Evangelio de hoy – Viernes, 5 de julio de 2024 – Mateo 9,9-13 – Biblia Católica

Primera Lectura (Amós 8,4-6,9-12)

Lectura de la Profecía de Amós.

Oíd esto, vosotros que maltratáis a los humildes y prosternáis a los pobres de la tierra; vosotros que andáis diciendo: “¿Cuándo pasará la luna nueva, para vender bien las mercancías? Y el sábado, para sacar pronto el trigo, para reducir medidas, aumentar pesos y manipular balanzas, para ¿Dominar a los pobres con dinero y a los humildes con un par de sandalias, y vender el desperdicio del trigo? “Sucederá en aquel día, dice el Señor Dios, que haré que el sol se ponga al mediodía, y en pleno día oscurecerá la tierra; cambiaré vuestras fiestas en luto, y todos vuestros cánticos en luto; Pondré cilicio en todos vuestros lomos y raparé todas las cabezas, la tierra hará duelo como por un hijo único, y el fin de este día terminará en amargura. He aquí, vendrán días, dice el Señor. cuando enviaré hambre a la tierra, no de agua, sino de oír la palabra de Jehová.” Los hombres vagarán de mar en mar, moviéndose de norte a este, buscando la palabra del Señor, pero no la encontrarán.

– Palabra del Señor.

– Gracias a Dios.

Evangelio (Mateo 9,9-13)

Proclamación del Evangelio de Jesucristo según San Mateo.

— Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo, Jesús vio a un hombre llamado Mateo, sentado en la oficina del recaudador de impuestos, y le dijo: “¡Sígueme!”. Se levantó y siguió a Jesús. Mientras Jesús estaba a la mesa en casa de Mateo, muchos publicanos y pecadores vinieron y se sentaron a la mesa con Jesús y sus discípulos. Algunos fariseos vieron esto y preguntaron a los discípulos: “¿Por qué vuestro maestro come con publicanos y pecadores?” Jesús escuchó la pregunta y respondió: “Los que están sanos no necesitan médico, pero los que están enfermos sí. Aprende, pues, lo que significa: ‘Quiero misericordia y no sacrificio’. En verdad, no he venido a llamar a los justos. , sino pecadores.”

— Palabra de Salvación.

— Gloria a ti, Señor.

Reflejando la Palabra de Dios

Mis queridos hermanos y hermanas en Cristo,

Hoy, reunidos bajo la luz de la fe, estamos llamados a reflexionar profundamente sobre las lecturas que nos ofrece la liturgia. Nos presentan un desafío y una esperanza, una advertencia y una promesa. Profundicemos en las palabras del profeta Amós y en las palabras de nuestro Señor Jesucristo para encontrar guía e inspiración para nuestra vida.

La primera lectura, del profeta Amós, es un poderoso llamado a la justicia y la rectitud. Amós denuncia la injusticia social y la explotación de los pobres. Habla de una época en la que la gente practicaba negocios deshonestos, explotando a los necesitados y manipulando los precios para su propio beneficio. Amós dice: “Escuchen esto, ustedes que aplastan a los necesitados y destruyen a los miserables de la tierra, diciendo: ‘¿Cuándo pasará la luna nueva para que vendamos nuestro trigo, y el sábado para que expongamos nuestro trigo? altera la balanza a ¡defraudar!’ Compramos a los pobres por dinero y a los pobres por un par de sandalias; incluso vendemos los desperdicios del trigo”.

El profeta Amós no se anda con rodeos al condenar la corrupción y la avaricia de quienes se enriquecen a costa de los pobres. Nos advierte que Dios no es indiferente al sufrimiento de los necesitados y que exige justicia a su pueblo. Este mensaje resuena poderosamente en nuestros tiempos, cuando vemos tantas formas de explotación y desigualdad a nuestro alrededor. La búsqueda desenfrenada de ganancias, a menudo a expensas de la dignidad humana, es una realidad que debemos afrontar.

Imaginemos, entonces, un mercado ajetreado, donde los comerciantes están más preocupados por maximizar sus ganancias que por tratar a sus clientes de manera justa. Pensemos en lo fácil que es, en medio del ajetreo y el bullicio del mundo moderno, perder de vista la dignidad de los demás y centrarnos sólo en nuestros propios intereses. Amós nos invita a mirar más allá de las apariencias y ver la injusticia que puede estar oculta en nuestros sistemas económicos y prácticas diarias.

