Evangelio de hoy – Miércoles, 30 de abril de 2025 – Juan 3:16-21 – Biblia Católica

Primera Lectura (Hechos 5,17-26)

Lectura de los Hechos de los Apóstoles.

En aquellos días, el sumo sacerdote y todos los de su grupo, es decir, el grupo de los saduceos, se levantaron llenos de ira y ordenaron que arrestaran a los apóstoles y los arrojaran a la cárcel pública. Sin embargo, durante la noche, el ángel del Señor abrió las puertas de la prisión y los sacó, diciendo: “Id y hablad al pueblo en el templo sobre todo lo que concierne a esta forma de vivir”. Ellos obedecieron y al amanecer entraron al templo y comenzaron a enseñar. El Sumo Sacerdote llegó con sus partidarios y convocó al Sanedrín y al Consejo formado por las personas importantes del pueblo de Israel. Luego mandaron llamar a los apóstoles para que fueran llevados a prisión. Pero cuando llegaron a la prisión, los sirvientes no los encontraron y regresaron diciendo: “Encontramos la prisión cerrada, con total seguridad, y los guardias estaban apostados frente a la puerta. Pero cuando abrimos la puerta, no encontramos a nadie dentro”. Al escuchar esta noticia, el jefe de la guardia del templo y los sumos sacerdotes no sabían qué pensar y se preguntaban qué podría haber pasado. Llegó alguien y les dijo: “¡Los hombres que habéis encarcelado están en el templo enseñando al pueblo!” Entonces el jefe de la guardia del templo salió con los guardias y trajo a los apóstoles, pero sin violencia, porque tenían miedo de que el pueblo los atacara con piedras.

– Palabra del Señor.

– Gracias a Dios.

Evangelio (Juan 3,16-21)

Proclamación del Evangelio de Jesucristo según San Juan.

— Gloria a ti, Señor.

Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, sino que tenga vida eterna. De hecho, Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo pudiera salvarse por él. El que cree en él no es condenado, pero el que no cree ya está condenado, porque no creyó en el nombre del Hijo unigénito. Ahora bien, este es el juicio: la luz ha venido al mundo, pero los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas. Quien hace el mal aborrece la luz y no se acerca a ella, para que sus acciones no queden al descubierto. Pero quien obra según la verdad se acerca a la luz, para que sea evidente que sus acciones se realizan en Dios.

— Palabra de Salvación.

— Gloria a ti, Señor.

Reflejando la Palabra de Dios

Queridos hermanos y hermanas en Cristo,

¿Alguna vez te has encontrado despierto en medio de la noche, en una habitación completamente oscura, tratando de encontrar el camino hacia la puerta? Incluso en un ambiente familiar, la oscuridad nos desorienta, nos hace dudar, tropezar y temer. Pero cuando alguien enciende una luz, aunque sea tenue, todo cambia. El camino se hace visible, los obstáculos se revelan y el miedo se disipa. Esta imagen de la transición de la oscuridad a la luz impregna profundamente las lecturas de hoy, invitándonos a reflexionar sobre el poder transformador del amor de Dios en nuestras vidas.

Al leer los Hechos de los Apóstoles encontramos a los discípulos en una situación aparentemente desesperada. Encarcelado de noche, encerrado en una prisión pública por las autoridades religiosas. ¿Qué podría ser más oscuro? Las puertas están cerradas, los guardias vigilan y el futuro parece incierto y amenazador. Esta oscuridad literal también simboliza la feroz oposición que enfrentaron por proclamar la resurrección de Jesús.

Pero entonces sucede algo extraordinario. “Durante la noche, el ángel del Señor abrió las puertas de la prisión, los sacó y dijo: ‘Id, presentaos en el templo y declarad al pueblo todas las palabras de esta Vida'”. ¡Qué contraste tan poderoso! De la oscuridad de la prisión a la luz de la liberación. De las cadenas de la persecución a la libertad de proclamación.

¿Y qué hacen los apóstoles? ¿Están corriendo para salvar sus vidas? ¿Se esconden para evitar una mayor persecución? ¡No! “Ellos obedecieron, y al amanecer entraron en el templo y comenzaron a enseñar”. ¡Qué coraje extraordinario! ¡Qué confianza inquebrantable! Salieron de la oscuridad del miedo a la luz de un testimonio valiente.

Este movimiento de las tinieblas a la luz encuentra su expresión más profunda y teológica en nuestro Evangelio de hoy, que contiene lo que quizás sea el versículo más conocido y querido de toda la Escritura: “Tanto amó Dios al mundo que dio a su único Hijo, para que todo aquel que en él cree no perezca, sino que tenga vida eterna”.

Permítanme detenerme un momento en esta extraordinaria declaración. “Tanto amó Dios al mundo…” No sólo algunas partes del mundo, no sólo algunas personas en el mundo, sino el mundo entero. Este amor no es selectivo, no es exclusivo, no es condicional. Es un amor que abarca toda la creación, cada ser humano, incluidos tú y yo, exactamente tal como somos.

“…que dio a su único Hijo…” Reflexiona sobre lo que significa “entregar”. No se trata simplemente de enviar o prestar, sino de dar completamente, sin reservas. Dios mismo, en la persona de Jesús, entró en nuestra oscuridad, experimentó nuestro dolor, enfrentó nuestras tentaciones y, finalmente, tomó sobre sí el peso de nuestros pecados en la cruz.

