Evangelio de hoy – Sábado, 11 de mayo de 2024 – Juan 16:23b-28 – Biblia Católica

Primera Lectura (Hechos 18,23-28)

Lectura de los Hechos de los Apóstoles.

Pablo permaneció en Antioquía por algún tiempo. Luego partió de nuevo, recorriendo sucesivamente las regiones de Galacia y Frigia, fortaleciendo a todos sus discípulos. Llegó a Éfeso un judío llamado Apolo, natural de Alejandría. Era un hombre elocuente, versado en las Escrituras. Había sido instruido en el camino del Señor y, con gran entusiasmo, hablaba y enseñaba con precisión acerca de Jesús, aunque sólo conocía el bautismo de Juan. Luego, comenzó a hablar con gran convicción en la sinagoga. Al oírlo, Priscila y Aquila lo llevaron con ellos y, más exactamente, le explicaron el camino de Dios.

Como quería ir a Acaya, los hermanos lo apoyaron y escribieron a los discípulos para darle la bienvenida. Por la gracia de Dios, la presencia de Apolo allí fue de gran utilidad para los fieles. De hecho, refutó enérgicamente a los judíos en público, demostrando con las Escrituras que Jesús es el Mesías.

– Palabra del Señor.

– Gracias a Dios.

Evangelio (Juan 16,23b-28)

— PROCLAMACIÓN del Evangelio de Jesucristo según San Juan.

— Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “De cierto, de cierto os digo, que si pidéis algo al Padre en mi nombre, os lo dará. Hasta ahora nada habéis pedido en mi nombre; pide y recibirás; para que vuestro gozo sea completo.

Os dije estas cosas en lenguaje figurado. Viene la hora en que ya no os hablaré en cifras, sino que os hablaré claramente del Padre. En aquel día pediréis en mi nombre, y no os digo que pediré al Padre por vosotros. , porque el Padre mismo os ama, porque vosotros me amasteis y creísteis que yo vengo de Dios. Yo vine del Padre y vine al mundo; y otra vez salgo del mundo y voy al Padre”.

— Palabra de Salvación.

— Gloria a ti, Señor.

Reflejando la Palabra de Dios

Queridos hermanos y hermanas en Cristo,

Hoy me gustaría comenzar nuestra reflexión con una pregunta sencilla pero profunda: ¿alguna vez has experimentado el gozo de que tus oraciones sean respondidas? Quiero invitarte a reflexionar sobre este tema tan importante para nuestras vidas: la oración y la respuesta amorosa de Dios. Todos nosotros, en algún momento, buscamos respuestas divinas a nuestras preocupaciones, deseos y dificultades. Y en los pasajes bíblicos que se nos presentan, encontramos una fuente de sabiduría y guía para nuestro camino de fe.

En la primera lectura, del libro de los Hechos de los Apóstoles, seguimos el camino de Pablo, el gran evangelizador. Viajó incansablemente, llevando el mensaje de Cristo a todos los pueblos. Pablo encontró en su misión un camino de servicio y dedicación, pero también de profunda comunión con Dios a través de la oración. Sabía que la oración era la clave para manifestar el poder de Dios en su vida y ministerio.

Queridos creyentes, como Pablo, estamos llamados a perseverar en la oración. A través de él abrimos las puertas de nuestro corazón a la acción transformadora de Dios. Pero es importante recordar que la oración no es sólo un medio para obtener respuestas, sino más bien un encuentro personal e íntimo con el Padre celestial. Es un momento de diálogo con quien nos conoce profundamente y nos ama incondicionalmente.

En el Evangelio según Juan, Jesús nos revela una verdad poderosa sobre la oración. Nos dice: “De cierto, de cierto os digo, que si pidéis algo al Padre en mi nombre, os lo dará. Hasta ahora nada habéis pedido en mi nombre; pedid, y recibiréis, para que vuestro el gozo sea completo.” (Juan 16:23b-24). Estas palabras de Jesús son una invitación a lanzar nuestras súplicas al Padre, confiando en su amor y providencia.

Imagínese por un momento en un jardín, rodeado de exuberantes flores. Cada flor representa una oración que has dicho. Algunas fueron respondidas rápidamente, trayendo alegría y gratitud a tu corazón. Otros parecen haber sido olvidados, permaneciendo como capullos sin abrir, esperando el momento adecuado para florecer. Pero independientemente de la respuesta que recibamos, es esencial recordar que la voluntad de Dios es perfecta y que Él siempre actúa en nuestro mejor interés.

Para comprender mejor el poder de la oración, usemos una metáfora simple: el árbol. Un árbol comienza como una semilla pequeña y aparentemente insignificante. Pero con el tiempo crece, arraiga profundamente en el suelo y extiende sus ramas hacia el cielo. De la misma manera, nuestras oraciones son como semillas que, al ser sembradas en el suelo fértil de la fe, germinan y crecen ante los ojos de Dios.