El mensaje de Amós es claro: Dios ve y se preocupa por cómo nos tratamos unos a otros, especialmente a los más vulnerables. Nos llama a vivir con integridad y practicar la justicia en todos los ámbitos de nuestra vida.

En el evangelio de Mateo encontramos una escena que ilustra perfectamente la misericordia de Dios y su llamado para todos, incluidos aquellos a quienes la sociedad margina. Jesús pasa junto a un recaudador de impuestos llamado Mateo, sentado en su puesto de recaudación de impuestos. Los recaudadores de impuestos, en ese momento, eran vistos como traidores y pecadores, ya que colaboraban con el imperio romano y a menudo extorsionaban al pueblo. Sin embargo, Jesús mira a Mateo y le dice: “Sígueme”. Mateus se levanta y lo sigue.

Esta simple interacción entre Jesús y Mateo nos enseña una profunda lección sobre el amor y la misericordia de Dios. Jesús no mira el pasado de Mateo, sus errores ni su reputación. Él ve el potencial de cambio y arrepentimiento en cada persona. Al invitar a Mateo a seguirlo, Jesús demuestra que nadie está fuera del alcance de la gracia divina. Todos tienen la oportunidad de redimirse y encontrar un nuevo camino.

Después de llamar a Mateo, Jesús va a cenar a su casa, junto con otros publicanos y pecadores. Esto escandaliza a los fariseos, que preguntan a los discípulos: “¿Por qué vuestro maestro come con publicanos y pecadores?” Jesús responde: “No son los sanos los que necesitan médico, sino los enfermos. Aprende, pues, lo que significa: ‘Quiero misericordia y no sacrificio’. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores”.

Jesús nos recuerda que su misión es buscar y salvar lo que se perdió. Nos enseña que la verdadera religión no se trata de rituales vacíos o de autojustificación, sino de misericordia y amor. A través del ejemplo de Mateo, estamos llamados a reflexionar sobre nuestra propia vida y preguntarnos: ¿estamos listos para seguir a Jesús, independientemente de nuestro pasado? ¿Estamos dispuestos a recibir a todos con la misma misericordia y amor que demostró Jesús?

Estas dos lecturas juntas nos dan una imagen completa de la justicia y la misericordia de Dios. Por un lado, estamos llamados a vivir justamente, a no explotar a los demás y a asegurar que nuestras acciones sean siempre en beneficio de todos, especialmente de los más vulnerables. Por otro lado, nos recuerda la infinita misericordia de Dios, que está siempre dispuesta a acoger y redimir.

Reflexionemos sobre cómo podemos aplicar estas lecciones a nuestra vida diaria. Tal vez sea en el lugar de trabajo, donde podemos elegir ser justos y honestos en nuestros tratos, tratando a todos con dignidad y respeto. Quizás sea en nuestras relaciones personales, donde estamos llamados a perdonar y acoger, imitando la misericordia de Jesús. O tal vez sea en nuestro compromiso con la comunidad, donde podemos luchar contra la injusticia y la desigualdad, defendiendo los derechos de los pobres y oprimidos.

Pensemos en un árbol frutal plantado a orillas de un río. Sus raíces profundas buscan agua, y por eso da frutos en abundancia, beneficiando a todos los que la rodean. Asimismo, cuando nuestras vidas están arraigadas en la justicia y la misericordia de Dios, damos frutos que bendicen a nuestra comunidad y traen vida y esperanza a quienes nos rodean.

Hagamos ahora un momento de silencio. Cerremos los ojos y pidamos a Dios la gracia de ser justos y misericordiosos en todas nuestras acciones. Que el Espíritu Santo nos guíe y fortalezca para vivir según las enseñanzas de Cristo.

Señor, te damos gracias por las lecciones de hoy. Ayúdanos a vivir según Tu voluntad, a hacer justicia y a mostrar misericordia en todas nuestras acciones. Que seamos instrumentos de Tu paz y amor en el mundo, iluminando el camino para aquellos en la oscuridad y llevando esperanza a los desesperados. Amén.

Mis hermanos y hermanas, al salir hoy de aquí, llevemos con nosotros la determinación de vivir como verdaderos seguidores de Cristo. Que la gracia de Dios nos acompañe y seamos instrumentos de su paz y amor en el mundo. Recuerde, estamos llamados a ser luz y sal: brillemos y sazonemos el mundo con la bondad, la justicia y el amor de Dios. Amén.