Evangelio de hoy – Viernes, 3 de enero de 2025 – Juan 1,29-34 – Biblia Católica

Primera Lectura (1 Juan 2,29-3,6).

Lectura de la Primera Carta de San Juan.

Queridos amigos, sabiendo que él es justo, sepan también que de él nació todo aquel que practica la justicia. Mirad qué gran regalo de amor nos dio el Padre: ¡ser llamados hijos de Dios! ¡Y lo somos! Si el mundo no nos conoce es porque no ha conocido al Padre. Queridos amigos, ya somos hijos de Dios, ¡pero ni siquiera se ha revelado lo que seremos! Sabemos que cuando Jesús aparezca, seremos como él, porque lo veremos tal como él es. Todo el que espera en él se purifica, así como él es puro. Todo el que comete pecado, también comete iniquidad, porque el pecado es iniquidad. Sabéis que él fue manifestado para quitar los pecados y que en él no hay pecado. Todo el que peca demuestra que no lo vio ni lo conoció.

– Palabra del Señor.

– Gracias a Dios.

Evangelio (Juan 1,29-34).

Proclamación del Evangelio de Jesucristo según San Juan.

— Gloria a ti, Señor.

Al día siguiente, Juan vio a Jesús acercándose a él y dijo: He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. De él dije: Después de mí viene un hombre que ha ido antes que yo, porque él también era antes que yo. No lo conocía, pero si venía a bautizar con agua, era para revelarse a Israel.” Y Juan testificó, diciendo: Vi al Espíritu descender como paloma del cielo, y permaneció sobre él. Tampoco yo lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquel en quien ves el Espíritu descienda y permanezca, éste es el que bautiza con el Espíritu Santo’. Yo he visto y doy testimonio: ¡Éste es el Hijo de Dios!

— Palabra de Salvación.

— Gloria a ti, Señor.

Reflejando la Palabra de Dios

Queridos hermanos y hermanas en Cristo,

“¡He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!” Esta poderosa declaración de Juan el Bautista resuena a través de los siglos hasta nosotros hoy. Es un momento de reconocimiento divino, un instante de revelación que cambiaría para siempre la historia de la humanidad.

Nuestra primera lectura, de la primera carta de Juan, nos presenta una verdad fundamental: “Todo aquel que practica la justicia es nacido de Dios”. ¡Qué declaración tan extraordinaria! Juan nos está diciendo que nuestra conexión con Dios no es sólo una cuestión de creencia intelectual, sino que se manifiesta en acciones concretas de justicia y rectitud.

Pero João va más allá. Nos recuerda el amor incomprensible de Dios: “Mirad qué gran amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios, ¡y lo somos!”. Deténganse por un momento y dejen que esta verdad penetre en sus corazones. No somos sólo criaturas de Dios, no somos sólo sirvientes: ¡somos hijos amados!

Esta filiación divina no es una bonita metáfora ni un honorífico vacío. Es una realidad transformadora que debe moldear toda nuestra existencia. Como hijos de Dios, estamos llamados a una vida de santidad, a un proceso continuo de transformación. “El que permanece en Él no continúa pecando”, nos dice Juan.

Y aquí es donde nuestro Evangelio se conecta maravillosamente con este mensaje. Juan el Bautista ve a Jesús acercarse y lo reconoce no sólo como un profeta o maestro más, sino como el “Cordero de Dios”. Esta identificación es profundamente significativa. En el contexto judío, el cordero era el animal del sacrificio de la Pascua, símbolo de liberación y redención.

Juan testifica: “Vi al Espíritu descender del cielo como paloma, y ​​permaneció sobre él”. Este es el mismo Espíritu que nos permite vivir como hijos de Dios, que nos fortalece para la vida de justicia y santidad que Juan describe en su carta.

Pero, ¿qué significa para nosotros hoy ser hijos de Dios en un mundo que muchas veces parece tan alejado de Él? ¿Cómo vivimos esta realidad en medio de los desafíos y tentaciones de nuestro tiempo?

Primero, debemos reconocer nuestra identidad. Así como Jesús fue identificado públicamente como el Hijo amado de Dios, nosotros también debemos abrazar nuestra identidad como hijos de Dios. Esto significa vivir con la dignidad y responsabilidad que implica esta membresía.

En segundo lugar, estamos llamados a una vida de transformación continua. Juan nos dice que “cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es”. Ésta es nuestra esperanza y nuestra meta: llegar a ser cada vez más como Cristo.

En tercer lugar, debemos vivir una vida de rectitud práctica. Nuestra filiación divina debe manifestarse en acciones concretas de amor, compasión y justicia. No podemos contentarnos con llamar a Dios Padre si no vivimos como sus hijos.

Imaginemos por un momento cómo sería nuestra comunidad si cada uno de nosotros viviera plenamente nuestra identidad como hijos de Dios. ¡Cuán diferentes serían nuestras familias, nuestros lugares de trabajo, nuestras escuelas! ¡Qué transformadora sería nuestra presencia en el mundo!

Juan Bautista cumplió su misión al señalar a Jesús como el Cordero de Dios. Nuestra misión hoy es similar: a través de nuestras vidas, debemos señalar a Cristo, el único que verdaderamente puede quitar el pecado del mundo.

Que nosotros, como hijos amados de Dios, vivamos de una manera digna de nuestro llamado. Que el Espíritu Santo, que descendió sobre Jesús como paloma, siga guiándonos y transformándonos. Y que nuestras vidas sean un testimonio vivo del amor transformador de Dios en un mundo que tanto necesita esperanza y redención.

Que la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios Padre y la comunión del Espíritu Santo estén con todos vosotros. Amén.