Evangelio de hoy – Martes, 16 de julio de 2024 – Mateo 12,46-50 – Biblia Católica

Primera Lectura (Zacarías 2,14-17)

Lectura de la Profecía de Zacarías.

“Alégrate, alégrate, oh ciudad de Sión, he aquí yo vengo a habitar entre vosotros, dice el Señor. Muchas naciones vendrán al Señor en aquel día, y serán su pueblo. Yo habitaré entre vosotros, y vosotros sabrán que el Señor de los ejércitos me ha enviado a vosotros. El Señor entrará en posesión de Judá, como su porción en la tierra santa, y elegirá nuevamente a Jerusalén. Calle todo mortal delante del Señor, que acaba de levantarse. su santa morada.”

– Palabra del Señor.

– Gracias a Dios.

Evangelio (Mateo 12,46-50)

Proclamación del Evangelio de Jesucristo según San Mateo.

— Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo, mientras Jesús hablaba a la multitud, su madre y sus hermanos estaban afuera, tratando de hablar con él. Alguien dijo a Jesús: “¡Mira! Tu madre y tus hermanos están afuera y quieren hablar contigo”. Jesús preguntó al que había hablado: “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?” Y extendiendo la mano a los discípulos, Jesús dijo: “He aquí mi madre y mis hermanos. Porque todo el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, es mi hermano, mi hermana y mi madre”.

— Palabra de Salvación.

— Gloria a ti, Señor.

Reflejando la Palabra de Dios

Queridos hermanos y hermanas en Cristo,

Con alegría en mi corazón, me uno a ustedes llevando la Palabra de Dios que nos ilumina y fortalece en este camino de fe. Hoy, las lecturas que escuchamos resuenan con un poderoso mensaje sobre el carácter divino de Jesús y el significado de pertenecer a su familia espiritual.

En la primera lectura, el profeta Zacarías nos invita a exultar y alegrarnos, porque el Señor vendrá a vivir entre nosotros. Él será nuestra herencia y nos rodeará con su amor, como una madre acoge a sus hijos. Esta es una imagen hermosa y reconfortante: la de Dios, nuestro Padre celestial, que íntimamente desea habitar entre nosotros y cuidarnos con ternura.

Hermanos míos, este pasaje nos recuerda que no somos sólo siervos de Dios, sino sus amados hijos. Él no es un Dios distante e impasible, sino un Padre que se preocupa profundamente por nosotros y quiere acogernos en su Reino. No somos simples peones en un juego divino, sino miembros de una sagrada familia, llamados a disfrutar la bendición de Su presencia y participar en Su obra redentora.

En el Evangelio, Jesús nos revela una verdad aún más profunda sobre nuestra identidad espiritual. Cuando su madre y sus hermanos lo buscan, aprovecha para definir quiénes son los verdaderos miembros de su familia. No son los lazos de sangre los que determinan esta pertenencia, sino la conexión íntima que establecemos con Dios a través de la fe y la obediencia a su Palabra.

Amados Míos, este pasaje nos desafía a reconocer que nuestra identidad más esencial no se encuentra en nuestros orígenes terrenales, sino en nuestra filiación divina. Somos hijos e hijas del Altísimo, llamados a vivir según su voluntad y a cumplir su misión de llevar su mensaje de salvación al mundo. Nuestras familias humanas son importantes, pero deben señalarnos la familia eterna que tenemos en Dios.

Hermanos, al meditar en estas Escrituras, nos enfrentamos a la profundidad del amor de Dios por nosotros. Él nos ve no sólo como sirvientes o súbditos, sino como miembros de su propia familia. Nos acoge en su Reino y nos invita a disfrutar de su presencia entre nosotros. ¡Qué maravilloso honor y privilegio!

Sin embargo, esta bendición también conlleva responsabilidad. Porque si pertenecemos a la familia de Dios, estamos llamados a vivir de acuerdo con sus enseñanzas y a reflejar su carácter en nuestras relaciones y acciones diarias. Esto significa amarnos unos a otros con el mismo amor con el que Dios nos ama, cuidar a los menos afortunados como Él cuida de nosotros y buscar hacer la voluntad del Padre en todo lo que hacemos.

Mis hermanos y hermanas, no podemos dejar que esta verdad transformadora pase desapercibida. Necesitamos dejar que se hunda profundamente en nuestros corazones y cambiar la forma en que nos vemos a nosotros mismos y vivimos. Porque, cuando aceptamos que somos hijos de Dios, todo lo demás pasa a ser secundario. Nuestras identidades, nuestras prioridades, nuestras relaciones: todo se reevalúa a la luz de esta realidad espiritual.

Imagínese, por ejemplo, cómo afectaría esto a la forma en que nos relacionamos con los miembros de nuestra familia. Al reconocer que ellos también pertenecen a la familia de Dios, nuestra paciencia, compasión y disposición a perdonar se volverían mucho más profundas. Ya no los veríamos simplemente como parientes, sino como hermanos y hermanas en Cristo, unidos por vínculos mucho más fuertes que los de sangre.

Asimismo, también se transformaría nuestra relación con los extraños y las personas marginadas de la sociedad. En lugar de juzgarlos o evitarlos, veríamos en ellos a nuestros propios hermanos y hermanas, hijos e hijas del mismo Padre celestial. Sentiríamos la urgencia de extenderles la misma gracia y compasión que Dios nos extiende a nosotros.

Y, por supuesto, nuestra forma de vernos a nosotros mismos también cambiaría radicalmente. Ya no definirnos por nuestros fracasos, debilidades o circunstancias, sino por la gloriosa realidad de ser herederos del Reino de Dios. Entenderíamos que no somos meros espectadores de esta historia, sino actores esenciales en la realización del plan divino de redención.

Hermanos, esta es la transformación que Dios quiere obrar en nosotros hoy. Él quiere que reconozcamos nuestra identidad como miembros de su familia y estemos a la altura de este llamado celestial. Él quiere que nuestra pertenencia a Él sea la fuerza central de nuestras vidas, informando todas nuestras elecciones y relaciones.

Sé que esto puede parecer un desafío intimidante. Después de todo, los seres humanos tendemos a definirnos por nuestras debilidades y limitaciones. Es mucho más fácil vernos a nosotros mismos como siervos pecadores que como hijos amados de Dios. Pero esta es exactamente la razón por la que la gracia de Dios es tan necesaria y tan transformadora.

Cuando nos rendimos a esta gracia, cuando nos dejamos envolver por el amor de nuestro Padre celestial, nuestra identidad cambia. Nuestras deficiencias y fracasos ya no nos definen, porque estamos revestidos de la justicia de Cristo. Nuestras cicatrices y heridas son curadas por la bondad misericordiosa de Dios. Y nuestras vidas adquieren un nuevo propósito y significado, al ser llamados a participar en la obra redentora del Señor.

Mis queridos hermanos y hermanas, esta es la gloriosa realidad que las lecturas de hoy nos invitan a abrazar. No somos meros sirvientes, sino hijos e hijas del Rey de reyes. No somos sólo peones en un juego divino, sino miembros esenciales de la familia de Dios, llamados a reflejar Su imagen y proclamar Sus maravillas.

Por lo tanto, permitan que esta verdad transforme profundamente sus vidas. Procura cultivar una intimidad cada vez más profunda con tu Padre celestial. Ríndete a Su gracia redentora y permítele moldear tu identidad. Y luego salgan de aquí decididos a vivir como los hijos amados de Dios que son, llevando Su luz y su amor a un mundo que tanto lo necesita.

Que la bendición del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo esté con vosotros, ahora y siempre. Amén.