta a los Hebreos, escuchamos el eco del salmo: “Si oís hoy su voz, no endurezcáis vuestro corazón”. Es un llamado urgente, una invitación a no resistirnos a la acción de Dios en nosotros. La imagen del corazón endurecido es rica en significado. Un corazón endurecido es como tierra seca y agrietada que no puede albergar la semilla. Es impermeable al amor, la compasión y el arrepentimiento. Como esta tierra, nuestro corazón puede volverse estéril, incapaz de dar fruto, si no permitimos que Dios nos renueve.

El pasaje continúa con una advertencia sobre los peligros de la incredulidad. El autor nos insta a animarnos unos a otros para que ninguno de nosotros sea engañado por el pecado. Aquí vemos un llamado a la vida comunitaria, a la responsabilidad que tenemos unos por otros en el camino de la fe. Así como un fuego necesita leña para mantenerse encendido, nuestra fe también necesita el calor de la comunidad, el compartir, las palabras amistosas que nos sostengan en los momentos de duda.

En el evangelio de Marcos encontramos una escena profundamente conmovedora. Un leproso, movido por una fe audaz, se acerca a Jesús y le dice: “Si quieres, tienes poder para limpiarme”. La lepra, en tiempos de Jesús, no era sólo una enfermedad física; trajo consigo exclusión social y religiosa. El leproso era considerado inmundo, alguien desterrado de socializar con los demás, relegado a los márgenes de la sociedad.

Ahora imaginemos por un momento el dolor de ese hombre. No sólo las heridas físicas, sino también las cicatrices emocionales y espirituales de ser rechazado por tu propia comunidad. Lleva una pesada cruz, pero su fe lo lleva al único que verdaderamente puede restaurarlo.

Jesús, movido por la compasión, hace algo impensable: toca al leproso. En un gesto que rompe todas las convenciones sociales y religiosas, Jesús demuestra que el amor de Dios no conoce barreras. Al tocar a ese hombre, Él no sólo cura su enfermedad, sino que le devuelve su dignidad, devolviéndole su lugar en la comunidad y en la vida. El toque de Jesús no es sólo físico; Es un toque que transforma, que reintegra, que recrea.

Este encuentro nos revela dos cosas esenciales sobre el corazón de Dios. Primero, Dios no se aleja de nuestra miseria. No le disgustan nuestras heridas ni nuestros pecados. Al contrario, Él se acerca, nos toca y nos ofrece su misericordia. En segundo lugar, este gesto nos desafía a examinar cómo tratamos a los marginados en nuestras propias vidas. ¿Cuántas veces evitamos a los que sufren, a los que nos parecen “impuros”, ya sea por sus faltas, por su pasado o por sus circunstancias?

Esta historia también nos enseña algo sobre la fe. El leproso se acerca a Jesús con absoluta confianza: “Si quieres, tienes poder para limpiarme”. Reconoce el poder de Jesús, pero se somete a la voluntad divina. Es un modelo de oración para nosotros: confianza en el poder de Dios, pero humildad para aceptar su voluntad.

Ahora veamos cómo se conectan estos dos pasajes. El leproso, en su miseria, es el ejemplo perfecto de quien no ha endurecido su corazón. Escuchó la voz de Jesús y respondió con fe. Por otro lado, los fariseos y líderes religiosos de la época, que a menudo criticaban a Jesús por sus acciones compasivas, son ejemplos de aquellos que endurecieron sus corazones. Sus tradiciones y prejuicios los cegaron ante la verdad de que Dios estaba obrando entre ellos.

Podemos preguntarnos: ¿dónde estamos en esta historia? ¿Somos como el leproso, conscientes de nuestra necesidad de Dios, o como aquellos que endurecen su corazón ante su voz? Quizás seamos un poco de ambos. A veces nos acercamos a Dios con confianza, pero otras veces permitimos que la duda, el orgullo o el miedo nos alejen de Él.

El llamado de hoy es claro: “Si oís hoy su voz, no endurezcáis vuestro corazón”. Dios nos habla de muchas maneras: en Su Palabra, en los sacramentos, en las necesidades de los demás e incluso en los desafíos de la vida. Necesitamos estar atentos y dispuestos a responder.

Pero ¿cómo podemos ablandar nuestro corazón y abrirnos a la acción de Dios? Primero, debemos cultivar la humildad, reconociendo que necesitamos sanación y transformación. En segundo lugar, necesitamos alimentar nuestra fe a través de la oración, la lectura de la Palabra y la participación en la vida sacramental. En tercer lugar, debemos buscar activamente formas de ser compasivos y perdonadores, imitando el ejemplo de Jesús.

La imagen del leproso curado nos ofrece una última lección. Después de ser purificado, no puede contener su alegría y proclama la bondad de Jesús, a pesar de haber sido instruido a permanecer en silencio. Cuando experimentamos la gracia de Dios en nuestras vidas, somos llamados a compartirla. Nuestro testimonio puede ser el medio por el cual otros vienen a Cristo.

Entonces, hermanos y hermanas, al reflexionar sobre estas lecturas, podamos escuchar la voz de Dios y responder con el corazón abierto. Que podamos acercarnos a Jesús como el leproso, confiando en su poder y misericordia. Y que seamos agentes de Su compasión en el mundo, tocando las vidas de quienes más lo necesitan.

Que el Señor nos ayude a vivir con corazones maleables, llenos de fe, esperanza y amor. Amén.