Evangelio de hoy – Sábado, 1 de febrero de 2025 – Marcos 4:35-41 – Biblia Católica

Primera Lectura (Hebreos 11,1-2.8-19).

Lectura de la Carta a los Hebreos.

Hermanos, la fe es un modo de poseer ya lo que aún se espera, la convicción sobre realidades que no se ven. Fue la fe la que dio a los antepasados un buen testimonio. Fue por la fe que Abraham obedeció la orden de partir hacia una tierra que iba a recibir como herencia, y se fue sin saber adónde iba. Fue por la fe que residió como extranjero en la tierra prometida, viviendo en tiendas con Isaac y Jacob, los coherederos de la misma promesa. Porque estaba esperando la ciudad fundada que tenga a Dios mismo como arquitecto y constructor. También fue por la fe que Sara, aunque estéril y ya vieja, llegó a ser capaz de tener hijos, porque consideraba digno de confianza al autor de la promesa. Por eso también de un solo hombre, ya marcado por la muerte, nació la multitud “comparable a las estrellas del cielo e innumerable como la arena a la orilla del mar”. Todos estos murieron en la fe. No recibieron la promesa, pero pudieron verla y saludarla desde lejos y se declararon extranjeros y migrantes en esta tierra. Quienes así hablan demuestran que buscan una patria, y si recordaran la que dejaron, incluso tendrían tiempo de regresar allí. Pero ahora desean una patria mejor, es decir, la patria celestial. Por tanto, Dios no se avergüenza de ellos, llamándose Dios de ellos. Porque incluso les preparó una ciudad. Fue por la fe que Abraham, puesto a prueba, ofreció a Isaac; él, depositario de la promesa, sacrificó a su único hijo, de quien se había dicho: “Es en Isaac donde una descendencia llevará tu nombre”. Estaba convencido de que Dios tiene el poder incluso de resucitar a los muertos, y por eso recuperó a su hijo, que también es un símbolo.

– Palabra del Señor.

– Gracias a Dios.

Evangelio (Marcos 4,35-41).

Proclamación del Evangelio de Jesucristo según San Marcos.

— Gloria a ti, Señor.

Ese día, al caer la tarde, Jesús dijo a sus discípulos: “¡Pasemos a la otra orilla!” Despidieron a la multitud y se llevaron a Jesús con ellos, tal como estaba en la barca. Todavía había otros barcos con él. Empezó a soplar un viento muy fuerte y las olas se iban lanzando dentro de la barca, de modo que la barca ya se empezaba a llenar. Jesús estaba atrás, durmiendo sobre una almohada. Los discípulos lo despertaron y le dijeron: “Maestro, estamos pereciendo ¿y no te importa?”. Se puso de pie y ordenó al viento y al mar: “¡Silencio! ¡Cállate!” El viento cesó y se hizo una gran calma. Entonces Jesús preguntó a sus discípulos: “¿Por qué tenéis tanto miedo? ¿Todavía no tenéis fe?” Sintieron gran temor y se decían unos a otros: “¿Quién es éste, a quien hasta el viento y el mar obedecen?”

— Palabra de Salvación.

— Gloria a ti, Señor.

Reflejando la Palabra de Dios

Queridos hermanos y hermanas en Cristo,

“La fe es la garantía de los bienes que se esperan, la prueba de las realidades que no se ven”. Con estas profundas palabras, el autor de la carta a los Hebreos nos introduce en una de las reflexiones sobre la fe más hermosas de toda la Escritura. Y qué providencial es que tengamos esta lectura junto con el Evangelio de Marcos, donde vemos la fe puesta a prueba en medio de la tormenta.

Pensemos por un momento en Abraham, nuestro referente de fe. El texto nos dice que “se fue sin saber adónde iba”. ¡Qué extraordinaria muestra de confianza! Imagínese dejarlo todo (hogar, familia, patria) basándose únicamente en una promesa. Sin GPS, sin mapa, sin plano detallado. Sólo la voz de Dios y la decisión de seguirla.

