Evangelio de hoy – Lunes 27 de enero de 2025 – Marcos 3,22-30 – Biblia Católica

Primera Lectura (Hebreos 9,15.24-28).

Lectura de la Carta a los Hebreos.

Hermanos, Cristo es el mediador de una nueva alianza. Con su muerte enmendó las transgresiones cometidas durante el primer pacto. Y así a los que son llamados se les promete la herencia eterna. Jesús no entró en un santuario hecho por manos humanas, imagen del verdadero, sino en el cielo mismo, para presentarse, ahora, ante la presencia de Dios, en nuestro nombre. Y no fue para ofrecerse muchas veces, como el sumo sacerdote que, cada año, entra al Santuario con sangre ajena. Porque si así fuera, debió haber sufrido muchas veces desde la fundación del mundo. Pero fue ahora, en la plenitud de los tiempos, cuando, de una vez por todas, apareció para destruir el pecado con el sacrificio de sí mismo. El destino de todo hombre es morir una vez y luego viene el juicio. De la misma manera, Cristo, ofrecido una sola vez para quitar los pecados de la multitud, aparecerá por segunda vez, por el pecado, para salvar a los que en él esperan.

– Palabra del Señor.

– Gracias a Dios.

Evangelio (Marcos 3,22-30).

Proclamación del Evangelio de Jesucristo según San Marcos.

— Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo, los maestros de la ley, que habían venido de Jerusalén, dijeron que estaba poseído por Beelzebú, y que por medio del príncipe de los demonios expulsaba los demonios. Entonces Jesús los reunió y les habló en parábolas: “¿Cómo puede Satanás expulsar a Satanás? Si un reino está dividido contra sí mismo, no puede subsistir. Si una familia está dividida contra sí misma, no puede subsistir. Así, si Satanás se levanta, contra sí mismo y se divide, no podrá sobrevivir, sino que será destruido. Nadie puede entrar en casa de un hombre fuerte para robarle sus bienes, sin antes atarle. En verdad os digo, a aquellos todos les serán perdonados. hombres, tanto sus pecados como cualquier blasfemia que hayan dicho. Pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo nunca será perdonado, sino que será culpable de un pecado eterno”. Jesús dijo esto porque decían: “Está poseído por un espíritu maligno”.

— Palabra de Salvación.

— Gloria a ti, Señor.

Reflejando la Palabra de Dios

Queridos hermanos y hermanas en Cristo, qué alegría estar reunidos en este momento de reflexión y comunión. Hoy, las Escrituras nos hablan de temas profundos y desafiantes. Son palabras que nos invitan a repensar nuestra vida, nuestra fe y el camino que estamos tomando. Dejémonos guiar por la luz divina que brilla en los pasajes de hoy, para que, al final, podamos salir de aquí más fuertes en nuestro camino de fe.

Comencemos reflexionando sobre la Primera Lectura, que nos llega de la Carta a los Hebreos. El autor, inspirado por el Espíritu Santo, nos revela una verdad esencial sobre la misión de Jesucristo: Él es el Mediador de la Nueva Alianza, aquel que con su sacrificio nos ofrece la salvación. “Cristo, después de ofrecerse a sí mismo una vez para quitar los pecados de muchos, aparecerá por segunda vez, sin tener que ver con el pecado, para salvar a los que en él esperan con fe” (Heb 9,28).

Imaginemos un escenario antiguo: un gran rey, conocido por su sabiduría, tiene un castillo rodeado por un fuerte. Dentro de este castillo, las puertas están cerradas y, para llegar al rey, todos deben pasar a través de una única puerta vigilada. Esta puerta, tan segura e imponente, es como el velo del templo, que separaba al pueblo de la presencia de Dios. Pero el rey, con su inmenso amor, envía a su hijo a abrir esta puerta, ofreciéndose como la llave que abre el acceso para todos. No viene a juzgar, sino a traer salvación. Este hijo es Jesucristo, cuya muerte en la cruz y resurrección nos ofrecen a nosotros, pobres mortales, la posibilidad de entrar en la presencia de Dios, sin miedo, sin barreras.

El sacrificio de Cristo fue una vez por todas. No hay necesidad de más sacrificios, porque Él, con Su preciosa sangre, ha hecho lo que ningún ser humano podría hacer: reconcilia a la humanidad con Dios. Jesús, siendo perfecto, no tuvo pecado, sino que se ofreció para borrar nuestros pecados. Y ahora se espera de nosotros una actitud de fe. Su segunda venida será para completar la obra de salvación, llevando a término ese plan de amor que comenzó en la cruz.

