Evangelio de hoy – Lunes 20 de mayo de 2024 – Juan 19:25-34 – Biblia católica

Primera Lectura (Gn 3,9-15.20)

Lectura del libro del Génesis.

Después de que Adán comió el fruto del árbol, el Señor Dios lo llamó y le dijo: “¿Dónde estás?” Y él respondió: Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo porque estaba desnudo, y me escondí. El Señor Dios le dijo: ¿Y quién te dijo que estabas desnudo? Y comiste del árbol cuyo fruto te prohibí comer. Adán dijo: “La mujer que me diste por compañera, fue ella la que me dio del fruto del árbol, y yo comí”. El Señor Dios dijo a la mujer: “¿Por qué has hecho esto?” Y la mujer respondió: “La serpiente me engañó y me la comí”. Entonces el Señor Dios dijo a la serpiente: Por haber hecho esto, ¡maldita serás entre todos los animales domésticos y entre todas las bestias salvajes! ¡Te arrastrarás sobre tu vientre y comerás polvo todos los días de tu vida! Pondré enemistad entre ti. y a la mujer, entre tu descendencia y la de ella, él te herirá en la cabeza y tú le herirás en el calcañar. Y Adán llamó a su esposa “Eva”, porque ella es la madre de todos los seres vivientes.

– Palabra del Señor.

– Gracias a Dios.

Evangelio (Juan 19,25-34)

— Proclamación del Evangelio de Jesucristo según San Juan.

— Gloria a ti, Señor.

En ese momento, cerca de la cruz de Jesús, estaban de pie su madre, la hermana de su madre, María de Cleofás y María Magdalena. Jesús, al ver a su madre y, junto a ella, al discípulo que amaba, dijo a su madre: “Mujer, éste es tu hijo”. Luego dijo al discípulo: “Ésta es tu madre”. Desde aquel momento el discípulo la acogió con él.

Después de esto, Jesús, sabiendo que todo estaba cumplido y que la Escritura se cumpliría hasta el fin, dijo: “Tengo sed”. Allí había una jarra llena de vinagre.
Ataron a un palo una esponja empapada en vinagre y se la llevaron a la boca de Jesús. Tomó el vinagre y dijo: “Todo está terminado”. Y, inclinando la cabeza, entregó el espíritu.

Era el día de preparación para la Pascua. Los judíos querían impedir que los cuerpos permanecieran en la cruz durante el sábado, porque ese sábado era un día de fiesta solemne. Luego pidieron a Pilato que les rompiera las piernas a los crucificados y que los bajaran de la cruz. Los soldados fueron y quebraron las piernas a uno y luego a otro que estaban crucificados con Jesús. Cuando se acercaron a Jesús, y vieron que ya estaba muerto, no le quebraron las piernas; pero un soldado le abrió el costado con una lanza, y al instante salió sangre y agua.

— Palabra de Salvación.

— Gloria a ti, Señor.

Reflejando la Palabra de Dios

Queridos hermanos y hermanas en Cristo,

Imagina por un momento que estás en un jardín exuberante, donde todo está en perfecta armonía. Las flores florecen, los pájaros cantan y la presencia de Dios es palpable en cada detalle. Ahora imagina que este jardín es el escenario de una elección que cambiará el curso de la historia.

En la primera lectura de hoy, extraída del libro del Génesis (Gn 3,9-15.20), somos transportados al Jardín del Edén, donde Adán y Eva afrontan las consecuencias de su desobediencia a Dios. Eligen escuchar a la serpiente, que representa la tentación y el pecado, en lugar de permanecer fieles a la palabra del Señor. Cuando Dios llama a Adán, le hace una pregunta simple pero profunda: “¿Dónde estás?” No se trata sólo de una cuestión geográfica, sino de una búsqueda espiritual. Dios preguntaba: “¿Dónde está tu corazón? ¿Dónde está tu fidelidad?”

En nuestra vida cotidiana, ¿con qué frecuencia también nos escondemos de Dios? ¿Cuántas veces elegimos caminos que nos alejan de su amorosa presencia? Cada uno de nosotros tiene momentos en los que preferimos seguir nuestra propia voluntad, dejando de lado la voz de Dios. Sin embargo, al igual que en el Edén, Dios continúa llamándonos y preguntándonos: “¿Dónde estás?” Él no nos abandona, incluso cuando nos alejamos.

