Evangelio de hoy – Viernes, 7 de marzo de 2025 – Mateo 9,14-15 – Biblia Católica

Primera Lectura (Isaías 58,1-9a)

Lectura del libro del profeta Isaías.

Esto dice el Señor Dios: “Grita fuerte, sin cesar, alza tu voz como trompeta y denuncia los crímenes de mi pueblo y los pecados de la casa de Jacob. Me buscan todos los días y quieren saber mis propósitos, como pueblo que practica la justicia y no ha abandonado la ley de Dios. Me exigen juicios justos y quieren estar cerca de Dios: ‘¿Por qué no os regocijasteis cuando ayunábamos, y no le ignorábais cuando nos humillamos?’ – ¿Es porque en el día de vuestro ayuno hacéis negocios y oprimís a vuestros empleados? ¿Será porque al mismo tiempo que ayunáis, os enfrascáis en disputas y riñas y agresiones despiadadas? No ayunéis con este espíritu, si queréis que vuestra petición sea escuchada en el cielo. ¿A esto lo llamas ayuno, día de agradecimiento al Señor? ¿No es el ayuno que prefiero: – romper cadenas injustas, soltar las ataduras del yugo, liberar a los detenidos, en definitiva, romper todo tipo de esclavitud? Os recuperaréis más rápidamente; vuestra justicia caminará delante y la gloria del Señor os seguirá. Entonces invocaréis al Señor y él os responderá, pediréis ayuda y él os dirá: ‘Aquí estoy’.

– Palabra del Señor.

– Gracias a Dios.

Evangelio (Mateo 9,14-15)

Proclamación del Evangelio de Jesucristo según San Mateo.

— Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo, los discípulos de Juan se acercaron a Jesús y le preguntaron: “¿Por qué nosotros y los fariseos practicamos el ayuno, pero tus discípulos no?” Jesús les dijo: “¿Pueden los amigos del novio llorar mientras el novio está con ellos? Vendrán días en que el novio será quitado de en medio de ellos. Entonces sí, ayunarán”.

— Palabra de Salvación.

— Gloria a ti, Señor.

Reflejando la Palabra de Dios

Queridos hermanos y hermanas en Cristo,

¿Cuántas veces hemos escuchado la expresión “apariencia versus realidad”? Piensa en esa fruta que parece perfecta por fuera, pero cuando la cortamos descubrimos que está estropeada por dentro. O esa persona que viste elegantemente y habla con elocuencia, pero cuyas acciones revelan un carácter cuestionable. Nuestra vida espiritual no es inmune a este contraste entre el exterior y el interior, entre lo que parece ser y lo que realmente es. Y es precisamente esta tensión sobre la que nuestras lecturas de hoy nos invitan a reflexionar.

En la primera lectura, el profeta Isaías transmite un poderoso mensaje de Dios al pueblo de Israel. “Grita a gran voz sin cesar, alza tu voz como trompeta y denuncia a mi pueblo sus crímenes, a la casa de Jacob sus pecados”. ¡Qué comienzo tan fuerte! Isaías no está siendo sutilmente diplomático aquí. Está llamado a ser como una trompeta, un instrumento cuyo sonido es imposible de ignorar.

Pero ¿cuál es el delito que exige una denuncia tan vehemente? Al parecer la gente está haciendo todo bien. “Me buscan todos los días”, dice el Señor, “muestran deseo de conocer mis caminos”. Practican ritos religiosos, ayunan y hasta se preguntan por qué Dios no reconoce sus esfuerzos: “¿Por qué ayunamos y vosotros no lo habéis visto?”

La respuesta divina es reveladora: el problema no es la ausencia de prácticas religiosas, sino la incongruencia entre estas prácticas y la forma en que viven su vida diaria. “El día de vuestro ayuno hacéis negocios y oprimís a todos vuestros trabajadores”. Su ayuno religioso coexiste con la injusticia social. Su aparente piedad enmascara una realidad de explotación y opresión.

Luego, el profeta presenta una visión alternativa del ayuno que agrada a Dios. No se trata simplemente de abstenerse de comer, sino de “romper las cadenas injustas, desatar las ataduras del yugo, liberar a los oprimidos, romper finalmente todo tipo de yugo”. Es alimentar al hambriento, acoger a los sin hogar, vestir al desnudo y no esconderse del prójimo.

Este es un mensaje profundamente desafiante para nosotros hoy. ¿Con qué frecuencia nuestra propia práctica religiosa se desconecta de nuestra vida cotidiana? Podemos ser fieles a la misa dominical y aun así tratar mal a nuestros empleados el lunes. Podemos orar fervientemente y aun así ignorar el sufrimiento de quienes nos rodean. Podemos conocer en detalle la doctrina de la Iglesia y aun así no amar a nuestro prójimo en las situaciones concretas de la vida.

El ayuno que Dios desea es aquel que nos mueve a la acción a favor de la justicia y la compasión. Un ayuno que no termina cuando rompemos la abstinencia, pero que transforma fundamentalmente la forma en que nos relacionamos con los demás y con el mundo.

