Evangelio de hoy – Martes, 21 de enero de 2025 – Marcos 2,23-28 – Biblia Católica

Primera Lectura (Hebreos 6,10-20).

Lectura de la Carta a los Hebreos.

Hermanos, Dios no es injusto, para olvidar lo que hacéis y la caridad que habéis demostrado en su nombre, sirviendo y continuando sirviendo a los santos. Pero queremos que cada uno de vosotros manifieste este mismo compromiso por la plena realización de la esperanza hasta el fin, para que no tardéis en comprender, sino imitadores de aquellos que, por la fe y la perseverancia, se hacen herederos de las promesas. Porque cuando Dios hizo la promesa a Abraham, no habiendo nadie mayor por quien jurar, él juró por sí mismo, diciendo: “Te colmaré de bendiciones y te multiplicaré en gran número”. Y así, Abraham perseveró y cumplió la promesa. Los hombres, en efecto, juran por alguien más importante, y la garantía del juramento pone fin a cualquier impugnación. Por eso, queriendo que Dios mostrara más firmemente a los herederos de la promesa el carácter irrevocable de su decisión, intervino con juramento. Así, a través de dos actos irrevocables, en los que no puede haber mentira por parte de Dios, encontramos un profundo consuelo nosotros, que lo dejamos todo para alcanzar la esperanza propuesta. La esperanza, en efecto, es para nosotros como un ancla de vida, segura y firme, que penetra más allá de la cortina del santuario, donde Jesús entró por nosotros, como precursor, hecho sumo sacerdote eterno según el orden de Melquisedec.

– Palabra del Señor.

– Gracias a Dios.

Evangelio (Marcos 2,23-28).

Proclamación del Evangelio de Jesucristo según San Marcos.

— Gloria a ti, Señor.

Jesús estaba pasando por unos campos de trigo en sábado. Sus discípulos comenzaron a arrancar espigas mientras caminaban. Entonces los fariseos dijeron a Jesús: “¡Mira! ¿Por qué hacen en sábado lo que no está permitido?” Jesús les dijo: ¿Nunca habéis leído lo que hicieron David y sus compañeros cuando tuvieron necesidad y hambre? Cómo entró en la casa de Dios, cuando Abiatar era sumo sacerdote, y comía el pan ofrecido a Dios, y luego también dárselo a sus compañeros? Sin embargo, sólo los sacerdotes pueden comer estos panes.” Y añadió: “El sábado fue hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado. Por tanto, el Hijo del Hombre es también señor del sábado”.

— Palabra de Salvación.

— Gloria a ti, Señor.

Reflejando la Palabra de Dios

Mis hermanos y hermanas en Cristo, los invito a reflexionar sobre un tema que está en el centro de las lecturas de hoy: la fidelidad de Dios y la libertad que encontramos en su amor. Comencemos con una pregunta sencilla pero profunda: ¿qué significa vivir como hijos de un Dios fiel? Quizás nunca nos hayamos detenido a pensar en ello, pero las Escrituras de hoy nos ayudan a comprender cómo la promesa de Dios y el llamado a la libertad moldean nuestro caminar.

Al leer la Primera Lectura de la Carta a los Hebreos, recordamos que Dios no es tan injusto como para olvidar nuestras obras y el amor que demostramos en Su nombre al servir a los santos. Esta declaración es un ancla de esperanza para todos los que, en medio de las dificultades de la vida, se preguntan si sus esfuerzos tienen algún valor ante Dios.

Pensemos en un ancla por un momento. Cuando un barco se enfrenta a una tormenta, el ancla mantiene estable la embarcación, evitando que sea arrastrada por la fuerza de las olas. Ésa es la promesa de Dios para nosotros: un ancla firme y segura para nuestras almas. Él no nos abandona y sus promesas se cumplen, independientemente de cómo las tormentas de la vida intenten derribarnos.

Sin embargo, el pasaje también nos desafía a no ser complacientes. El autor de Hebreos nos exhorta a ser diligentes hasta el fin, imitando a quienes por la fe y la paciencia heredaron las promesas. Aquí estamos invitados a reflexionar: ¿estamos haciendo un esfuerzo por vivir nuestra fe activamente? ¿O estamos permitiendo que la monotonía de la rutina espiritual nos impida crecer?

