Evangelio de hoy – Miércoles, 22 de enero de 2025 – Marcos 3:1-6 – Biblia Católica

Primera Lectura (Hebreos 7,1-3.15-17).

Lectura de la Carta a los Hebreos.

Hermanos, Melquisedec, rey de Salem, sacerdote del Dios Altísimo. Salió al encuentro de Abraham, cuando éste regresaba de luchar contra los reyes, y lo bendijo. Fue a él a quien Abraham le dio los diezmos de todo. Y su nombre significa, en primer lugar, “Rey de Justicia”; y luego: “Rey de Salem”, que significa ‘Rey de Paz’. ¡Ni padre, ni madre, ni genealogía, ni principio de días, ni fin de vida! Así se parece al Hijo de Dios y permanece sacerdote para siempre. Esto se hace aún más evidente cuando aparece otro sacerdote, similar a Melquisedec, no en virtud de prescripción carnal, sino según la fuerza de una vida imperecedera. Porque el testimonio dice: “Tú eres sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec”.

– Palabra del Señor.

– Gracias a Dios.

Evangelio (Marcos 3,1-6).

Proclamación del Evangelio de Jesucristo según San Marcos.

— Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo Jesús entró de nuevo en la sinagoga. Allí había un hombre con la mano seca. Algunos lo observaban para ver si sanaría en sábado, para poder acusarlo. Jesús dijo al hombre de la mano seca: “¡Levántate y ponte aquí en medio!” Y les preguntó: “¿Está permitido en sábado hacer el bien o el mal? ¿Salvar una vida o dejarla morir?” Pero no dijeron nada. Entonces Jesús miró a su alrededor, lleno de ira y tristeza, porque eran duros de corazón; y dijo al hombre: “Extiende tu mano”. La extendió y la mano quedó sana. Cuando se fueron, los fariseos y los partidarios de Herodes inmediatamente tramaron contra Jesús cómo matarlo.

— Palabra de Salvación.

— Gloria a ti, Señor.

Reflejando la Palabra de Dios

Hoy, queridos hermanos y hermanas, profundizamos en dos lecturas que nos revelan un retrato profundo del corazón de Dios: un corazón que busca la justicia, la curación y la reconciliación con el ser humano. La Primera Lectura, extraída de la carta a los Hebreos, nos presenta la figura de Melquisedec, un personaje misterioso y fascinante. El Evangelio nos muestra a Jesús desafiando las convenciones para priorizar la compasión y la dignidad humana. Exploremos juntos el significado de estos pasajes y lo que nos enseñan acerca de vivir como discípulos de Cristo.

Al leer Hebreos encontramos a Melquisedec, rey de Salem y sacerdote del Dios Altísimo. Aparece brevemente en el libro del Génesis, bendiciendo a Abraham y recibiendo de él los diezmos. Sin embargo, la carta a los Hebreos le da a este personaje un significado aún más profundo, mostrándolo como una figura que prefigura a Cristo. Melquisedec es descrito como alguien “sin padre, sin madre, sin genealogía, sin principio de días ni fin de vida”. Este detalle nos invita a verlo como símbolo de la eternidad y perfección del sacerdocio de Cristo.

Aquí, hermanos y hermanas, estamos llamados a reflexionar sobre la realeza y el sacerdocio de Jesús. Cristo no es sólo un sacerdote como los de la antigua alianza, que ofrecía sacrificios temporales; Él es el sacerdote eterno, que ofreció un sacrificio único y perfecto por nuestra salvación. Así como Melquisedec apareció como rey de paz (Salem significa “paz”), Jesús es el verdadero Rey de Paz, trayendo la reconciliación entre Dios y la humanidad.

Ahora pensemos por un momento en un faro junto al mar. Él está ahí, firme, enfrentando vientos y tormentas, siempre iluminando el camino a los marineros extraviados. Éste es Cristo en nuestro mundo: el faro eterno que guía a la humanidad en medio de las tormentas de la vida, ofreciendo paz y salvación. Pero, ¿estamos permitiendo que esta luz nos guíe o nos resistimos?

