Evangelio de hoy – Martes, 4 de junio de 2024 – Marcos 12,13-17 – Biblia Católica

Primera Lectura (2Pedro 3,12-15a.17-18)

Lectura de la Segunda Carta de San Pedro.

Queridos amigos, ¿esperáis con impaciencia la llegada del Día de Dios, cuando los cielos ardientes se derretirán y los elementos, consumidos por el fuego, se fusionarán? Lo que esperamos, según su promesa, son cielos nuevos y una tierra nueva, donde habitará la justicia. Queridos amigos, viviendo en esta esperanza, esforzaos para que Él os encuentre en una vida pura, sin mancha y en paz. Considere también la paciencia de nuestro Señor como salvación. Vosotros, pues, amados, sabiendo esto de antemano, cuidaos, no sea que, llevados por el engaño de estos malvados, perdáis vuestra propia firmeza. Más bien, busque crecer en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y salvador Jesucristo. A él sea la gloria, desde ahora hasta el día de la eternidad. Amén.

– Palabra del Señor.

– Gracias a Dios.

Evangelio (Marcos 12,13-17)

— PROCLAMACIÓN del Evangelio de Jesucristo según San Marcos.

— Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo, las autoridades enviaron algunos fariseos y algunos partidarios de Herodes, para sorprender a Jesús en alguna palabra. Cuando llegaron, dijeron a Jesús: “Maestro, sabemos que eres veraz y que a nadie tienes preferencia. De hecho, no te fijas en la apariencia del hombre, sino que enseñas verdaderamente el camino de Dios. Dile nosotros: ¿Es lícito o no pagar el impuesto al César? Jesús vio su hipocresía y respondió: “¿Por qué me tientan? Tráiganme una moneda para que pueda verla”. Tomaron la moneda y Jesús preguntó: “¿De quién es la figura y la inscripción en esta moneda?” Ellos respondieron: “De César”. Entonces Jesús dijo: “Dad, pues, al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”. Y estaban asombrados de Jesús.

— Palabra de Salvación.

— Gloria a ti, Señor.

Reflejando la Palabra de Dios

Queridos hermanos y hermanas en Cristo,

Hoy, nuestras lecturas nos invitan a reflexionar sobre el verdadero significado de nuestra vida cristiana, nuestra ciudadanía celestial y nuestro papel como ciudadanos terrenales. Profundicemos en los pasajes de las Escrituras, permitiendo que la sabiduría divina nos guíe e inspire a vivir de acuerdo con los valores del Reino de Dios mientras navegamos por las complejidades del mundo en el que vivimos.

La Primera Lectura de hoy está extraída de la segunda carta de San Pedro (2Pedro 3,12-15a.17-18), donde nos exhorta a vivir en santidad y piedad mientras esperamos la llegada del Día de Dios. Pedro nos recuerda que el día del Señor vendrá como ladrón, cuando los cielos pasarán con gran estruendo y los elementos serán disueltos por el fuego. Este es un llamado urgente para que tomemos en serio nuestra fe y vivamos de manera que agrademos a Dios, en constante preparación para Su regreso.

San Pedro nos advierte que no nos dejemos arrastrar por el error de los malvados y así perdamos la firmeza. Más bien, debemos crecer en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Este mensaje es particularmente relevante hoy, cuando a menudo nos sentimos tentados a seguir los caminos del mundo, olvidando los valores eternos que Dios nos llama a abrazar.

Para ilustrar esta verdad, imaginemos un árbol plantado a orillas de un río. Sus raíces están profundamente arraigadas en la tierra fértil y se nutre constantemente de agua. Incluso cuando soplan fuertes vientos, el árbol se mantiene firme porque está bien enraizado. Nosotros, como cristianos, debemos ser como este árbol, profundamente arraigados en la fe y nutridos constantemente por la gracia de Dios. Sólo entonces podremos capear las tormentas de la vida y permanecer firmes en nuestro viaje espiritual.

En el Evangelio de hoy (Marcos 12:13-17), vemos una situación intrigante en la que los fariseos y herodianos intentan atrapar a Jesús con una pregunta capciosa sobre el pago de impuestos al César. Preguntan: “¿Es lícito pagar impuestos al César o no? ¿Debemos pagar o no?” Jesús, al darse cuenta de su hipocresía, les pide que le traigan un denario y pregunta: “¿De quién es esta imagen y esta inscripción?” Ellos responden: “De César”. Entonces Jesús les dice: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”.