Y no fue sólo una vez que Abraham demostró tal fe. Cuando Dios prometió un hijo, aunque él y Sara eran muy ancianos, Abraham creyó. Cuando se le pidió que sacrificara a este mismo hijo de la promesa, Abraham obedeció, “pensando que Dios tiene poder incluso para resucitar a los muertos”. Ésta es la fe que mueve montañas, que convierte las imposibilidades en realidad.

Ahora volvamos nuestra mirada al Evangelio. Los discípulos están con Jesús en la barca cuando se levanta una violenta tormenta. Las olas chocan contra el barco, el viento aúlla, el agua empieza a entrar. ¿Y dónde está Jesús? ¡Dormir tranquilamente en popa!

La reacción de los discípulos es tan humana, tan parecida a la nuestra: “Maestro, ¿no te importa si perecemos?” ¿Cuántas veces, en medio de las tormentas de nuestra vida, nos hemos hecho la misma pregunta? “Señor, ¿dónde estás? ¿No ves que me estoy hundiendo?”

Jesús se levanta, reprende al viento y ordena al mar: “¡Cállate, quédate quieto!” Y enseguida se produce una gran calma. Pero entonces viene la pregunta que penetra profundamente en nuestro corazón: “¿Por qué tenéis tanto miedo? ¿Todavía no tenéis fe?”.

Esta narración establece un puente perfecto con nuestra primera lectura. La fe de Abraham y la falta de fe de los discípulos nos muestran las dos caras de una misma moneda. Ambas historias hablan de confiar en Dios cuando todo parece perdido, cuando el camino por delante parece imposible.

Pero ¿qué es realmente la fe? No es una negación de la realidad ni un escape del miedo. Los discípulos no se equivocaron al reconocer el peligro de la tormenta: era real. Abraham no se equivocó al ver la imposibilidad biológica de tener un hijo a una edad avanzada: era un hecho. La fe no niega estas realidades; los trasciende.

La fe es la capacidad de ver más allá de las circunstancias visibles y confiar en el carácter y el poder de Dios. Es saber que incluso cuando no podemos ver el camino por delante, Dios sí puede. Es confiar en que incluso cuando todo parece desmoronarse, Dios todavía tiene el control.

En nuestras propias vidas enfrentamos tormentas de muchos tipos: problemas de salud, dificultades financieras, relaciones rotas, pérdidas dolorosas. Como los discípulos, podemos sentirnos a merced de las olas, listos para hundirnos. Como Abraham, podemos ser llamados a caminar hacia lo desconocido.

Es en estos momentos cuando estamos invitados a ejercitar esta fe que es “la garantía de los bienes esperados”. No porque tengamos todas las respuestas, sino porque conocemos a Aquel que las tiene. No porque seamos lo suficientemente fuertes para enfrentar la tormenta, sino porque tenemos con nosotros a Aquel que domina los vientos y el mar.

Pero ¿cómo desarrollamos esa fe? ¿Cómo podemos llegar a ser más como Abraham y menos como los asustados discípulos? La respuesta está en conocer cada vez más el carácter de Dios a través de Su Palabra y nuestra experiencia con Él. Es recordar Su fidelidad pasada cuando enfrentamos los desafíos presentes. Es cultivar una relación íntima con Él en los momentos de calma para que podamos confiar en Él durante las tormentas.

Mis queridos hermanos y hermanas, que las lecturas de hoy nos inspiren a desarrollar una fe más profunda y madura. Que nosotros, como Abraham, demos pasos de obediencia incluso cuando el camino no esté claro. Y que nosotros, en medio de las tormentas de la vida, recordemos que Aquel que calma los vientos y el mar está en la barca con nosotros.

Que el Señor nos dé la gracia de crecer en la fe, confiando no en nuestra propia fuerza o comprensión, sino en su poder infinito y su amor inagotable. Y que seamos testigos vivos de que la fe, incluso del tamaño de una semilla de mostaza, puede mover montañas y calmar tormentas.

Que la paz de Cristo esté con todos vosotros. Amén.