En el evangelio de Marcos vemos a Jesús confrontando la dureza del corazón humano. Entra en la sinagoga y encuentra a un hombre con una mano seca. La escena es tensa; Los fariseos están al acecho, buscando un motivo para acusar a Jesús. Es sábado y esperan que Él sane al hombre, violando así sus interpretaciones de la ley. Pero Jesús, con autoridad y compasión, hace una pregunta desafiante: “¿Qué está permitido en sábado: hacer el bien o hacer el mal? ¿Salvar una vida o dejarla morir?”

Esta pregunta es una invitación a reflexionar sobre nuestras prioridades. ¿Cuántas veces en nuestras vidas nos aferramos a reglas o tradiciones con tanta rigidez que olvidamos el espíritu detrás de ellas? La ley de Dios, como nos enseña Jesús, fue hecha para la vida, para el bien, para el amor. Jesús nos recuerda que la verdadera santidad no consiste en seguir reglas fría y automáticamente, sino en practicar la compasión, incluso cuando requiere valentía.

Para ilustrar esto, pensemos en un árbol. Las raíces representan las leyes y tradiciones que sostienen y nutren el árbol. Sin embargo, el propósito del árbol no es sólo tener raíces, sino también producir frutos. Si nuestras prácticas religiosas no nos llevan a producir frutos de bondad, misericordia y justicia, entonces estamos perdiendo el significado de nuestra fe.

Volviendo al Evangelio, Jesús no se deja intimidar. Le pide al hombre que se ponga de pie y extienda la mano, y la mano queda curada. Este acto de curación es mucho más que una demostración de poder; es un anuncio del reino de Dios, donde la compasión triunfa sobre la indiferencia y se valora la vida por encima de todo.

Pero notemos la reacción de los fariseos: en lugar de celebrar la curación, salen a conspirar contra Jesús. Esto nos muestra cómo el corazón humano puede endurecerse ante la gracia de Dios. Es una advertencia para nosotros: ¿estamos permitiendo que nuestro orgullo, prejuicios o miedo nos vuelvan insensibles a la acción de Dios en nuestras vidas y en el mundo?

Ahora bien, hermanos y hermanas, ¿cómo podemos aplicar estas lecciones a nuestra vida? Primero, estamos llamados a reconocer a Cristo como nuestro sacerdote eterno, aquel que intercede por nosotros y nos ofrece el camino hacia la verdadera paz. Esto requiere que nos entreguemos a Él, confiemos en Su guía y busquemos vivir según Su ejemplo.

En segundo lugar, tenemos el desafío de practicar la compasión en todos los ámbitos de nuestra vida. Quizás eso signifique perdonar a alguien que nos ha lastimado, tender la mano a un vecino necesitado o simplemente escuchar pacientemente a alguien que está pasando por un momento difícil. Así como Jesús sanó al hombre de la mano seca, nosotros también podemos ser instrumentos de sanación en la vida de los demás.

Finalmente, estamos llamados a examinar nuestros corazones. ¿Estamos anteponiendo las reglas a las personas? ¿Estamos tan preocupados por las apariencias o las convenciones que olvidamos el llamado al amor? Piense en un río que, con el tiempo, acumula rocas y escombros. Para que el río vuelva a fluir libremente es necesario eliminar los obstáculos. Esto también debemos hacerlo con el corazón, eliminando todo lo que impide que fluya el amor.

Me gustaría cerrar con una imagen poderosa. Piense en una llama ardiendo en una habitación oscura. Aunque es pequeño, su luz ilumina el ambiente y disipa la oscuridad. Cada uno de nosotros está llamado a ser esa llama en el mundo, reflejando el amor y la compasión de Cristo en nuestras acciones diarias.

Que hoy salgamos de aquí con el corazón renovado, dispuestos a vivir como discípulos de Cristo, llenos de compasión, justicia y valentía. Que Melquisedec nos inspire a buscar la paz y que el ejemplo de Jesús nos desafíe a priorizar el amor por encima de todo. Amén.