Abdías 1:3 dice: “La soberbia de vuestro corazón os ha engañado, como el que habita en las hendiduras de las peñas, en su alta morada, que dice en su corazón: ¿Quién me derribará a tierra?”
La historia de Edom es una advertencia contra los peligros de la exaltación propia y el orgullo. Edom era el nombre de una nación que descendía de Esaú, el hermano mayor de Jacob. Esaú y Jacob eran hijos del patriarca Isaac y nietos de Abraham. La relación entre los hermanos siempre ha sido tensa, y esa tensión se ha transmitido a sus naciones. La nación de Edom era arrogante y altiva, creyendo que era invencible y que nada podía destruirla. Confiaron en su fuerza y habilidades y no reconocieron que su éxito venía de Dios.
Debido a su arrogancia, Dios envió juicios sobre Edom. En lugar de arrepentirse y volverse a Dios, continuaron confiando en sí mismos y en su fuerza. Al final, Edom fue destruida y se convirtió en un desierto. El profeta Abdías escribió sobre la caída de Edom y el orgullo que condujo a su destrucción. Usó la imagen de Edom viviendo en “hendiduras en las rocas” como un ejemplo de exaltación propia.
El orgullo es un pecado peligroso y destructivo. Ciega a las personas a la verdad y conduce a un comportamiento egoísta y arrogante. En Proverbios 16:18 leemos: “El orgullo va antes de la destrucción, y el espíritu altivo antes de la caída”. Y en Santiago 4:6, dice: “Dios se opone a los soberbios, pero da gracia a los humildes”.
Por eso es importante reconocer que todo lo que tenemos proviene de Dios y no debemos depender de nuestra propia fuerza o habilidad. Debemos ser humildes y reconocer que dependemos de Dios para todo. El apóstol Pablo escribió en Filipenses 2:3-4: “No hagáis nada por rivalidad o por vanidad, sino con humildad, considerando a los demás mejores que a vosotros mismos. Cada uno de vosotros debe velar no sólo por sus propios intereses, sino también por los intereses de otros”.
En resumen, la historia de Edom nos enseña que el orgullo puede conducir a la caída y la destrucción. Debemos ser humildes y reconocer que dependemos de Dios para todo. La exaltación propia puede cegarnos a la verdad y conducirnos a un comportamiento egoísta y arrogante. En cambio, debemos buscar la humildad y la sumisión a la voluntad de Dios.
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