Primera Lectura (Ecl 4,12-22).
Lectura del Libro del Eclesiástico.
La sabiduría comunica vida a sus hijos y acoge a quienes la buscan. Quien la ama, ama la vida; Los que la busquen de mañana se llenarán de gozo por el Señor. Quien se aferre a ella heredará la gloria; dondequiera que vayas, Dios te bendecirá. Quienes la veneran adoran a la Santa; porque Dios ama a los que le aman. Quien la escuche juzgará a las naciones; el que se dedica a ello vivirá seguro. Si alguno confía en él, lo recibirá en herencia; y en su posesión permanecerá su descendencia. Al principio, ella lo acompaña por caminos opuestos, provocándole miedo y temblor; Ella comienza a ponerlo a prueba con su disciplina, hasta que él la tiene en sus pensamientos y deposita su confianza en ella. Luego volverá a él en línea recta, lo confirmará y le dará alegría, le revelará sus secretos y le dará el tesoro del conocimiento y la comprensión de la justicia. Pero si te extravías, ella te abandonará y te entregará a tu enemigo.
– Palabra del Señor.
– Gracias a Dios.
Evangelio (Marcos 9,38-40).
Proclamación del Evangelio de Jesucristo según San Marcos.
— Gloria a ti, Señor.
En aquel tiempo, Juan dijo a Jesús: “Maestro, vimos a un hombre que echaba fuera demonios en tu nombre. Pero se lo prohibimos, porque no nos sigue”. Jesús dijo: “No lo prohibáis, porque nadie hace milagros en mi nombre y luego habla mal de mí. El que no está contra nosotros, está con nosotros”.
— Palabra de Salvación.
— Gloria a ti, Señor.
Reflejando la Palabra de Dios
Mis hermanos y hermanas en Cristo, con gran alegría nos reunimos en este momento para reflexionar sobre las profundas palabras de la Sagrada Escritura, que nos desafían y nos invitan a vivir una vida más plena, más fiel y más compasiva. Hoy, la primera lectura del libro del Eclesiástico y el Evangelio de Marcos nos traen enseñanzas sobre la sabiduría, la generosidad, la unidad y el poder del amor.
Me gustaría comenzar con una reflexión simple pero profunda: ¿cuántas veces, en nuestra vida diaria, nos encontramos con situaciones en las que nuestra sabiduría, o la falta de ella, nos guía hacia un camino de confrontación o incluso de soledad? ¿Y con qué frecuencia, al tratar de ser “los mejores” o “los más correctos”, pasamos por alto la oportunidad de actuar con generosidad y compasión?
En Eclesiástico, el autor nos presenta una serie de reflexiones sobre la sabiduría y la importancia de tener un corazón sensible a las necesidades de los demás. Nos dice: “La sabiduría brilla en el rostro del justo, y su gracia es como una flor que se abre para el bien”. ¡Qué hermosa imagen! La sabiduría no es sólo conocimiento intelectual, sino algo que brilla en nuestras actitudes, que brilla desde nuestro interior y se extiende a nuestro alrededor, como una flor que se abre a los demás. Ella es fuente de belleza, bondad y luz.
Y la sabiduría también nos enseña a actuar con generosidad. El autor del Eclesiástico nos advierte: “No rechaces el bien a los necesitados, cuando tenemos en nuestras manos hacerlo”. ¿Cuántas veces nos quedamos atrapados en el ajetreo de la vida cotidiana, preocupándonos por nuestras propias necesidades, y no somos capaces de ver el sufrimiento de los demás? La generosidad, que nace de la sabiduría, no es una virtud puntual, sino una práctica diaria. Ser sabio es ser generoso con lo que tenemos, ya sea tiempo, talento o recursos. Estamos llamados a mirar a nuestro alrededor y ver las necesidades de los demás, ofreciendo nuestra ayuda de manera concreta y amorosa.
El Eclesiástico también nos recuerda que debemos tener cuidado con nuestras palabras y actitudes. Cuando actuamos sabiamente, nuestras palabras son como bálsamo para los corazones heridos y nuestros gestos son como signos de paz y reconciliación. ¿Cómo utilizamos nuestras palabras? ¿Han sido un reflejo del amor y la sabiduría de Dios, o han sido instrumentos de división y discordia? A veces una palabra amable puede cambiar una vida, una actitud generosa puede restaurar una amistad. La sabiduría, hermanos míos, debe conducirnos siempre a esta generosidad de espíritu.
