Evangelio de hoy – Jueves, 6 de marzo de 2025 – Lucas 9,22-25 – Biblia Católica

Primera Lectura (Deuteronomio 30,15-20)

Lectura del libro de Deuteronomio.

Moisés habló al pueblo, diciendo: “Mirad que hoy os pongo delante la vida y la felicidad, la muerte y la desgracia. Si obedecéis los preceptos de Jehová vuestro Dios, que yo os ordeno hoy, amando a Jehová vuestro Dios, siguiendo sus caminos y guardando sus mandamientos, sus leyes y sus decretos, viviréis y os multiplicaréis, y Jehová vuestro Dios os bendecirá en la tierra donde vais a entrar para poseerla. Pero si vuestro corazón se desvía y no queréis escuchar, y Si, dejándote llevar por el error, adoras a dioses extraños y los sirves, te anuncio hoy que ciertamente perecerás no mucho tiempo en la tierra donde vas a entrar, después de cruzar el Jordán, para ocuparla hoy pongo por testigos contra ti al cielo y a la tierra, que he puesto delante de ti la vida y la muerte, la bendición y la maldición. obedeced su voz y aferraos a él para que habitéis en la tierra que el Señor juró dar a vuestros padres Abraham, Isaac y Jacob.

– Palabra del Señor.

– Gracias a Dios.

Evangelio (Lucas 9,22-25)

Proclamación del Evangelio de Jesucristo según San Lucas.

— Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo Jesús dijo a sus discípulos: “El Hijo del Hombre debe sufrir mucho, ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los maestros de la Ley, debe ser asesinado y resucitar al tercer día”. Entonces Jesús dijo a todos: “Si alguno quiere seguirme, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la salvará. Porque ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si se pierde a sí mismo y se destruye a sí mismo?”

— Palabra de Salvación.

— Gloria a ti, Señor.

Reflejando la Palabra de Dios

Queridos hermanos y hermanas en Cristo,

Imagínese en una encrucijada. Frente a ti se abren dos caminos. Uno de ellos parece atractivo, espacioso y aparentemente fácil de navegar. El otro es estrecho, rocoso y se eleva por una fuerte pendiente. ¿Cuál elegirías?

Esta imagen de la encrucijada, de la elección entre dos caminos diferentes, está en el centro de las lecturas que acabamos de escuchar. En el libro del Deuteronomio, Moisés presenta al pueblo de Israel una opción clara y decisiva: “He aquí, hoy os pongo delante la vida y la felicidad, la muerte y la desgracia”.

¡Qué palabras tan poderosas! No hay término medio, no hay zona gris. Moisés presenta dos opciones diametralmente opuestas: vida o muerte, bendición o maldición. Y la elección depende de la respuesta del pueblo a los mandamientos de Dios.

“Si obedeces los mandamientos del Señor tu Dios… vivirás y te multiplicarás, y el Señor tu Dios te bendecirá”. Pero también hay una advertencia solemne: “Si tu corazón se desvía… serás arruinado”. Ésta es la realidad espiritual que Moisés presenta al pueblo: la obediencia lleva a la vida; desobediencia, hasta la muerte.

Pero fíjense bien, mis queridos hermanos y hermanas, que Moisés no está hablando de una lista arbitraria de reglas. Los mandamientos de Dios son un camino hacia la vida, una guía para tener relaciones correctas con Dios y con los demás. Son expresiones del amor de Dios, señales en el camino de la vida.

Y luego Moisés hace una súplica apasionada: “Elige la vida, para que vivas tú y tu descendencia”. Aquí está el corazón del Padre amoroso que quiere lo mejor para Sus hijos. Dios no nos presenta estas opciones como un juez severo que espera que cometamos errores, sino como un Padre amoroso que anhela nuestra felicidad.

Este mismo tema de elección y camino resuena en el evangelio de hoy, pero con mayor profundidad y radicalidad. Jesús anuncia a sus discípulos el camino que él mismo seguirá: “El Hijo del Hombre debe sufrir mucho, ser rechazado… ser asesinado y resucitar al tercer día”.

Este es el camino de Jesús: el camino de la cruz. Y luego vuelve su mirada hacia nosotros y dice: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame”.

¡Qué invitación tan extraordinaria! Jesús no ofrece un camino fácil. No promete prosperidad inmediata ni comodidad constante. Es un llamado a un camino de abnegación, de sacrificio diario, de fidelidad constante en medio de las dificultades.

“El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la salvará”. ¡Qué profunda paradoja! Es muriendo a nosotros mismos como realmente vivimos. Es dando nuestra vida que la encontramos. Es en el sacrificio donde descubrimos la alegría más profunda.

