Evangelio de hoy – Miércoles, 5 de marzo de 2025 – Mateo 6:1-6.16-18 – Biblia Católica

Primera Lectura (Joel 2,12-18)

Lectura de la profecía de Joel.

“Ahora, dice el Señor, vuélvete a mí con todo tu corazón, con ayuno, lágrimas y gemidos; rasga tu corazón, y no tus vestidos; y vuélvete al Señor tu Dios; él es bondadoso y compasivo, paciente y lleno de misericordia, dispuesto a perdonar el castigo.” ¿Quién sabe si se vuelve a vosotros y os perdona, y deja detrás de sí la bendición, la ofrenda y la libación al Señor vuestro Dios? Tocad trompeta en Sión, prescribed el ayuno sagrado, convocad asamblea; reunir al pueblo, realizar ceremonias de adoración, reunir a los ancianos, reunir a los niños y a los bebés; Deja al marido su habitación y a la mujer su cama. Lloren los santos ministros del Señor, de pie entre el vestíbulo y el altar, y digan: “Perdona, Señor, a tu pueblo, y no permitas que esta herencia tuya sufra infamia y que las naciones la dominen”. ¿Por qué se dice entre los pueblos: “¿Dónde está su Dios?” Entonces el Señor se llenó de celo por su tierra y perdonó a su pueblo.

– Palabra del Señor.

– Gracias a Dios.

Segunda Lectura (2Cor 5,20-6,2)

Lectura de la Segunda Carta de San Pablo a los Corintios.

Hermanos, somos embajadores de Cristo, y es Dios mismo quien exhorta a través de nosotros. En nombre de Cristo os rogamos: dejaos reconciliar con Dios. Al que no cometió ningún pecado, Dios lo hizo pecado por nosotros, para que nosotros fuéramos hechos justicia de Dios en él. Como colaboradores de Cristo, os exhortamos a no recibir en vano la gracia de Dios, porque él dice: “En el momento favorable os escuché y en el día de la salvación os ayudé”. Ahora es el momento favorable, ahora es el día de la salvación.

– Palabra del Señor.

– Gracias a Dios.

Evangelio (Mateo 6,1-6.16-18)

Proclamación del Evangelio de Jesucristo según San Mateo.

— Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Cuidado con practicar vuestra justicia delante de los hombres, sólo para ser vistos de ellos. De lo contrario, no recibiréis vuestra recompensa de vuestro Padre que está en los cielos. Por tanto, cuando deis limosna, no toquéis trompeta delante de vosotros, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser alabados por los hombres. En verdad os digo que ya han recibido su recompensa. Al contrario, cuando Si das limosna, tu mano izquierda no sabrá lo que hace tu derecha, y tu limosna quedará oculta. Y tu Padre, que ve lo oculto, te dará la recompensa cuando ores, no seas como los hipócritas, que gustan de orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos por los hombres. cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre que está escondido, y tu Padre, que ve lo escondido, te recompensará. Cuando ayunéis, no estéis tristes como los hipócritas. Se desfiguran la cara para que los hombres vean que están ayunando. En verdad os digo que ya han recibido su recompensa. Pero tú, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que no vean los hombres que ayunas, sino sólo tu Padre, que está escondido. Y vuestro Padre, que ve lo oculto, os recompensará”.

— Palabra de Salvación.

— Gloria a ti, Señor.

Reflejando la Palabra de Dios

Queridos hermanos y hermanas en Cristo,

Imagínese un viajero que, después de años de seguir caminos tortuosos, finalmente ve la silueta de su hogar en el horizonte. Con el corazón acelerado y lágrimas en los ojos, acelera el paso. Este es el espíritu de la Cuaresma que iniciamos hoy: un tiempo de regreso, un camino a casa, un viaje al corazón de Dios y al centro de nosotros mismos.

“Vuelve a mí con todo tu corazón, con ayuno, lágrimas y gemidos de luto”. Estas palabras del profeta Joel nos conmueven profundamente en este primer día de Cuaresma. No es una invitación superficial ni una sugerencia casual. Es un llamado urgente, apasionado, casi un grito del corazón de Dios al corazón de su pueblo.

Note el énfasis: “con todo tu corazón”. No con parte de ello. No con ese pequeño espacio que nos queda después de haber dedicado nuestra atención, tiempo y energía a todo lo demás. Dios no quiere las sobras de nuestra vida; Anhela la totalidad de nuestro ser.

¿Y por qué? Porque Él es “clemente y compasivo, paciente, rico en misericordia y dispuesto a perdonar el castigo”. Nuestro Dios no es un tirano que exige sumisión, sino un Padre amoroso que anhela la reconciliación. Ésta es la maravillosa paradoja de la fe cristiana: el Dios todopoderoso, creador del universo, busca los corazones rebeldes de sus criaturas con la ternura de un padre que espera a su hijo pródigo.

Joel continúa con una poderosa imagen comunitaria: “Tocad la trompeta en Sión, prescribed un ayuno sagrado, convocad a la asamblea”. La Cuaresma no es sólo un camino individual, sino una peregrinación colectiva. Estamos llamados como comunidad a unirnos, a reconocer nuestro quebrantamiento común, nuestra necesidad compartida de misericordia.

¿Y quién debería venir? Todo. “Reúne al pueblo, haz asamblea sagrada, reúne a los ancianos, reúne a los niños y a los bebés”. Nadie está excluido de esta convocatoria. Desde los más mayores hasta los más pequeños, todos están invitados a este momento de regreso y renovación.

Esta visión del retorno comunitario nos lleva directamente a la segunda lectura, donde Pablo declara: “Somos embajadores de Cristo, y es Dios quien exhorta a través de nosotros”. ¡Qué extraordinaria responsabilidad! No sólo somos destinatarios de la reconciliación divina, sino también sus mensajeros. No sólo experimentamos la gracia de Dios, sino que estamos llamados a encarnarla para los demás.

