Evangelio de hoy – Sábado, 6 de abril de 2024 – Marcos 16,9-15 – Biblia Católica

Primera Lectura (Hechos 4,13-21)

Lectura de los Hechos de los Apóstoles.

En aquellos días, los principales sacerdotes, los ancianos y los escribas quedaron asombrados al ver la confianza con la que hablaban Pedro y Juan, siendo personas sencillas e incultas. Reconocieron que habían estado con Jesús. Sin embargo, vieron junto a ellos al hombre que había sido sanado. Y no pudieron decir nada en contrario.

Les ordenaron que salieran del Sanedrín y comenzaron a discutir entre ellos: “¿Qué vamos a hacer con estos hombres? Realizaron un milagro muy claro, y el hecho llegó a ser tan conocido por todos los habitantes de Jerusalén que no podemos negarlo. Sin embargo, para que la cosa no se extienda aún más entre la gente, los vamos a amenazar, para que ya no le digan a nadie el nombre de Jesús”. Llamaron nuevamente a Pedro y a Juan y les ordenaron que no hablaran ni enseñaran en el nombre de Jesús de ninguna manera. Pedro y Juan respondieron: “¡Juzgan ustedes mismos si está bien ante Dios que les obedezcamos a ustedes y no a Dios! En cuanto a nosotros, no podemos permanecer en silencio sobre lo que vimos y oímos”.

Luego, insistiendo en sus amenazas, dejaron en libertad a Pedro y a Juan, ya que no tenían forma de castigarlos, por el bien del pueblo. Porque todos glorificaron a Dios por lo sucedido.

– Palabra del Señor.

– Gracias a Dios.

Evangelio (Mc 16,9-15)

— Proclamación del Evangelio de Jesucristo según San Marcos.

— Gloria a ti, Señor.

Después de resucitar, al amanecer del primer día después del sábado, Jesús se apareció por primera vez a María Magdalena, de quien había expulsado siete demonios. Ella fue a anunciar esto a los seguidores de Jesús, quienes estaban de luto y llorando. Cuando supieron que estaba vivo y que ella lo había visto, no quisieron creerlo.

Entonces Jesús se apareció a dos de ellos, con diferente aspecto, mientras iban al campo. También regresaron y anunciaron esto a los demás. Tampoco dieron crédito. Finalmente, Jesús se apareció a los once discípulos mientras comían, reprendiéndolos por su falta de fe y su dureza de corazón, por no haber creído a los que le habían visto resucitado.

Y les dijo: “¡Id por todo el mundo y proclamad el Evangelio a toda criatura!”

— Palabra de Salvación.

— Gloria a ti, Señor.

Reflejando la Palabra de Dios

Mis hermanos y hermanas en Cristo,

Hoy quisiera comenzar nuestra reflexión con una escena que todos conocemos. Imagínese en otro día ajetreado, enfrentando las exigencias de la vida cotidiana. Estás rodeado de tareas, responsabilidades y preocupaciones. Y, en medio de esta prisa, hay algo que muchas veces pasa desapercibido: la presencia constante de Dios en nuestras vidas.

Sí, Dios está presente en cada momento de nuestro día. Él está presente en nuestras alegrías y tristezas, en nuestras victorias y derrotas, en nuestros triunfos y desafíos. A veces podemos olvidar esta realidad y sentirnos solos o impotentes. Pero los pasajes bíblicos en los que meditaremos hoy nos recuerdan una verdad profunda y poderosa: Dios está con nosotros y nos llama a ser testigos de su amor y gracia.

Nuestra primera lectura, del Libro de los Hechos de los Apóstoles, nos presenta una escena en el contexto posterior a la resurrección de Jesús. Pedro y Juan, hombres sencillos y sin formación académica, se enfrentan a las autoridades religiosas de la época. Estos líderes están perplejos por el coraje y la elocuencia de los apóstoles, porque reconocen que Pedro y Juan “eran hombres simples e incultos” (Hechos 4:13).

Este pasaje nos invita a reflexionar sobre la importancia de ser auténticos testigos de la presencia de Dios en nuestras vidas. Pedro y Juan no eran personas extraordinarias ni poderosas en sí mismas, pero estaban llenos del Espíritu Santo. Y es esta plenitud del Espíritu Santo la que les da valor y elocuencia para proclamar la buena nueva de Jesucristo.

Al igual que Pedro y Juan, también nosotros estamos llamados a ser auténticos testigos del amor y la gracia de Dios. Estamos llamados a vivir de tal manera que quienes nos rodean puedan ver y experimentar la presencia de Dios en sus vidas. Esto no significa que debamos ser perfectos o tener todas las respuestas. Simplemente significa abrir nuestros corazones para que el Espíritu Santo pueda obrar a través de nosotros.

En el evangelio de Marcos encontramos la narración del encuentro entre Jesús resucitado y María Magdalena. María Magdalena, que había sido liberada del dominio de las tinieblas y experimentó la transformación del amor y la misericordia de Jesús, es elegida por Él para ser la primera en presenciar su resurrección. Jesús se le aparece y la envía a proclamar la buena nueva a los demás discípulos (Mc 16,9-15).

