Evangelio de hoy – Miércoles 14 de febrero de 2024-Matthew 6: 1-6: 16-18 Católica Biblia

Primera Lectura (Jl 2,12-18)

Lectura de la Profecía de Joel:

“Ahora, dice el Señor, volveos a mí con todo vuestro corazón, con ayunos, lágrimas y gemidos; rasgad vuestro corazón, y no vuestros vestidos; y volved al Señor, vuestro Dios; porque él es clemente y compasivo, paciente y lleno de misericordia, inclinado a perdonar el castigo”.

¿Quién sabe si él se vuelve hacia vosotros y os perdona, y deja tras de sí la bendición, la ofrenda y la libación para el Señor, vuestro Dios? Tocad trompeta en Sion, prescribid el ayuno sagrado, convocad la asamblea; congregad al pueblo, realizad ceremonias de culto, reunid a los ancianos, juntad a los niños y a los lactantes; que el esposo deje su aposento, y la esposa, su lecho.

Lloren, puestos entre el vestíbulo y el altar, los ministros sagrados del Señor, y digan: “Perdona, Señor, a tu pueblo, y no dejes que esta tu herencia sufra infamia y que las naciones la dominen”. ¿Por qué habría de decirse entre los pueblos: “¿Dónde está su Dios?” Entonces el Señor se llenó de celo por su tierra y perdonó a su pueblo.

— Palabra del Señor.

— Gracias a Dios.

Segunda Lectura (2Cor 5,20-6,2)

Lectura de la Segunda Carta de San Pablo a los Corintios:

Hermanos: Somos embajadores de Cristo, y es Dios mismo quien exhorta a través de nosotros. En nombre de Cristo, les suplicamos: reconcíliense con Dios. Al que no cometió ningún pecado, Dios lo hizo pecado por nosotros, para que en él nos convirtamos en justicia de Dios.

6,Como colaboradores de Cristo, les exhortamos a no recibir en vano la gracia de Dios, pues él dice: “En tiempo favorable te escuché y en día de salvación te socorrí”. Ahora es el tiempo favorable, ahora es el día de salvación.

— Palabra del Señor.

— Demos gracias a Dios.

Anuncio del Evangelio (Mt 6,1-6.16-18)

— PROCLAMACIÓN del Evangelio de Jesucristo según San Mateo.

— Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Tened cuidado de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario, no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial.

Por eso, cuando des limosna, no hagas tocar la trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles para ser alabados por los hombres. Os aseguro que ya han recibido su recompensa. Tú, en cambio, cuando des limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha, para que tu limosna quede en secreto. Y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.

Cuando oréis, no seáis como los hipócritas, que les gusta rezar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos por los hombres. Os aseguro que ya han recibido su recompensa. Tú, en cambio, cuando ores, entra en tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre que está en lo secreto. Y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.

Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas. Ellos desfiguran su rostro para que los hombres vean que ayunan. Os aseguro que ya han recibido su recompensa. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno no sea visto por los hombres, sino por tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará”.

— Palabra del Señor.

— Gloria a ti, Señor.

Reflejando la Palabra de Dios

Hermanos y hermanas, que la paz del Señor esté con todos ustedes. Hoy nos reunimos en esta comunidad para reflexionar sobre las palabras de la Sagrada Escritura, que nos invitan a una profunda transformación interior. Al mirar las lecturas de hoy, somos llamados a examinar nuestros corazones y cuestionar la sinceridad de nuestra vida de fe.

Imagínense caminando por una bulliciosa calle de una gran ciudad. Las personas están apuradas, cada una enfocada en sus propias tareas y preocupaciones. Es una escena familiar para muchos de nosotros. Mientras observamos este ajetreo, tal vez nos preguntemos: ¿dónde está el espacio para lo sagrado en medio de todo este frenesí cotidiano?

Es en este contexto que las palabras del profeta Joel resuenan profundamente. Él nos llama al arrepentimiento, a la conversión del corazón. “Volved a mí de todo vuestro corazón”, dice el Señor, “con ayuno, con llanto y lamento” (Jl 2,12). Esta exhortación nos recuerda que la vida de fe debe ser más que solo una fachada externa. Es una invitación a volverse verdaderamente hacia Dios, abandonando los caminos del egoísmo y la superficialidad.

Para ilustrar esta verdad, permítanme contarles la historia de un joven llamado Juan. Juan era un miembro activo de la parroquia durante muchos años. Asistía a misa, donaba su tiempo y recursos a obras de caridad, y era conocido por todos como un buen cristiano. Sin embargo, había algo dentro de él que faltaba. Su corazón estaba dividido, y se sentía vacío por dentro.

Un día, Juan se encontró con las palabras del apóstol Pablo en su segunda carta a los Corintios: “Somos embajadores de Cristo” (2Cor 5,20). Estas palabras lo tocaron profundamente. Se dio cuenta de que su fe no era solo una cuestión de cumplir obligaciones religiosas, sino de representar a Cristo en el mundo, de ser un embajador del amor y la misericordia de Dios.