Ahora, en el evangelio de Marcos, encontramos a los discípulos preocupados por aquellos que hacen el bien en el nombre de Jesús, pero que no pertenecen a su grupo. Juan dice: “Maestro, vimos a un hombre que echaba fuera demonios en tu nombre, y se lo prohibimos, porque no nos sigue”. Jesús, con su divina sabiduría, responde: “No se lo prohibáis. El que no está contra nosotros, está con nosotros”.
Este pasaje nos trae una lección crucial sobre la unidad y el respeto por las diferencias. Muchas veces, en nuestro celo por defender la fe o la verdad, terminamos creando divisiones y rechazando a quienes, aunque sea de manera diferente, buscan vivir según la voluntad de Dios. Pero Jesús nos recuerda que la verdadera unidad no está en seguir a un grupo específico, sino en compartir el mismo amor y la misma misión de servir al Señor.
Imagínese por un momento, si en el lugar de Juan tuviéramos la tendencia a excluir a aquellos que tienen una forma diferente de vivir su fe. Seríamos como niños que se pelean por juguetes, sin entender que el objetivo no es el juguete en sí, sino la convivencia y el amor entre niños. En la fe, el objetivo no es quién forma parte de tal o cual grupo, sino quién trabaja por el bien, la justicia y la paz. “El que no está contra nosotros, está con nosotros”.
¿Con qué frecuencia nos encontramos en situaciones en las que juzgamos o excluimos a otras personas según nuestra propia visión de “cómo deberían ser las cosas”? Pero Jesús nos enseña que, incluso con las diferencias, podemos ser aliados en la misión de amor y servicio. La unidad en el Cuerpo de Cristo no es una unidad forzada, sino una unión que respeta las diversas formas en que el amor de Dios se manifiesta en el mundo.
Jesús también nos desafía a practicar la verdadera generosidad. Nos dice que incluso darle a alguien un vaso de agua fría en Su nombre será recompensado. Esto nos enseña que no es necesario realizar grandes cosas para agradar a Dios, sino ser fieles en el cuidado de las pequeñas cosas y en simples gestos de bondad. A menudo, lo que nos parece insignificante puede ser inmensamente valioso a los ojos de Dios.
Pensad conmigo, hermanos y hermanas míos, cuántas oportunidades tenemos, cada día, para hacer el bien. A veces, el simple hecho de escuchar a alguien, regalar una sonrisa sincera, ofrecer ayuda a quien lo necesita puede ser suficiente para difundir el amor de Dios por el mundo. No necesitamos esperar grandes momentos ni grandes logros; El Reino de Dios se construye sobre pequeños gestos, dedicación a los demás, sinceridad y fe.
Los invito a pensar por un momento: ¿en qué áreas de nuestra vida podemos ser más generosos? ¿Cómo podemos, en la vida cotidiana, aplicar la sabiduría que se nos ha dado, no para acumular posesiones o poder, sino para servir a los demás con amor genuino? ¿Cómo podemos cultivar la verdadera unidad en el Cuerpo de Cristo, reconociendo que todos los que buscan el bien, independientemente de su denominación o visión, son aliados en la gran misión de proclamar el amor de Dios?
La sabiduría, la generosidad y la unidad son los pilares sobre los que estamos llamados a construir nuestra vida cristiana. No son sólo virtudes aisladas, sino características que se interconectan y se refuerzan entre sí. A medida que actuamos sabiamente, nos volvemos más generosos y nuestra generosidad crea vínculos de unidad con quienes nos rodean. Y finalmente, nuestra unidad en Cristo nos fortalece para vivir de manera más sabia y generosa.
Queridos míos, al partir hoy de aquí, que seamos más conscientes de nuestro llamado a vivir sabiamente, generosamente y unificados. Que miremos a los demás no con ojos de juicio, sino con los ojos de Cristo, que ve el bien en todos los que buscan hacer el bien en Su nombre. Que nuestras palabras y acciones sean siempre un reflejo de la sabiduría divina, y que nuestros gestos de amor sean una luz en el mundo, guiando a otros al Reino de Dios.
Pidamos, entonces, a Dios, con humildad y confianza, la gracia de vivir plenamente estas virtudes en nuestra vida diaria. Señor, te damos gracias por Tu Palabra, que nos enseña a ser sabios, generosos y unidos en Tu amor. Ayúdanos a aplicar estas enseñanzas en nuestro corazón y en nuestras acciones, para que podamos ser verdaderos instrumentos de Tu paz y amor en el mundo. Amén.
¡Que la paz de Cristo esté con todos vosotros!


