Evangelio de hoy – Miércoles, 5 de febrero de 2025 – Marcos 6,1-6 – Biblia Católica

Primera Lectura (Hebreos 12,4-7.11-15).

Lectura de la Carta a los Hebreos.

Hermanos, todavía no habéis resistido hasta la sangre en vuestra lucha contra el pecado, y ya habéis olvidado las palabras de aliento que os fueron dirigidas como a niños: “Hijo mío, no desprecies la educación del Señor, no seas desanimaos cuando os reprende; porque el Señor corrige a quien ama y castiga a quien acepta como hijo suyo.” Es por vuestra educación que sufrís, y es como a niños que Dios os trata. ¿Qué es el hijo a quien su padre no corrige? Por el momento, ninguna corrección parece traer alegría, pero sí dolor. Pero después produce frutos de paz y de justicia para quienes han sido formados en ella. Por tanto, “fortaleced vuestras manos cansadas y vuestras rodillas débiles; enderezad el paso de vuestros pies”, para que el cojo no se extravíe, sino que sea sanado. Buscad la paz con todos y la santificación, sin la cual nadie verá al Señor; cuidad que nadie abandone la gracia de Dios. Ninguna raíz venenosa crezca entre vosotros, perturbando y contaminando a la comunidad.

– Palabra del Señor.

– Gracias a Dios.

Evangelio (Marcos 6,1-6).

Proclamación del Evangelio de Jesucristo según San Marcos.

— Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo, Jesús fue a Nazaret, su tierra natal, y sus discípulos lo acompañaron. Cuando llegó el sábado, se puso a enseñar en la sinagoga. Muchos que lo oían estaban asombrados y decían: “¿De dónde sacó todo esto? ¿Cómo adquirió tanta sabiduría? ¿Y estos grandes milagros que se hacen con sus manos? ¿No es éste el carpintero, hijo de María y hermano? ¿De Santiago, de Joset, de Judas y Simón? ¿No viven aquí con nosotros tus hermanas? Y se escandalizaron por causa de él. Jesús les dijo: “Un profeta solo no es estimado en su país, entre sus parientes y parientes.” Y no pudo realizar ningún milagro al sentir su falta de fe. pueblos, enseñanza.

— Palabra de Salvación.

— Gloria a ti, Señor.

Reflejando la Palabra de Dios

Queridos hermanos y hermanas en Cristo,

“Aún no habéis resistido hasta la sangre, luchando contra el pecado”. Con estas impactantes palabras de la carta a los Hebreos, hoy nos enfrentamos a una verdad fundamental de nuestro camino espiritual: el camino de la fe no es un camino de consuelo, sino de crecimiento a través de la disciplina y los desafíos.

Piense por un momento en un niño que aprende a caminar. ¿Cuántas veces cae antes de poder dar sus primeros pasos firmes? Cada caída es una lección, cada rasguño es parte de un aprendizaje. Los padres, en su amor, no impiden que el niño vuelva a intentarlo, sabiendo que estas “pequeñas adversidades” son fundamentales para su desarrollo.

Ésta es la imagen que nos presenta el autor de Hebreos cuando habla de la disciplina del Señor. “El Señor corrige a quien ama y castiga a quien reconoce como su hijo.” Estas palabras pueden sonar duras para nuestros oídos modernos, pero contienen una verdad profunda sobre el amor de Dios. No es un amor que nos mantiene eternamente en la cuna espiritual, sino un amor que nos desafía a crecer, a madurar, a parecernos más a Cristo.

Y aquí el Evangelio de hoy nos ofrece un ejemplo vívido de este desafío. Jesús regresa a Nazaret, su ciudad natal, donde creció trabajando como carpintero. Quienes lo conocieron de niño no pueden ver más allá de su origen humilde: “¿No es éste el carpintero, el hijo de María?” La familiaridad engendró incredulidad y su propio pueblo se convirtió en un obstáculo para la manifestación de su poder.

¡Qué profunda lección encontramos aquí! A veces los mayores desafíos a nuestra fe provienen de los lugares más familiares, de las personas más cercanas a nosotros. Como experimentó Jesús, podemos enfrentar malentendidos, escepticismo o incluso rechazo de nuestra propia familia o comunidad cuando buscamos seguir el llamado de Dios.

El texto nos dice que Jesús “se maravilló de su falta de fe”. Esta incredulidad limitó su acción a Nazaret, donde “no pudo realizar allí ningún milagro”. ¡Qué paradoja tan impresionante! El Hijo de Dios mismo, limitado no por la falta de poder, sino por la incredulidad de quienes deberían conocerlo mejor.

Volviendo a la carta a los Hebreos, encontramos orientación sobre cómo responder a estos desafíos. “Ninguna corrección causa placer al momento, sino tristeza; pero después produce fruto de paz y de justicia para quienes han sido entrenados en ella”. ¡Qué promesa tan reconfortante! Los desafíos que enfrentamos hoy – ya sean rechazos, malentendidos o pruebas – no son el final de la historia. Son instrumentos en manos de un Padre amoroso, que nos moldean para una futura cosecha de paz y justicia.

El autor nos exhorta: “Buscad la paz con todos y la santificación, sin la cual nadie verá al Señor”. Este es un llamado a la perseverancia activa, no a la resignación pasiva. Estamos invitados a buscar la paz incluso con quienes nos rechazan, a cultivar la santidad incluso cuando el camino es difícil.

Mis queridos hermanos y hermanas, ¿a qué desafíos os enfrentáis hoy? ¿Qué “disciplina” parece demasiado pesada? ¿Qué rechazos has experimentado a causa de tu fe?

Recuerde: así como Jesús continuó su ministerio a pesar del rechazo en Nazaret, nosotros estamos llamados a perseverar en nuestro camino de fe. Las dificultades que enfrentamos no son castigos, sino oportunidades de crecimiento. Estos no son signos del abandono de Dios, sino pruebas de su amor formativo.

Que entonces aceptemos los desafíos de nuestro viaje espiritual con valentía y esperanza. Que veamos cada prueba como una oportunidad de crecimiento, cada rechazo como una invitación a profundizar nuestra confianza en Dios. Y que nunca olvidemos que, incluso en los momentos más difíciles, estamos en manos de un Padre amoroso que nos prepara para una cosecha de paz y justicia.

Que la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios Padre y la comunión del Espíritu Santo estén con todos vosotros. Amén.