Este pasaje nos recuerda que, como María Magdalena, todos tenemos una historia de encuentro personal con Jesucristo. Todos tenemos experiencias de Su misericordia y amor en nuestras vidas. Y, como María Magdalena, estamos llamados a compartir estas experiencias con los demás.

Ser testigos de Jesús no significa sólo proclamar la resurrección con palabras, sino también vivir según sus enseñanzas. Es a través de nuestras acciones, actitudes y relaciones que revelamos el amor y la gracia de Dios al mundo. Estamos llamados a ser testigos vivos del poder transformador del Evangelio.

Para ilustrar estos principios, me gustaría compartir una historia con ustedes. Hace algún tiempo leí una conmovedora historia sobre un joven que atravesaba una etapa difícil de su vida. Estaba luchando contra la depresión, sintiéndose perdido y sin esperanza. Un día, mientras caminaba por la playa, se encontró con un viejo pescador.

El pescador iba echando su red al mar, una y otra vez, sin darse por vencido. Después de varios intentos fallidos, finalmente pescó un pez. El joven quedó intrigado por la perseverancia del pescador y le preguntó qué lo motivó a seguir lanzando su red aún frente a las dificultades. El pescador sonrió y respondió: “Joven, no sólo pesco peces, sino también esperanza. Cada vez que lanzo mi red, creo que hay algo valioso esperándome en las profundidades del mar. Y es esta esperanza la que me mantiene”. perseverante.”

Esta historia nos recuerda que, como el pescador, también nosotros estamos llamados a echar nuestras redes de esperanza y testimonio, incluso ante las dificultades. A veces podemos sentirnos desanimados por los desafíos de la vida, pero es precisamente en esos momentos donde nuestra fe se pone a prueba y se fortalece. Es a través de nuestra perseverancia y confianza en Dios que podemos experimentar Su gracia transformadora.

Queridos hermanos y hermanas, a la luz de los pasajes bíblicos que meditamos hoy, quiero enfatizar tres temas clave que deben guiar nuestra vida como testigos de Jesucristo:

Plenitud del Espíritu Santo: Al igual que Pedro y Juan, estamos llamados a ser llenos del Espíritu Santo. Debemos abrir nuestros corazones para que el Espíritu pueda darnos coraje, sabiduría y elocuencia para proclamar el amor y la gracia de Dios.

Encuentro personal con Jesús: Al igual que María Magdalena, todos tenemos una historia de un encuentro personal con Jesús. Debemos compartir estas experiencias con otros, revelando el poder transformador de Cristo en nuestras vidas.

Esperanza y perseverancia: Como el pescador, estamos llamados a echar nuestras redes de esperanza y testimonio, incluso ante las dificultades. Debemos perseverar en la fe, confiando en que Dios está con nosotros en todas las circunstancias.

Ahora me gustaría desafiar a cada uno de ustedes a reflexionar sobre cómo se aplican estos principios a su vida diaria. ¿En qué áreas de tu vida necesitas ser un testigo más auténtico del amor y la gracia de Dios? ¿Dónde necesitas ser lleno del Espíritu Santo para enfrentar los desafíos que se te presenten? ¿Cómo podéis echar vuestras redes de esperanza incluso ante las dificultades?

Permítame ofrecerle algunas orientaciones prácticas para ayudarle en este viaje:

Cultivar una vida de oración e intimidad con Dios. Busque la plenitud del Espíritu Santo a través de la oración diaria, el estudio de la Palabra de Dios y la participación en los sacramentos.

Comparte tu historia de fe con otros. Sea auténtico y abierto acerca de las experiencias de encontrar personalmente a Jesús en su vida. Esto se puede hacer a través de conversaciones personales, testimonios en grupos de oración o incluso en las redes sociales.

Sea una fuente de esperanza y aliento para quienes lo rodean. Esté atento a las necesidades de los demás y ofrezca palabras de consuelo, gestos amables y apoyo práctico siempre que sea posible.

Mantente fuerte en tu fe, incluso ante la adversidad. Recuerda que Dios es más grande que cualquier desafío que puedas enfrentar. Confía en Su providencia y permite que Su gracia te fortalezca.

Queridos hermanos y hermanas, estamos llamados a ser testigos vivos del amor y la gracia de Dios en nuestras vidas. Al igual que Pedro y Juan, como María Magdalena y como el pescador, estamos llamados a proclamar la resurrección de Jesucristo a través de nuestras palabras, acciones y testimonio personal.

Que seamos llenos del Espíritu Santo, compartiendo con valentía y humildad las experiencias de un encuentro personal con Jesús. Que nuestras vidas sean como redes de esperanza lanzadas al mundo, revelando el poder transformador del Evangelio.

Que Dios, en su infinita bondad, nos guíe y fortalezca en este camino de testimonio. Amén.