Evangelio de hoy – Sábado 1 de junio de 2024 – Marcos 11,27-33 – Biblia Católica

Primera Lectura (Judas 17.20b-25)

Lectura de la Carta de San Judas.

Pero vosotros, amados, recordad las palabras dichas por los apóstoles de nuestro Señor Jesucristo. Edificaos sobre el fundamento de vuestra santísima fe y orad, en el Espíritu Santo, para que permanecáis en el amor de Dios, esperando la misericordia de nuestro Señor Jesucristo, para la vida eterna. Y a algunos que tengan dudas, debéis tratarlos con misericordia. A otros deberás salvarlos sacándolos del fuego. Debéis tener compasión de los demás todavía, pero con temor, aborreciendo vuestro propio vestido manchado por la carne… Al que es poderoso para guardaros sin caída y presentaros delante de su gloria irreprensibles y gozosos, al único Dios, nuestro. Salvador, por Jesucristo nuestro Señor: gloria, majestad, poder y dominio, desde antes de todos los siglos, y ahora, y por todos los siglos. Amén.

– Palabra del Señor.

– Gracias a Dios.

Evangelio (Marcos 11,27-33)

— PROCLAMACIÓN del Evangelio de Jesucristo según San Marcos.

— Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo, Jesús y los discípulos regresaron a Jerusalén. Mientras Jesús caminaba por el templo, se le acercaron los sumos sacerdotes, los maestros de la ley y los ancianos y le preguntaron: “¿Con qué autoridad haces estas cosas? ¿Quién te ha dado autoridad para hacer estas cosas?” Jesús respondió: “Te haré sólo una pregunta. Si me respondes, te diré con qué autoridad hago esto. ¿El bautismo de Juan fue del cielo o de los hombres? Respóndeme”. Discutieron entre ellos: “Si contestamos que vino del cielo, él dirá: ‘¿Por qué no creísteis a Juan?’ ¿Diremos entonces que vino de los hombres?” Pero tenían miedo de la multitud, porque en realidad todos tenían a Juan por profeta. Entonces ellos respondieron a Jesús: “No lo sabemos”. Y Jesús dijo: “Porque ni yo os digo con qué autoridad hago estas cosas”.

— Palabra de Salvación.

— Gloria a ti, Señor.

Reflejando la Palabra de Dios

Queridos hermanos y hermanas, hoy estamos invitados a profundizar en las profundidades de la fe y la confianza en Dios a través de las lecturas de Judas y Marcos. Estos pasajes nos llevan a reflexionar sobre la perseverancia en la fe, la sabiduría divina y nuestra responsabilidad como seguidores de Cristo en un mundo lleno de desafíos e interrogantes.

Empecemos por la Primera Lectura, extraída de la Carta de Judas. Judas nos exhorta a recordar las palabras de los apóstoles de nuestro Señor Jesucristo. Nos llama a construir nuestra vida sobre el fundamento de nuestra santísima fe y a orar en el Espíritu Santo. Judas nos anima a mantenernos en el amor de Dios mientras esperamos la misericordia de nuestro Señor Jesucristo para vida eterna. Nos advierte sobre la necesidad de ser misericordiosos con los que dudan y de salvar a los que están a punto de caer, sacándolos del fuego.

Pensemos en la fe como una casa en construcción. Los cimientos deben ser fuertes, firmes e inquebrantables. Si los cimientos no están bien colocados, toda la estructura puede colapsar al menor temblor. Asimismo, nuestra fe debe estar sólidamente cimentada en Cristo y las enseñanzas de los apóstoles. Es a través de la oración constante en el Espíritu Santo que fortalecemos este fundamento, manteniéndonos en el amor de Dios y esperando su misericordia.

Imaginemos que estamos en un viaje por un desierto, donde la fe es como el agua que nos mantiene vivos y nos guía hacia el oasis. Sin esta fe, sin esta agua, fácilmente podemos perdernos, deshidratarnos y sucumbir a las dificultades del camino. Por lo tanto, Judas nos insta a mantener esta agua viva fluyendo dentro de nosotros, no sólo para nuestro beneficio sino también para ayudar a otros que encontremos en el camino. Nos llama a ser misericordiosos, a tender la mano a quienes dudan, a salvar a quienes están a punto de caer en el abismo de la desesperación.

Pasando al evangelio de Marcos, encontramos a Jesús en una situación de enfrentamiento con los líderes religiosos. Cuestionan Su autoridad y preguntan: “¿Con qué autoridad haces estas cosas? ¿Quién te dio tal autoridad para hacerlas?” Jesús, conociendo la malicia de sus corazones, responde con otra pregunta, retándolos a reflexionar sobre el origen del bautismo de Juan: “¿Fue del cielo o de los hombres?”