Permítanme contarles una historia que ilustra esta verdad. Hace unos años conocí a un hombre llamado João. Tenía todo lo que el mundo considera éxito: una carrera exitosa, una casa lujosa, autos caros y viajes internacionales. Desde fuera parecía que había elegido el camino de la “vida” y la “felicidad”. Pero en una conversación sincera, João me confesó: “Padre, estoy vacío por dentro. Logré todo lo que pensé que me haría feliz, pero siento que me muero por dentro”.

Juan había elegido lo que parecía ser el camino de la vida, pero estaba experimentando la muerte espiritual. Había ganado el mundo, pero estaba perdiendo el alma.

A diferencia de João, recuerdo a María, una anciana de nuestra comunidad. Vivió una vida marcada por grandes dificultades: pobreza, enfermedades, pérdidas dolorosas. Su camino ciertamente no fue lo que muchos llamarían “exitoso”. Pero María irradiaba una alegría y una paz casi tangibles. Cuando le pregunté su secreto, ella simplemente sonrió y dijo: “Aprendí a llevar mi cruz con Jesús y descubrí que cuando la llevamos juntos, la carga se vuelve liviana”.

María había elegido lo que parecía ser el camino de la muerte: la abnegación, el sacrificio, la cruz, pero estaba experimentando vida abundante. Ella había perdido su vida por causa de Cristo, y así realmente la había encontrado.

Mis queridos hermanos y hermanas, hoy nos enfrentamos a la misma encrucijada. La llamada de Moisés y la invitación de Jesús resuenan en nuestros oídos: ¡Elige la vida! ¡Toma tu cruz! ¡Sígueme!

Pero ¿qué significa tomar nuestra cruz cada día? No se trata de buscar el sufrimiento por sí mismo ni de glorificar el dolor. Se trata de aceptar las inevitables dificultades de la vida con fe y valentía. Se trata de morir al egoísmo, al orgullo, a la avaricia y a todo lo que nos separa de Dios y de los demás.

Para algunos de nosotros, la cruz puede ser una relación difícil que requiere paciencia y perdón constantes. Para otros, puede ser una enfermedad crónica o una limitación física que debemos aceptar con gracia. Para otros, puede ser la lucha diaria con una adicción o una tendencia pecaminosa lo que nos aleja de Dios.

Cualquiera que sea nuestra cruz, Jesús nos asegura que no la cargamos solos. Él va delante de nosotros, mostrándonos el camino. Y más que eso, Él lleva la cruz con nosotros, dándonos fuerza cuando la nuestra falla.

¿Y por qué elegiríamos este difícil camino? Jesús nos da la respuesta en forma de una pregunta penetrante: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si se pierde o se arruina a sí mismo?”

Ésta es la cuestión fundamental que cada uno de nosotros debe afrontar. ¿Qué es lo que realmente importa al final? ¿La acumulación de riquezas y posesiones? ¿La búsqueda de placer y comodidad temporales? ¿La aprobación y el aplauso del mundo? ¿O la fidelidad al camino de Dios, el desarrollo de un carácter semejante al de Cristo, el amor que permanece incluso cuando todo lo demás pasa?

El mundo nos ofrece muchas distracciones y desvíos, muchas alternativas aparentemente más fáciles y atractivas que el vía crucis. Pero estos son espejismos en el desierto, promesas vacías de satisfacción que en realidad nunca se encuentran.

En contraste, Jesús nos ofrece el camino a la vida verdadera: una vida llena de significado, propósito, amor y alegría duradera. Sí, es un camino que pasa por la cruz. Sí, implica sacrificio y abnegación. Pero conduce a la resurrección, a la transformación, a la vida eterna.

Entonces, mis queridos hermanos y hermanas, hoy nos enfrentamos a la misma elección fundamental que Moisés presentó a los israelitas: vida o muerte, bendición o maldición. Y Jesús nos muestra claramente que el camino a la vida pasa por la cruz.

¿Qué elección haremos? ¿Buscaremos ganar el mundo y perder nuestra alma? ¿O perderemos nuestra vida por amor a Cristo y así la encontraremos verdaderamente?

Que el Espíritu Santo nos dé la sabiduría para elegir bien, el valor para tomar nuestra cruz cada día y la fuerza para seguir fielmente a Jesús, por difícil que parezca el camino. Porque al final descubriremos que la cruz no es sólo un instrumento de muerte, sino el portal a la vida verdadera y eterna.

Que así sea para cada uno de nosotros. Amén.