Evangelio de hoy – Martes, 23 de julio de 2024 – Mateo 12,46-50 – Biblia Católica

Primera Lectura (Miqueas 7,14-15,18-20)

Lectura de la Profecía de Miqueas.

Pastorea a tu pueblo con el bastón de autoridad, el rebaño de tu propiedad, los habitantes esparcidos por el bosque y los campos labrados; que gocen de la tierra de Basán y de Galaad como en los viejos tiempos. Y como fue en los días en que nos sacaste de Egipto, haznos ver nuevas maravillas. ¿Qué Dios hay, como tú, que borra la iniquidad y olvida el pecado de los restos de tu propiedad? No guarda rencores para siempre, lo que ama es la misericordia. Volverá a tener compasión de nosotros, se olvidará de nuestras iniquidades y arrojará a lo profundo del mar todos nuestros pecados. Tú serás fiel a Jacob y tendrás compasión de Abraham, como juraste a nuestros padres desde la antigüedad.

– Palabra del Señor.

– Gracias a Dios.

Evangelio (Mateo 12,46-50)

Proclamación del Evangelio de Jesucristo según San Mateo.

— Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo, mientras Jesús hablaba a la multitud, su madre y sus hermanos estaban afuera, tratando de hablar con él. Alguien dijo a Jesús: “¡Mira! Tu madre y tus hermanos están afuera y quieren hablar contigo”. Jesús preguntó al que había hablado: “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?” Y extendiendo la mano a los discípulos, Jesús dijo: He aquí mi madre y mis hermanos. Porque todo el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos es mi hermano, mi hermana y mi madre.

— Palabra de Salvación.

— Gloria a ti, Señor.

Reflejando la Palabra de Dios

Queridos hermanos y hermanas en Cristo,

Imagínese en un prado verde y exuberante, rodeado de suaves colinas y un cielo azul infinito. El sonido del murmullo de un arroyo resuena a lo lejos y el aire se llena con el dulce aroma de las flores silvestres. En este entorno idílico, ves a un pastor, con su cayado en la mano, guiando suavemente un rebaño de ovejas. Esta imagen pastoral, tan vívida en las palabras del profeta Miqueas, nos invita a una reflexión profunda sobre el cuidado amoroso de Dios y el verdadero significado de la familia desde una perspectiva divina.

Miqueas comienza con una conmovedora súplica: “Apacienta a tu pueblo con tu cayado, el rebaño de tu herencia”. ¡Qué hermosa metáfora! Dios no es un gobernante distante e indiferente, sino un pastor atento y bondadoso. Conoce a cada una de sus ovejas por su nombre, se preocupa por sus necesidades y las guía con ternura y firmeza.

Reflexionemos por un momento: ¿cómo vivimos este cuidado pastoral de Dios en nuestras vidas? Quizás sea a través de la guía que encontramos en las Escrituras cuando enfrentamos decisiones difíciles. O en la paz que sentimos después de una oración sincera en tiempos de turbulencia. O incluso el apoyo inesperado de un amigo cuando nos sentimos abrumados. Todas estas son señales del cayado de Dios que nos guía.

Miqueas continúa con un poderoso recordatorio: “Haznos ver maravillas, como en los días en que saliste de Egipto”. ¡Qué magnífica evocación del poder liberador de Dios! El Éxodo no fue sólo un acontecimiento histórico, sino un testimonio eterno de la capacidad de Dios para transformar situaciones aparentemente imposibles.

Piensen en las “situaciones egipcias” en sus propias vidas. Tal vez sea una adicción que parece imposible de superar, una relación rota que desafía la reconciliación o una situación financiera que parece no tener salida. El Dios que dividió el Mar Rojo es el mismo Dios que está obrando en tu vida hoy. Él puede y quiere hacer maravillas en tu vida, liberándote de las cadenas que te atan.

Pero el corazón del mensaje de Miqueas es su exaltación de la misericordia divina: “¿Quién es Dios como tú, que quita la iniquidad y perdona el pecado?… No reprime para siempre su ira, porque se deleita en la misericordia”.

¡Qué declaración tan extraordinaria! Nuestro Dios no es un contador meticuloso de nuestros fracasos, deseoso de castigarnos por el más mínimo desliz. Al contrario, Él es un Padre amoroso, siempre dispuesto a perdonar, siempre deseoso de restaurar.

Imagínese un océano vasto y profundo. Ahora, imagina arrojar una piedra al océano. ¡Qué rápido desaparece en las profundidades! Miqueas nos dice que así es como Dios trata nuestros pecados: los arroja “a lo profundo del mar”. No sólo se colocan en la superficie, donde se pueden recuperar fácilmente, sino que se arrojan a las profundidades, para no volver a ser vistos ni recordados nunca más.