Avancemos entonces en el tiempo y fijémonos en el segundo pasaje bíblico de hoy, el Evangelio de Juan (Juan 19,25-34). Aquí nos encontramos al pie de la cruz, donde está presente María, la madre de Jesús. La escena es dolorosa y al mismo tiempo llena de significado. Jesús, en su agonía, mira a su madre y al discípulo amado y dice: “Mujer, ahí tienes a tu hijo” y al discípulo: “Ahí tienes a tu madre”. Con estas palabras, Jesús no sólo se preocupa por María, sino que también nos la entrega como nuestra madre espiritual.

María, en su silencio y sufrimiento, nos muestra la respuesta perfecta al llamado de Dios. Ella permanece firme al pie de la cruz, fiel hasta el final, a diferencia de Adán y Eva que se escondieron. Su presencia al pie de la cruz es un poderoso testimonio de fe y amor incondicional. Ella nos enseña que, incluso en las situaciones más difíciles, debemos permanecer cerca de Dios, confiando en su plan y su amor.

Ahora, veamos cómo estos dos pasajes se conectan y nos enseñan sobre el inmenso amor de Dios. En Génesis vemos la caída de la humanidad a través del pecado. En Juan vemos la redención de la humanidad a través del sacrificio de Jesús, con María a su lado. Donde Adán y Eva fracasaron, Jesús y María triunfaron. Esta es la gran esperanza que tenemos como cristianos: que en Cristo todas nuestras faltas puedan ser redimidas.

María, como nuestra madre espiritual, nos invita a acercarnos a Jesús, a responder con fidelidad al llamado de Dios. Ella nos muestra que, incluso en las dificultades, podemos encontrar fuerza y esperanza en Dios. Es un mensaje poderoso que resuena en nuestra vida diaria.

Reflexionemos sobre cómo podemos aplicar estas lecciones a nuestras vidas. Piense en los momentos en que nos sentimos tentados a alejarnos de Dios. Quizás sea en el trabajo, donde nos enfrentamos a dilemas éticos, o en nuestras familias, donde surgen conflictos y malentendidos. María nos enseña a responder con amor y fe, incluso cuando es difícil.

Podemos utilizar la metáfora de un ancla en medio de una tormenta. María es ese ancla para nosotros. Cuando las tormentas de la vida nos amenazan, debemos aferrarnos a ellas, lo que nos llevará a Cristo. En nuestros momentos de duda y miedo, podemos recordar a María al pie de la cruz, firme y fiel, y buscar esa misma fuerza en nuestras vidas.

Además, debemos recordar que, como María, estamos llamados a cuidar unos de otros. Cuando Jesús nos dio a María como madre, también nos llamó a ser hermanos y hermanas en Cristo, cuidándonos unos a otros con el mismo amor que Él nos tiene. En nuestras comunidades debemos ser reflejo de este amor, ayudando y apoyando a quienes lo necesitan.

Llevemos ahora estas reflexiones a la práctica. ¿Cómo podemos ser más como María en nuestra vida diaria? Podemos empezar con pequeñas acciones: ofrecer un oído atento a alguien que necesita desahogarse, ayudar a un vecino con una tarea difícil o simplemente ser más pacientes y comprensivos con nuestros familiares. Cada pequeño acto de amor y fidelidad es un paso hacia una vida más plena en Cristo.

En momentos de oración podemos pedirle a María que interceda por nosotros, que nos ayude a permanecer fieles a Dios, tal como ella lo fue. Podemos pedirle que nos guíe en nuestras decisiones, para que siempre podamos elegir el camino que nos acerque a su Hijo.

Para concluir quiero que te lleves a casa la imagen de María al pie de la cruz. Que tu fidelidad y amor sean un ejemplo constante en nuestras vidas. Recordemos siempre que, incluso en las dificultades, Dios está con nosotros, llamándonos y amándonos incondicionalmente. Y que, por la intercesión de María, podamos encontrar la fuerza y el coraje para responder a esta llamada con todo el corazón.

Que la gracia de Dios nos acompañe y guíe en cada paso de nuestro camino. Amén.