Ahora, reflexionemos en el Evangelio de Marcos. En este pasaje, vemos un momento crítico en la vida de Jesús. Se le acusa de expulsar demonios por el poder de Beelzebú, el príncipe de los demonios. Lo que Jesús responde a esto es una poderosa lección para todos nosotros. Él dice: “¿Cómo puede Satanás expulsar a Satanás? Si un reino está dividido contra sí mismo, ese reino no puede subsistir” (Mc 3,24). Jesús nos enseña que la lucha contra el mal no se puede librar con el mal. El pecado nunca puede vencer al pecado. El bien sólo puede vencer al mal con el bien, con la fuerza del amor, la verdad y la justicia.

Esta respuesta de Jesús es también una advertencia. La blasfemia contra el Espíritu Santo, el rechazo consciente de la acción de Dios en nuestras vidas, es el pecado imperdonable. ¿Por qué es imperdonable? Porque si nos negamos a escuchar la voz de Dios, la acción del Espíritu Santo en nuestro corazón, nos cerramos a la posibilidad del arrepentimiento y la conversión. El Espíritu Santo nos llama constantemente al bien, a la verdad y al amor. Si negamos Su acción, nos estamos alejando de la fuente de vida y salvación.

Pensemos, entonces, en nuestra vida diaria. ¿Con qué frecuencia nos encontramos en momentos de conflicto? ¿Cuán a menudo somos tentados a responder al mal con más mal, a odiar con más odio, a la injusticia con más injusticia? Jesús nos enseña que el Reino de Dios no se puede construir con las armas del mal. El mal sólo se puede vencer con el bien. Cuando enfrentamos dificultades, en lugar de ceder a la tentación de reaccionar impulsiva o agresivamente, estamos llamados a actuar con sabiduría, con paciencia y con perdón. No es fácil, lo sabemos, pero es el camino que Jesús nos mostró. El amor, la bondad y la misericordia son las armas del Reino de Dios.

Pensemos en un jardinero que cuida con esmero su jardín. Quita la maleza con suavidad, evitando que asfixien las plantas que con tanto amor sembró. Así es el Espíritu Santo en nuestras vidas. Él trabaja con paciencia, quitando los pecados y las malas acciones, pero nunca nos obliga. Él siempre nos ofrece la oportunidad de elegir el camino del bien, y es nuestra decisión si lo seguiremos o no. Cuando lo resistimos, estamos permitiendo que la mala hierba en nuestra alma crezca y nos separe de Dios.

Y aquí está la buena noticia, hermanos y hermanas: nunca estamos solos en este proceso. El sacrificio de Cristo es la llave que abre la puerta a la reconciliación con Dios. Él vino no sólo para enseñarnos cómo vivir, sino también para darnos la fuerza que necesitamos para seguir su ejemplo. Nos dio el Espíritu Santo, quien nos guía, nos fortalece y nos orienta para que podamos vivir como verdaderos hijos de Dios.

Hoy estamos invitados a reflexionar sobre estas dos realidades: la obra redentora de Cristo, que nos garantiza la salvación, y el llamado a vivir según el Espíritu Santo, que nos enseña a vencer el mal con el bien. La cruz de Cristo ya venció, pero debemos permitir que esta victoria se haga real en nuestras vidas. Esto requiere una elección diaria. Como en el campo de batalla, debemos estar vigilantes, dispuestos a rechazar las tentaciones y buscar la luz del amor de Dios.

Pero, hermanos y hermanas míos, ¿cómo podemos aplicar todo esto a nuestra vida? El primer paso es renovar nuestra fe en Cristo. Creer que su sacrificio es suficiente para nuestra salvación y que, a través de Él, tenemos acceso al Padre. En segundo lugar, debemos acoger la acción del Espíritu Santo en nuestro corazón. Esto significa estar atentos a Sus inspiraciones, a Sus llamados y actuar de acuerdo con la voluntad de Dios, incluso cuando nos desafía.

Pensemos también en nuestras relaciones con los demás. ¿Cómo hemos respondido a las dificultades que enfrentamos? ¿Reaccionamos con resentimiento y juicio, o buscamos perdonar, comprender y ofrecer la paz que Cristo nos dio? Nuestra vida cristiana no es una teoría, sino una práctica diaria, un ejercicio constante de hacer el bien, de elegir el amor, incluso cuando el mundo nos ofrece todo lo contrario.

Finalmente, Jesús nos recuerda que el Reino de Dios se construye con pequeños gestos de bondad, con fidelidad en la vida cotidiana. No nos pide que hagamos grandes cosas, sino que seamos fieles en lo pequeño. Si hoy podemos regalar una sonrisa, perdonar una ofensa, ayudar a alguien necesitado, ya estamos contribuyendo a la construcción de este Reino.

Que vivamos, pues, nuestra fe con valentía, con esperanza, con alegría. Que el sacrificio de Cristo, que nos dio la salvación, y el Espíritu Santo, que nos guía hacia el bien, sean siempre el fundamento de nuestra vida. Que nuestra respuesta al amor de Dios sea un sí incondicional, vivido en cada gesto, en cada palabra, en cada decisión. Amén.