¿Y cuál es la promesa de este tipo de ayuno? “Entonces nacerá tu luz como la aurora, y tu herida pronto será sanada. Tu justicia irá delante de ti, y la gloria del Señor te seguirá”. ¡Qué imagen tan poderosa! La luz del alba disipando las tinieblas, las heridas curándose, la justicia abriendo camino y la gloria divina como retaguardia protectora.

Y además: “Entonces clamarás, y el Señor te responderá; pedirás ayuda, y él te dirá: ‘Aquí estoy'”. La promesa no es sólo de transformación personal y social, sino de una intimidad renovada con Dios, una comunicación directa e inmediata en la que Dios responde prontamente a nuestro llamado.

Ahora volvamos nuestra mirada al Evangelio. Los discípulos de Juan Bautista se acercan a Jesús con una pregunta aparentemente simple pero profundamente significativa: “¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos a menudo, pero tus discípulos no ayunan?”

Esta pregunta refleja la preocupación, a menudo presente en los círculos religiosos, por la conformidad externa con las prácticas piadosas. Los discípulos de Juan y los fariseos observaban fielmente la práctica del ayuno, mientras que los seguidores de Jesús parecían ignorar esta importante tradición religiosa.

La respuesta de Jesús es fascinante. En lugar de condenar el ayuno en sí, redefine su significado y contexto: “¿Pueden los invitados a una boda estar de luto mientras el novio está con ellos? Llegarán días en que el novio será quitado de entre ellos. Entonces, sí, ayunarán”.

Jesús está introduciendo aquí una nueva comprensión del ayuno. En la tradición judía, el ayuno se asociaba a menudo con el duelo, la penitencia y la espera de algo mejor. Pero Jesús está diciendo: ¡lo mejor ya está aquí! El Reino de Dios ha llegado en la persona del Esposo: Cristo mismo. Este es un momento de celebración, no de luto.

Jesús no está aboliendo el ayuno, sino transformando su significado. Habrá un momento apropiado para ayunar – cuando el Novio sea llevado (una referencia a su muerte y ascensión) – pero ahora es un momento para la celebración, para la alegría, para celebrar la presencia de Dios entre nosotros.

¡Qué contraste tan fascinante entre estas dos lecturas! Isaías critica un ayuno que se ha convertido en un ritual vacío, desconectado de la justicia y la compasión. Jesús está señalando una nueva comprensión del ayuno que no está arraigada en reglas externas sino en una relación viva con Dios.

Ambas lecturas nos llaman a una práctica religiosa que va más allá de las apariencias, que brota de un corazón transformado por el amor de Dios y que se manifiesta en acciones concretas de justicia y compasión.

Entonces, ¿qué significan estas lecturas para nosotros hoy? ¿Cómo podemos aplicarlos en nuestras vidas?

Primero, se nos invita a examinar nuestra propia práctica religiosa. ¿Nuestras oraciones, nuestro ayuno, nuestra participación en la Misa y los sacramentos están conectados con una vida de justicia y amor por los demás? ¿O existe una desconexión entre nuestra piedad y nuestra vida cotidiana?

En segundo lugar, estamos llamados a reconocer la presencia del Novio en nuestras vidas. ¡Cristo está con nosotros ahora! Esto debería ser motivo de alegría y celebración. Nuestra práctica religiosa no debe ser oscura y pesada, sino radiante con el gozo de conocer y seguir a Cristo.

En tercer lugar, debemos estar atentos a las necesidades de quienes nos rodean. El ayuno que Dios desea no es sólo una abstención de comida, sino una respuesta activa al hambre y la sed de justicia en nuestro mundo. Se trata de romper cadenas injustas, liberar a los oprimidos, compartir nuestro pan con los hambrientos.

Cuarto, se nos recuerda que habrá tiempos de celebración y tiempos de ayuno en nuestro viaje espiritual. Habrá momentos en los que sentiremos intensamente la presencia de Cristo con nosotros y momentos en los que sentiremos su aparente ausencia. Ambos son parte del ritmo de la vida espiritual.

Finalmente, estamos llamados a vivir la promesa de Isaías: “Entonces nacerá tu luz como la aurora”. Cuando nuestra práctica religiosa está alineada con la voluntad de Dios, cuando nuestro ayuno se manifiesta en actos de justicia y compasión, nos convertimos en luz en el mundo, reflejos de la luz de Cristo mismo.

Mis queridos hermanos y hermanas, que seamos un pueblo cuyo ayuno agrada a Dios. Que nuestra práctica religiosa no sea sólo un ritual externo, sino una expresión de corazones transformados por el encuentro con Cristo, el Esposo. Que nuestra luz surja como el amanecer en un mundo a menudo oscurecido por la injusticia y el egoísmo.

Y que cuando clamamos, experimentemos la pronta respuesta de Dios: “Aquí estoy”. Porque, en última instancia, esta es la esencia de nuestra fe: no rituales vacíos o prácticas externas, sino una relación viva y transformadora con el Dios que nos ama y está siempre presente con nosotros.

Que la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios Padre y la comunión del Espíritu Santo estén con todos vosotros. Amén.