Sin embargo, así como un árbol necesita cuidados, riego y atención constantes, nuestra vida de oración también requiere disciplina y perseverancia. A menudo nos desanimamos cuando nos enfrentamos a retrasos aparentes o a respuestas que difieren de las esperadas. Pero en estos momentos debemos recordar que el tiempo de Dios no es nuestro tiempo. Él sabe cuál es el mejor momento para actuar en nuestras vidas y sorprendernos con su gracia.

Queridos hermanos y hermanas, la oración es una invitación a confiar en Dios en cada momento de nuestra vida. Cuando oramos, reconocemos nuestra dependencia de Él y nos ponemos en Sus amorosas manos. Es a través de la oración que encontramos fuerza para afrontar los desafíos diarios, consuelo en medio de las tribulaciones y esperanza incluso en las situaciones más difíciles.

Por eso, os invito a cada uno de vosotros a revivir vuestra vida de oración. Dedica tiempo cada día para estar a solas con Dios, para hablar con Él como un amigo cercano. Sea persistente en sus súplicas, incluso si parece que no obtendrán respuesta de inmediato. Confía en que Dios está obrando a tu favor y en el momento adecuado te revelará Su voluntad.

Además, es importante recordar que la oración no es sólo un monólogo, sino también un momento de escucha atenta a la voz de Dios. A veces esperamos que Dios nos hable de maneras grandiosas y espectaculares, pero a menudo Él nos habla en suaves susurros y entre líneas de las circunstancias de la vida. Seamos abiertos y receptivos a las respuestas de Dios, incluso si llegan de maneras inesperadas.

Nuestra vida de oración también puede fortalecerse leyendo y meditando en las Sagradas Escrituras. Al igual que Pablo, que encontró a Apolos, un hombre elocuente y poderoso en las Escrituras, podemos inspirarnos y aprender de las historias y enseñanzas contenidas en la Palabra de Dios. La Biblia es un tesoro inagotable de sabiduría divina, capaz de iluminar nuestros caminos y guiarnos en nuestras decisiones.

Para ilustrar esto, permítanme contarles la historia de un joven llamado Daniel. Daniel era un estudiante universitario que enfrentaba dudas e incertidumbre sobre su futuro. Buscó discernir la voluntad de Dios para su carrera y su vida personal. Un día, mientras leía la Biblia, se topó con las palabras de Jesús: “Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas” (Mateo 6:33).

Estas palabras tocaron profundamente el corazón de Daniel. Se dio cuenta de que estaba anteponiendo su búsqueda del éxito y la realización personal a su búsqueda de Dios. A partir de ese momento decidió priorizar su vida de oración y buscar la voluntad de Dios en todos los ámbitos de su vida. Y con el tiempo, Daniel experimentó la paz y la guía divina que anhelaba.

Queridos hermanos y hermanas, como Daniel, estamos llamados a buscar primero el Reino de Dios en nuestras vidas. Esto significa poner a Dios en el centro de todas nuestras decisiones, permitiendo que su voluntad guíe nuestros pasos. Cuando hacemos esto, descubrimos que nuestras oraciones son respondidas de maneras que superan nuestras expectativas.

Al concluir nuestra reflexión, me gustaría animarles a convertir lo que aprendimos hoy en acciones prácticas. Aquí hay algunas pautas simples para aplicar los principios de la oración en nuestra vida diaria:

Establece un tiempo diario de oración: Dedica un momento especial en tu día para conectarte con Dios. Puede ser por la mañana, tarde o noche. Lo importante es crear este hábito de comunión con el Padre.

Sea específico en sus peticiones: Al orar, sea claro y específico acerca de lo que busca de Dios. Recuerda, Él conoce tu corazón, pero quiere que expreses tus necesidades y deseos con honestidad.

Espere pacientemente: no siempre recibimos respuestas inmediatas a nuestras oraciones. Ten paciencia y confía en los tiempos de Dios. Él sabe lo que es mejor para nosotros y responderá cuando sea el momento adecuado.

Da gracias por las respuestas: Cuando Dios conteste tus oraciones, sé agradecido. La gratitud es una actitud que abre las puertas a más bendiciones en nuestras vidas.

Esté abierto a las respuestas de Dios: recuerde que Dios puede responder de maneras diferentes a las que esperamos. Sé consciente de las respuestas que Él puede dar a través de personas, circunstancias o incluso silenciosamente en tu corazón.

Queridos hermanos y hermanas, la oración es un regalo maravilloso que Dios nos ha dado para conectarnos con Él y experimentar Su amor y cuidado en nuestras vidas. Aprovechemos esta oportunidad y cultivemos una vida de oración ferviente, seguros de que Dios escucha y responde a nuestras oraciones. Que nuestra comunión con nuestro Padre celestial nos fortalezca, nos guíe y nos llene de alegría y esperanza. Amén.