Esta respuesta de Jesús es magistral en su sabiduría y profundidad. No sólo evita la trampa, sino que también ofrece una poderosa enseñanza sobre nuestra doble ciudadanía: como ciudadanos del mundo y del Reino de Dios. Jesús nos llama a cumplir con nuestros deberes cívicos y respetar a las autoridades terrenas, pero manteniendo siempre nuestra lealtad primaria a Dios. En otras palabras, debemos vivir nuestra vida terrenal con integridad y rectitud mientras mantenemos nuestros corazones y almas dedicados al servicio de Dios.

Consideremos aquí una metáfora: pensemos en una vasija de cerámica con dos caras: una cara que mira al mundo y la otra que mira al cielo. El lado mundial representa nuestras responsabilidades civiles y sociales: pagar impuestos, cumplir las leyes y participar en la vida comunitaria. El lado que mira al cielo representa nuestra devoción espiritual: oración, adoración y práctica de las enseñanzas de Cristo. Como cristianos, estamos llamados a mantener un equilibrio saludable entre estas dos dimensiones de nuestras vidas.

Sin embargo, este equilibrio no siempre es fácil de lograr. A menudo nos sentimos tentados a inclinarnos demasiado hacia un lado o hacia el otro. Podemos perdernos en nuestras preocupaciones terrenales, olvidándonos de nuestra vida espiritual. O podemos concentrarnos tanto en la espiritualidad que descuidamos nuestras responsabilidades terrenales. La clave es seguir el ejemplo de Jesús, quien nos muestra que podemos y debemos honrar nuestras obligaciones terrenales sin perder de vista nuestra lealtad a Dios.

Volviendo al mensaje de San Pedro, estamos llamados a vivir en santidad y piedad, creciendo en la gracia y el conocimiento de Jesucristo. Esto significa que mientras cumplimos con nuestros deberes terrenales, también debemos esforzarnos continuamente por acercarnos más a Dios. La oración, la lectura de las Escrituras, los sacramentos y la práctica de las virtudes cristianas son fundamentales para este crecimiento espiritual.

Reflexionemos ahora sobre algunas formas prácticas de aplicar estas lecciones en nuestra vida diaria. Primero, examinemos nuestras prioridades. ¿Estamos dedicando suficiente tiempo a nuestra vida espiritual? ¿Estamos dedicando tiempo a la oración, la meditación en las Escrituras y los sacramentos? ¿O estamos tan ocupados con nuestras responsabilidades terrenales que nuestra vida espiritual pasa a un segundo plano?

En segundo lugar, consideremos nuestra integridad y equidad en nuestras responsabilidades civiles. ¿Estamos cumpliendo con nuestros deberes de manera honesta y justa? ¿Estamos pagando nuestros impuestos correctamente, cumpliendo las leyes y contribuyendo positivamente a nuestra comunidad? Recordemos que nuestra fe debe reflejarse en todos los ámbitos de nuestra vida, incluidas nuestras responsabilidades civiles.

Finalmente, pensemos en cómo podemos crecer en la gracia y el conocimiento de Jesucristo. Esto puede significar participar más activamente en la vida de la iglesia, buscar guía espiritual o participar en actividades que fortalezcan nuestra fe. También puede significar hacer un esfuerzo consciente por vivir de acuerdo con las enseñanzas de Cristo, mostrando amor, compasión y justicia en todas nuestras interacciones.

Queridos hermanos y hermanas, las lecturas de hoy nos desafían a vivir de manera integrada, armonizando nuestras responsabilidades terrenas con nuestra vocación espiritual. Estamos llamados a ser ciudadanos ejemplares del mundo manteniendo nuestra suprema lealtad a Dios. Que crezcamos continuamente en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, y que nuestras vidas sean un testimonio vivo de Su presencia dentro de nosotros.

Tengamos ahora un momento de silencio para reflexionar sobre estas palabras. Cerremos los ojos y pidamos a Dios sabiduría y fuerza para vivir según Sus enseñanzas, equilibrando nuestras responsabilidades terrenales con nuestra devoción espiritual.

Señor, te damos gracias por las lecciones de hoy. Ayúdanos a vivir recta y rectamente, cumpliendo con nuestras responsabilidades terrenales mientras mantenemos nuestro corazón hacia Ti. Que crezcamos en la gracia y el conocimiento de Jesucristo, y que nuestras vidas sean un testimonio vivo de Su amor y misericordia. Amén.

Mis hermanos y hermanas, al salir hoy de aquí, llevemos con nosotros la determinación de vivir como verdaderos seguidores de Cristo, equilibrando nuestra vida terrenal con nuestro llamado celestial. Que la gracia de Dios nos acompañe y seamos instrumentos de su paz y amor en el mundo. Recuerde, estamos llamados a dar al César las cosas que son del César y a Dios las cosas que son de Dios – viviendo plenamente como ciudadanos del mundo y del Reino de Dios. Amén.