Este intercambio nos ofrece una profunda lección sobre la sabiduría y la autoridad divinas. Jesús no responde directamente a sus preguntas porque sabe que los líderes en realidad no buscan la verdad, sino que están tratando de encontrar una manera de acusarlo. Nos enseña la importancia de discernir la intención detrás de las preguntas y desafíos que enfrentamos.

Reflexionemos sobre una situación cotidiana. Imagínese que está en su lugar de trabajo y alguien cuestiona constantemente sus decisiones y su autoridad, no porque busque una mejora o la verdad, sino simplemente para causar discordia o socavar su posición. La respuesta de Jesús nos enseña la importancia de responder con sabiduría y discernimiento. Nos muestra que no todas las preguntas merecen una respuesta directa, especialmente cuando la intención detrás de ellas es dañina.

Jesús también nos desafía a considerar la fuente de nuestra propia autoridad y confianza. Así como Él señaló la hipocresía de los líderes religiosos, estamos llamados a examinar nuestras vidas y nuestras motivaciones. ¿De dónde viene nuestra autoridad para actuar y hablar como seguidores de Cristo? Nuestra autoridad debe estar arraigada en nuestra relación con Dios, la verdad del Evangelio y la guía del Espíritu Santo.

Las lecturas de hoy nos llaman a vivir una fe auténtica e inquebrantable, basada en el amor de Dios y la oración constante. Tenemos el desafío de ser constructores de puentes, salvando a quienes dudan y están a punto de caer. También estamos llamados a actuar con sabiduría y discernimiento, especialmente cuando nos enfrentamos a desafíos y preguntas maliciosas.

En la práctica, ¿cómo podemos aplicar estas lecciones a nuestra vida diaria? Primero, fortalezcamos nuestro fundamento en la fe mediante la oración regular y el estudio de las Escrituras. Que podamos construir nuestras vidas sobre la roca firme de las enseñanzas de Cristo, sabiendo que es este fundamento el que nos sostendrá en tiempos de dificultad.

En segundo lugar, seamos misericordiosos y proactivos a la hora de ayudar a los demás. Podría ser un amigo que está pasando por una crisis de fe, un compañero de trabajo que está luchando con problemas personales o un extraño que encontramos necesitado. Nuestras acciones, motivadas por el amor de Dios, pueden marcar la diferencia entre la esperanza y la desesperación para alguien.

En tercer lugar, cultivemos la sabiduría y el discernimiento. No todas las situaciones requieren una respuesta directa o inmediata. A veces la mejor respuesta es una pregunta que lleva a la otra persona a reflexionar, tal como lo hizo Jesús con los líderes religiosos. Esto no sólo protege nuestra integridad, sino que también desafía a quienes nos rodean a examinar sus propias motivaciones y buscar la verdad genuina.

Finalmente, recordemos siempre que nuestra autoridad como cristianos proviene de nuestra relación con Dios. Es Él quien nos guía, nos fortalece y nos da la sabiduría para afrontar los desafíos cotidianos. Que vivamos de una manera que refleje esta verdad, siendo luz y sal en el mundo, testificando con nuestra vida del amor, la misericordia y la sabiduría de Dios.

Tengamos ahora un momento de silencio, reflexionemos sobre estos mensajes y pidamos a Dios la gracia de aplicar estas lecciones en nuestras vidas. Que el Espíritu Santo nos guíe, fortalezca e inspire a vivir una fe auténtica, misericordiosa y sabia.

Señor, te damos gracias por las lecciones de hoy. Ayúdanos a construir nuestra vida sobre el fundamento de la fe, a ser misericordiosos con quienes dudan y a actuar con sabiduría y discernimiento en todas las situaciones. Que seamos testigos vivos de Tu amor y Tu verdad, guiados siempre por el Espíritu Santo. Amén.

Queridos hermanos y hermanas, al salir hoy de aquí, llevemos con nosotros la determinación de vivir como verdaderos seguidores de Cristo, cimentados en la fe, movidos por la misericordia y guiados por la sabiduría divina. Que la gracia de Dios nos acompañe y seamos instrumentos de su paz y amor en el mundo. Recuerde, estamos llamados a ser constructores de puentes y faros de esperanza; vivamos a la altura de ese llamado, reflejando el amor y la luz de Cristo en todo lo que hacemos. Amén.