Para ilustrar, pensemos en una planta. Si no recibe luz, agua y cuidados constantes, su vitalidad desaparece. Asimismo, nuestra fe exige cuidado. Crece cuando nos alimentamos de la Palabra de Dios, participamos de los sacramentos y vivimos al servicio de los demás.

En el evangelio de hoy, vemos a Jesús confrontando a los fariseos sobre su interpretación legalista del sábado. Él dice: “El sábado fue hecho para el hombre, no el hombre para el sábado”. Esta declaración es revolucionaria, ya que nos recuerda que las leyes de Dios son una invitación a una vida plena, no una carga que oprimir.

Imagínese a una persona intentando cargar una mochila llena de piedras. Camina despacio, cansada, sin fuerzas. Ahora, imagina a alguien quitando estas piedras, una a una, dejando la mochila liviana. Este es el amor de Dios. Él no nos da leyes para agobiarnos, sino para liberarnos de las piedras de la culpa, el miedo y el egoísmo.

Los fariseos, por otro lado, estaban tan atrapados en el legalismo que olvidaron el mayor propósito de las leyes: el bien de los seres humanos. Jesús, al recordar el ejemplo de David con los panes de la proposición, nos muestra que la misericordia siempre debe superar al sacrificio. El corazón de Dios siempre está inclinado a la compasión, no a la condenación.

Aquí estamos llamados a examinar cómo interpretamos la voluntad de Dios en nuestras vidas. ¿Estamos viviendo la libertad que Jesús nos ofrece? ¿O, como los fariseos, estamos atrapados por reglas que no nos permiten experimentar plenamente el amor de Dios?

Hay una poderosa lección al unir estas dos lecturas. Hebreos nos habla de la fidelidad de Dios, que nos da la fuerza para perseverar. Marcos nos recuerda la libertad que nos ofrece Jesús, liberándonos del peso del legalismo. Juntos, nos muestran que la vida cristiana está anclada en promesas firmes y vivida en la libertad del amor.

Pero ¿cómo podemos aplicar todo esto en nuestra vida diaria? Primero, debemos confiar en la fidelidad de Dios, incluso cuando las circunstancias parezcan desafiantes. Piense en Abraham, mencionado en la lectura de Hebreos. Esperó pacientemente y recibió lo que Dios prometió. Nosotros también debemos confiar en que Dios está obrando en nuestras vidas, incluso cuando no veamos resultados inmediatos.

Segundo, debemos buscar la verdadera libertad en Cristo. Esto significa dejar de lado pesos innecesarios, como el rencor, el miedo y la autocompasión, y vivir con alegría la vocación que Dios nos ha dado. Piensa en cómo Jesús y sus discípulos recogieron grano en sábado. Estaban experimentando la libertad de saber que el Padre se preocupa por ellos, independientemente de las críticas de los demás.

Y finalmente, estamos llamados a ser anclas de esperanza para los demás. En un mundo lleno de incertidumbre, nuestras acciones pueden ser un reflejo de la fidelidad de Dios. Cuando mostramos compasión, abogamos por la justicia y servimos a los necesitados, somos una luz en la oscuridad y mostramos a las personas que las promesas de Dios son reales.

Para terminar, me gustaría compartir una imagen poderosa que resume el mensaje de hoy. Imagínate un faro en una noche de tormenta, con olas gigantes rompiendo contra las rocas. Aun así, la luz del faro permanece constante, guiando a los navegantes a un lugar seguro. Ese faro es Cristo, y estamos llamados a permanecer anclados en Él, confiando en su fidelidad y viviendo en la libertad que Él nos da.

Mis hermanos y hermanas, que hoy salgamos de aquí renovados por estas dos verdades: Dios es fiel, y sus promesas son nuestra ancla de esperanza; y Jesús nos llama a vivir en la libertad de su amor, sin el peso del legalismo, sino con la ligereza de la gracia.

Que nuestra vida sea testimonio de esta fidelidad y libertad, para que también otros puedan encontrar el camino al corazón de Dios. Amén.