Evangelio de hoy – Jueves, 2 de enero de 2025 – Juan 1,19-28 – Biblia Católica

Primera Lectura (1 Juan 2,22-28).

Lectura de la Primera Carta de San Juan.

Queridos amigos, ¿quién es mentiroso sino el que niega que Jesús es el Cristo? El Anticristo es el que niega al Padre y al Hijo. Quien niega al Hijo tampoco posee al Padre. Quien confiesa al Hijo posee también al Padre lo que habéis oído desde el principio. Si permanece en vosotros lo que habéis oído desde el principio, permaneceréis con el Hijo y con el Padre. Y esta es la promesa que él nos hizo: la vida eterna. Escribo esto sobre aquellos que buscan desviaros. En cuanto a vosotros, la unción que recibisteis de Jesús permanece con vosotros y no necesitáis que nadie os enseñe. Su unción os enseña todo, y es verdad y no mentira. Por tanto, como os enseñó la unción de Jesús, permaneced en él. Así que ahora, hijitos, permaneced en él. De esta manera podremos tener plena confianza cuando él aparezca, y no seremos apartados de él vergonzosamente cuando venga.

– Palabra del Señor.

– Gracias a Dios.

Evangelio (Juan 1,19-28).

Proclamación del Evangelio de Jesucristo según San Juan.

— Gloria a ti, Señor.

Este fue el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron sacerdotes y levitas desde Jerusalén para preguntar: “¿Quién eres?” João lo confesó y no lo negó. Confesó: “Yo no soy el Mesías”. Le preguntaron: “¿Quién eres entonces? ¿Eres Elías?” John respondió: “No lo soy”. Le preguntaron: “¿Eres tú el Profeta?” Él respondió: “No”. Luego preguntaron: “¿Quién eres después de todo? Tenemos que llevar una respuesta a quienes nos enviaron. ¿Qué dices de ti mismo?” Juan declaró: “Yo soy la voz que clama en el desierto: ‘Listo el camino del Señor’, como dijo el profeta Isaías”. Ahora bien, los que habían sido enviados eran los fariseos y preguntaban: “¿Por qué, pues, bautizáis, si no sois el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?” Juan respondió: Yo bautizo con agua, pero entre vosotros está uno a quien no conocéis, que viene detrás de mí. No soy digno de desatar la correa de sus sandalias. Esto sucedió en Betania, al otro lado del Jordán, donde Juan estaba bautizando.

— Palabra de Salvación.

— Gloria a ti, Señor.

Reflejando la Palabra de Dios

Queridos hermanos y hermanas en Cristo,

“¿Quién eres?” Esta pregunta aparentemente simple ha resonado a través de los siglos desde que los sacerdotes y levitas de Jerusalén se la hicieron a Juan el Bautista. Es una pregunta que nos invita a reflexionar profundamente sobre nuestra propia identidad y misión como seguidores de Cristo.

En la primera lectura, Juan nos presenta una verdad fundamental: nuestra identidad cristiana está intrínsecamente ligada al reconocimiento de Jesús como el Cristo. “¿Quién es el mentiroso sino el que niega que Jesús es el Cristo?” Juan no sólo está haciendo una declaración teológica; nos invita a examinar la verdadera naturaleza de nuestra fe.

Piensa por un momento: ¿qué significa reconocer verdaderamente a Jesús como el Cristo? No es sólo una cuestión de palabras o de consentimiento intelectual. Es algo que debería impregnar todos los aspectos de nuestra existencia. Juan nos dice que “quien confiesa al Hijo, también tiene al Padre”. Esta es una verdad profunda sobre la relación: nuestra conexión con Dios Padre es inseparable de nuestra relación con Jesús.

Y luego Juan nos ofrece un precioso consejo: “En cuanto a vosotros, continuad en lo que habéis oído desde el principio”. En un mundo de modas espirituales y novedades teológicas, esta exhortación es más relevante que nunca. La verdad fundamental del Evangelio —que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios hecho carne— sigue siendo nuestro ancla inquebrantable.

Volviendo al Evangelio, encontramos a Juan Bautista ante un interrogatorio sobre su identidad. “¿Quién eres?” Pregúntale a los enviados judíos. La respuesta de Juan es notable tanto por lo que afirma como por lo que niega. No reclama títulos grandiosos para sí mismo. “Yo no soy el Cristo”, declara. “No soy Elías. No soy el profeta”.

En cambio, Juan se identifica con las palabras de Isaías: “Yo soy la voz que clama en el desierto: ‘Enderezad el camino del Señor'”. ¡Qué profunda humildad! Juan no busca llamar la atención sobre sí mismo, sino dirigir todas las miradas hacia Cristo.

Esta es una poderosa lección para nosotros hoy. En una cultura obsesionada por la autopromoción y la construcción de una marca personal, João nos muestra un camino diferente. Entiende que su identidad y propósito están completamente ligados a su misión de preparar el camino a Jesús.

“Entre vosotros hay alguien a quien no conocéis”, dice Juan a los sacerdotes y levitas. Estas palabras todavía resuenan hoy. ¿Cuántas veces está Jesús presente en nuestra vida cotidiana -en los pobres, en los marginados, en los que sufren- y no lo reconocemos? ¿Cómo podemos abrir los ojos para ver a Cristo entre nosotros?

Juan continúa: “Él es el que viene después de mí, pero era antes que yo. Ni siquiera soy digno de desatar la correa de sus sandalias”. Esta afirmación no se trata sólo de cronología; se trata de la naturaleza eterna de Cristo y de nuestra propia posición de humilde servicio ante él.

Volviendo a la primera lectura, Juan nos recuerda que hemos recibido la “unción que viene de él”. Esta unción no es un privilegio pasivo, sino una responsabilidad activa. Nos permite discernir la verdad y permanecer en Cristo.

“Permaneced en él”, nos exhorta Juan, “para que cuando se manifieste tengamos plena confianza y no seamos confundidos por él en su venida”. Este es un llamado a la perseverancia, a la fidelidad constante en nuestro caminar con Cristo.

Mis queridos hermanos y hermanas, hoy estamos llamados a reflexionar sobre nuestra propia identidad en Cristo. Como Juan el Bautista, estamos llamados a ser voces que claman en el desierto de nuestro mundo, preparando el camino para el Señor. Esto significa vivir de tal manera que nuestras vidas apunten a Cristo, no a nosotros mismos.

Estamos llamados a reconocer y confesar a Jesús como el Cristo, no sólo con nuestras palabras, sino con toda nuestra vida. Estamos llamados a permanecer firmes en la verdad que hemos recibido, firmes en nuestra fe en medio de las tormentas de la vida.

Y, sobre todo, estamos llamados a estar atentos a la presencia de Cristo entre nosotros: en los sacramentos, en la Palabra, en nuestra comunidad y especialmente en los rostros de aquellos con quienes nos encontramos en nuestro camino diario.

Que el Espíritu Santo nos ayude a vivir esta vocación con fidelidad y alegría. Que nosotros, como Juan Bautista, disminuyamos para que Cristo pueda aumentar en nuestras vidas. Y que cuando Cristo aparezca, podamos presentarnos ante él con confianza, sabiendo que permanecemos fieles a la verdad de su Evangelio.

Amén.