Este es el alcance del perdón de Dios. No es un perdón renuente o parcial, sino completo e irrevocable. ¡Cuán liberador es saber que no importa lo que hayamos hecho, la misericordia de Dios siempre es mayor que nuestro pecado!

Ahora dirijamos nuestra atención al Evangelio de Mateo. Jesús está enseñando y su familia, su madre y sus hermanos, llegan con ganas de hablar con él. La respuesta de Jesús es sorprendente y profunda: “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?… el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos es mi hermano, mi hermana y mi madre”.

A primera vista, estas palabras pueden parecer duras. ¿Está Jesús rechazando a su propia familia? ¡Absolutamente no! Lo que está haciendo es ampliar radicalmente nuestra comprensión de lo que significa ser una familia.

En la cultura de Jesús, como en muchas culturas actuales, los lazos familiares se consideraban supremos. Pero Jesús nos está invitando a una comprensión más profunda y amplia de la familia: una familia basada no en la sangre ni en el ADN, sino en un compromiso compartido de hacer la voluntad de Dios.

Imagine una gran mesa para cenar, llena de personas de todas las edades, razas y orígenes. Algunos son ricos, otros pobres. Algunos son educados, otros no. Algunos hablan tu idioma, otros no. Pero todos están unidos por un vínculo más fuerte que la sangre: el deseo de conocer y seguir a Dios. Esta es la visión de familia que Jesús nos presenta.

Esta comprensión revolucionaria de la familia tiene profundas implicaciones para nuestras vidas. Significa que nadie está excluido del amor de Dios. Significa que podemos encontrar “hermanos y hermanas” en lugares inesperados, tal vez en el compañero de trabajo que comparte nuestra fe o en el extraño que encontramos sirviendo en un refugio para personas sin hogar.

Pero también nos desafía. Si todos los que hacen la voluntad de Dios son nuestra familia, ¿cómo tratamos a los que son diferentes a nosotros? ¿Cómo acogemos al extraño, al marginado, al rechazado? Jesús nos llama a ampliar nuestros círculos de amor y aceptación, a ver a cada persona como un miembro potencial de la familia de Dios.

Al mismo tiempo, las palabras de Jesús no disminuyen la importancia de nuestras familias terrenas. Al contrario, llevan nuestras relaciones familiares a un nuevo nivel. Estamos llamados a ver a nuestros padres, hermanos, cónyuges e hijos no sólo como parientes biológicos, sino como compañeros de camino espiritual, coherederos del Reino de Dios.

¡Qué desafío y qué privilegio! Imagínese cómo se transformarían nuestras familias si viéramos a cada miembro no solo a través del lente del parentesco sino como alguien llamado, tal como nosotros, a hacer la voluntad de nuestro Padre celestial.

Entonces, ¿cómo unimos los mensajes de Miqueas y Jesús? Veo una hermosa sinergia aquí. Miqueas nos recuerda el cuidado pastoral y la misericordia ilimitada de Dios. Jesús nos invita a extender ese mismo cuidado y misericordia a todos aquellos con quienes nos encontramos, reconociéndolos como miembros potenciales de la familia de Dios.

Hermanos y hermanas, estamos llamados a ser reflejos del amor pastoral de Dios en nuestro mundo. Así como Él nos guía con Su bastón, estamos llamados a guiar a otros con bondad y compasión. Así como Él realiza maravillas en nuestras vidas, nosotros estamos llamados a ser instrumentos de Sus milagros en las vidas de los demás.

Estamos llamados a ser agentes de la misericordia divina, dispuestos a perdonar como hemos sido perdonados, a arrojar los pecados de los demás “a las profundidades del mar”, como Dios hace con los nuestros. Y tenemos el desafío de ampliar constantemente nuestra comprensión de la familia, dando la bienvenida a todos los que buscan hacer la voluntad de Dios como nuestros hermanos y hermanas en Cristo.

Que cada día crezcamos en la conciencia del cuidado pastoral de Dios en nuestras vidas. Que podamos maravillarnos de las maravillas que Él continúa realizando entre nosotros. Que nos bañemos en las profundidades de Su misericordia, permitiéndole transformarnos y fluir a través de nosotros hacia los demás.

Y que podamos mirar a cada persona que encontramos con ojos nuevos -los ojos de Cristo- reconociendo en ellos a un miembro potencial de la familia de Dios. Que nuestras iglesias, nuestras comunidades y nuestros hogares se conviertan en lugares donde todos sean bienvenidos, donde todos sean valorados, donde todos sean amados.

Que el Dios de misericordia, que nos guía con su amoroso báculo, que hace maravillas entre nosotros y que nos acoge en su familia, esté con vosotros hoy y siempre. Que Él os bendiga y os guarde. Que Él haga resplandecer su rostro sobre vosotros y tenga misericordia de vosotros. Que el Señor vuelva su rostro hacia vosotros y os conceda la paz. Amén.