“En nombre de Cristo os rogamos: dejaos reconciliar con Dios.” Hay una urgencia en estas palabras que no podemos ignorar. Pablo no está simplemente sugiriendo; él está rogando. La reconciliación no es opcional para quienes toman en serio su llamado cristiano. Es el corazón palpitante de nuestra identidad.

“Ahora es el momento favorable, ahora es el día de la salvación”. La Cuaresma nos recuerda que el tiempo es corto y precioso. Cada momento es una oportunidad para decir “sí” al amor de Dios, para darle la espalda al pecado y acudir a la gracia. El mañana no está garantizado para nosotros. El momento de la reconciliación, del regreso, es ahora.

¿Y cómo debemos emprender este viaje de regreso? Jesús, en nuestra lectura del Evangelio, nos da orientaciones prácticas y profundas. Habla de tres pilares tradicionales de la práctica de la Cuaresma: la limosna, la oración y el ayuno. Pero con una advertencia crucial: “Ten cuidado de no practicar tu justicia delante de los hombres, sólo para ser visto por ellos”.

Jesús nos advierte contra la tentación de la performatividad religiosa, esa tendencia a convertir nuestras prácticas espirituales en espectáculos para impresionar a los demás. ¿Con qué frecuencia nuestras “buenas obras” no están motivadas por un amor genuino sino por el deseo de admiración? ¿Con qué frecuencia nuestra generosidad está manchada de orgullo, nuestra oración distorsionada por la vanagloria, nuestro sacrificio manchado de autoelogio?

“Cuando des limosna, no toques la trompeta delante de ti”. La verdadera caridad no busca reconocimiento. Es discreto, casi invisible. Como la mano izquierda que no sabe lo que hace la derecha, nuestros actos de generosidad deben fluir naturalmente de un corazón transformado por el amor de Dios, no de un ego hambriento de aprobación.

“Cuando oréis, no seáis como los hipócritas”. La oración auténtica no es una actuación para impresionar a los demás ni siquiera a Dios. Es un encuentro íntimo, un diálogo honesto, un momento de verdad entre la criatura y el Creador. Jesús nos invita a entrar en nuestra habitación, cerrar la puerta y hablar con el Padre en secreto. Esta “habitación” no es sólo un espacio físico, sino un santuario interior donde podemos ser completamente transparentes, sin máscaras ni pretensiones.

“Cuando ayunéis, no os mostréis tristes como los hipócritas”. El ayuno no es una muestra de nuestra fuerza de voluntad o superioridad espiritual. Es un reconocimiento de nuestro hambre más profunda: un hambre que ningún alimento terrenal puede satisfacer. Es un espacio que creamos en nuestras vidas para que Dios lo llene, una declaración tangible de que “no sólo de pan vive el hombre”.

En cada caso – limosna, oración, ayuno – Jesús enfatiza el mismo principio: “Y vuestro Padre, que ve en lo secreto, os recompensará”. Hay una intimidad en estas palabras que deberíamos saborear. El Dios del universo ve lo que nadie más ve. Conoce las intenciones del corazón, los sacrificios silenciosos, las lágrimas derramadas en secreto. Y Él responde no con la moneda de la aprobación humana, sino con las riquezas infinitamente más valiosas de Su presencia y gracia.

Mis queridos hermanos y hermanas, la Cuaresma que iniciamos hoy no es un maratón de abnegación ni un ejercicio de fuerza de voluntad. Es un camino de amor, un camino para regresar al corazón de un Padre que nos espera con los brazos abiertos. Es un tiempo de despojarnos, sí, pero sólo para que podamos estar más completamente vestidos con Cristo. Es un período de reflexión, pero sólo para que podamos ver más claramente el rostro de Dios y nuestra verdadera identidad en Él.

Al recibir las cenizas en la frente, recordamos nuestra mortalidad: “Recuerda que eres polvo, y al polvo volverás”. O, en la formulación alternativa: “Conviértete y cree en el Evangelio”. Estas no son palabras de condena, sino de liberación. Nos despojan de nuestras ilusiones de autosuficiencia e inmortalidad, invitándonos a confiar no en nuestra frágil fuerza sino en la eterna misericordia de Dios.

Entonces, al comenzar juntos este viaje de Cuaresma, recuerden las palabras de Joel: “Rasguen su corazón, no sus vestidos”. A Dios no le interesan gestos externos vacíos, sino una genuina transformación interior. Él no busca tu perfección, sino tu autenticidad. No su impresionante fuerza de voluntad, sino su confianza entregada.

Y mientras practicas la limosna, la oración y el ayuno durante los próximos cuarenta días, mantén estas prácticas arraigadas en el amor: el amor a Dios y el amor al prójimo. Que tu generosidad fluya de un corazón agradecido por lo que has recibido. Que vuestra oración sea un diálogo sincero con Aquel que os amó primero. Que tu ayuno cree un espacio sagrado donde puedas descubrir nuevamente que tu hambre más profunda es de Dios.

Que esta Cuaresma sea verdaderamente un “tiempo propicio”, un “día de salvación”. Que sea un tiempo de retorno y renovación, de despojo y descubrimiento, de muerte a lo viejo y nacimiento de lo nuevo. Y que cuando lleguemos a la gloria de la Pascua, podamos decir con alegría que nuestro camino a casa nos transformó, que nuestro regreso al corazón de Dios nos renovó y que nuestra respuesta a su amor misericordioso nos redimió.

“Vuelve a mí con todo tu corazón”. Esta es la invitación. La respuesta está en tus manos. El momento es ahora.

Que Dios bendiga su camino cuaresmal. Amén.