Esta realización cambió la vida de Juan. Decidió entregarse por completo a Dios, no solo en sus acciones externas, sino también en su corazón. Comenzó a esforzarse por vivir una vida de oración más profunda, buscando una conexión íntima con el Señor. También comenzó a preguntarse cómo podría ser un embajador de Cristo en su trabajo, en su familia y en su comunidad.

Esta historia nos lleva directamente al Evangelio de Mateo, donde Jesús nos enseña sobre la verdadera naturaleza de la oración y el ayuno. Nos advierte contra la hipocresía, el acto de hacer estas prácticas religiosas solo para ser vistos por los demás. En cambio, nos invita a orar y ayunar en secreto, con un corazón sincero y humilde.

Imaginen a un jardinero que cuida sus plantas solo para que otros lo elogien por su habilidad. Riega las flores y poda los árboles con gran alarde, esperando que todos reconozcan su trabajo. Pero, por dentro, su jardín está seco y sin vida. Las plantas no reciben la atención y el cuidado que realmente necesitan.

Al igual que este jardinero, podemos ser tentados a buscar reconocimiento y elogios por nuestra vida de fe. Podemos caer en la trampa de realizar nuestras prácticas religiosas solo para impresionar a los demás. Pero Jesús nos recuerda que el verdadero valor de estas prácticas está en nuestra intimidad con Dios, en nuestra búsqueda sincera de una relación personal con Él.

Ahora, déjenme relacionar estos diferentes temas para ampliar nuestra comprensión. Al igual que la conversión sincera y la vida de oración profunda están interconectadas, también lo están la autenticidad en nuestras acciones y la sinceridad de nuestro corazón. Cuando buscamos ser verdaderos embajadores de Cristo, debemos recordar que nuestras palabras y acciones deben reflejar la gracia y el amor de Dios.

Volviendo a ser personas de oración profunda, no solo en momentos públicos, sino también en nuestras vidas privadas. Debemos buscar una conexión íntima con Dios, donde Él nos conozca en nuestros pensamientos más profundos y nos llene con Su presencia.

Además, Jesús nos recuerda la importancia del ayuno auténtico. El ayuno no es solo una práctica de privación física, sino una oportunidad de desapegarnos de las cosas materiales y acercarnos a Dios. Es una forma de expresar nuestra dependencia de Él y nuestro deseo de vivir de acuerdo con Su voluntad.

Para ilustrar esta verdad, permítanme compartir una historia con ustedes. Una vez hubo un hombre rico que poseía muchas riquezas y placeres terrenales. Era conocido por su generosidad al donar a obras de caridad, pero su corazón estaba atado a sus posesiones. Su vida estaba gobernada por la búsqueda de ganancias y comodidades.

Un día, escuchó sobre un hombre sabio que vivía en las montañas remotas. Decidió visitar a este hombre en busca de sabiduría y orientación. Cuando llegó, el hombre sabio lo invitó a dar un paseo por las montañas.

Mientras caminaban, el hombre rico se dio cuenta de que el sabio no poseía ninguna riqueza material. Su única posesión parecía ser una pequeña bolsa que llevaba consigo. Curioso, el hombre rico preguntó qué había en la bolsa.

El sabio sonrió y respondió: “Esta bolsa contiene todas mis posesiones más valiosas”. Intrigado, el hombre rico preguntó cuáles eran esas posesiones tan preciosas.

El sabio abrió la bolsa y sacó una pequeña vela de ella. Encendió la vela y dijo: “Esta es mi mayor riqueza, la llama de mi fe. Me guía en los momentos de oscuridad y me ayuda a encontrar el camino hacia la verdadera felicidad”.

Esta historia nos recuerda que la verdadera riqueza no está en las posesiones materiales, sino en nuestra relación con Dios. Cuando ayunamos, renunciamos a las cosas materiales para acercarnos a Él. El ayuno nos recuerda que nuestra verdadera y duradera satisfacción no proviene de las cosas de este mundo, sino de la presencia y el amor de Dios.

Hermanos y hermanas, hoy estamos llamados a examinar nuestros corazones y la sinceridad de nuestra vida de fe. Estamos llamados a volvernos hacia Dios de todo corazón, a ser verdaderos embajadores de Cristo y a buscar una vida de oración y ayuno auténticos.

Que recordemos que la verdadera riqueza está en nuestra relación con Dios, no en las cosas materiales que poseemos. Que busquemos la verdadera satisfacción y felicidad en Su presencia, abandonando las ilusiones y falsedades de este mundo.

Que la llama de nuestra fe brille intensamente en nuestros corazones, guiándonos en los momentos de oscuridad y ayudándonos a encontrar el camino hacia la verdadera vida. Que vivamos como verdaderos discípulos de Cristo, siguiendo Sus enseñanzas y compartiendo Su amor con el mundo que nos rodea.

Que esta Cuaresma sea un tiempo de renovación espiritual, donde nos acerquemos a Dios con corazones sinceros y una fe auténtica. Comprometámonos a vivir de acuerdo con los principios de las Escrituras y a reflejar la gracia, el amor y la esperanza divinos en todo lo que hacemos.

Que el Señor nos guíe y nos bendiga en este viaje espiritual, y que experimentemos la alegría y la paz que provienen de vivir en comunión íntima con Él.

En nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.