“…para que todo aquel que en él cree, no se pierda, sino que tenga vida eterna.” Éste es el propósito último del amor de Dios: no la condenación, sino la salvación; no muerte, sino vida eterna. Una vida que comienza no sólo después de la muerte, sino aquí y ahora, cuando pasamos de la oscuridad a la luz.

Jesús continúa explicando: “Dios no envió a su Hijo al mundo para condenarlo, sino para que el mundo sea salvo por él”. ¡Esta es una noticia revolucionaria! En un mundo donde a menudo pensamos en las deidades como jueces severos listos para castigar las transgresiones, Jesús revela un Dios cuya motivación fundamental es el amor salvador.

Pero luego Jesús introduce un poderoso contraste: “El que cree en el Hijo no es condenado, pero el que no cree ya está condenado”. Nótese bien: no es Dios quien condena, sino nuestra propia negativa a aceptar su luz y su amor. Es como alguien en una habitación oscura que se niega a encender la luz o abrir las cortinas para dejar entrar el sol. Hay luz disponible, pero es rechazada.

¿Por qué? Jesús explica: “La luz vino al mundo, pero los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas. Quien hace el mal aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no queden descubiertas”.

¡Qué análisis tan profundo de la condición humana! ¿Con qué frecuencia nos aferramos a nuestra oscuridad familiar porque tememos lo que la luz revelará? ¿Cuántas veces nos resistimos a la transformación porque tememos abandonar nuestros viejos hábitos, nuestros comportamientos cómodos, aunque sepamos que son destructivos?

Tal vez sea una relación que sabemos que es tóxica, pero a la que nos aferramos por miedo a la soledad. Tal vez sea una adicción que nos brinda consuelo temporal pero que poco a poco destruye nuestras vidas. Tal vez sea un patrón de pensamiento negativo que se ha vuelto tan familiar que ya casi no lo notamos. Quizás sea un pecado que ocultamos, demasiado avergonzados para sacarlo a la luz de la confesión y el arrepentimiento.

Jesús nos está diciendo que nuestra renuencia a venir a la luz no es un problema de información, sino de afecto. No es que no sepamos lo que está bien, sino que amamos lo que está mal. No es ignorancia, sino apego. No es confusión, sino elección.

Pero Jesús no termina con este sombrío análisis. Ofrece esperanza: “Pero el que obra según la verdad viene a la luz, para que sus obras sean reveladas, porque están hechas en Dios”. Aquí está la promesa: cuando elegimos la luz, cuando permitimos que el amor de Dios ilumine incluso los rincones más oscuros de nuestras vidas, descubrimos que no estamos solos en este proceso. Nuestras obras “se hacen en Dios”: Él está obrando en nosotros y a través de nosotros.

Este paso de la oscuridad a la luz no es fácil. Los apóstoles en nuestra primera lectura sabían esto. No fueron liberados de la prisión para llevar una vida cómoda y segura, sino para continuar proclamando un mensaje que los ponía en peligro. De hecho, poco después de ser liberados milagrosamente, fueron detenidos nuevamente. La libertad que Dios ofrece no es una exención de las dificultades, sino la valentía de afrontarlas con fe.

¿Y qué les dio a los apóstoles este extraordinario coraje? Esto fue precisamente lo que Jesús revela en el Evangelio: la profunda comprensión de que Dios los amaba no con un amor débil o condicional, sino con un amor tan poderoso que había vencido incluso la muerte. Este amor se convirtió en la luz que guió sus pasos, incluso en medio de la adversidad.

Mis queridos hermanos y hermanas, hoy estamos llamados a hacer el mismo camino de la oscuridad a la luz. Estamos invitados a permitir que el amor radical y transformador de Dios ilumine cada aspecto de nuestras vidas. Esto requiere coraje: el coraje de permitir que la luz revele lo que está oculto, el coraje de dejar ir lo que nos mantiene en la oscuridad, el coraje de vivir abiertamente como hijos e hijas de la luz.

Imagínese cómo sería si, como los apóstoles, respondiéramos a la liberación que Dios nos ofrece no con miedo o vacilación, sino con una valiente proclamación de la verdad. Imagínese cómo se transformarían nuestras familias, nuestro lugar de trabajo, nuestra comunidad, nuestra iglesia si cada uno de nosotros viviera plenamente a la luz del amor de Dios.

Y recuerda siempre: esta luz no es algo que tengamos que generar por nuestra cuenta. Es un don, ofrecido gratuitamente por un Dios que “tanto amó al mundo que entregó a su único Hijo”. Todo lo que tenemos que hacer es abrir nuestras vidas para recibirlo.

Hoy, al dejar este lugar, llevemos con nosotros esta verdad transformadora. Dios nos ama, no con un amor abstracto o lejano, sino con un amor que ha entrado en nuestras tinieblas, que ha abierto las puertas de nuestra prisión, que nos invita a una vida en la luz. Como los apóstoles, respondamos a este amor no con temor, sino con confianza; no con silencio, sino con proclamación; no quedarnos en las sombras, sino vivir plenamente en la luz.

“Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él”. Esta es la buena noticia que celebramos hoy. Esta es la luz que ilumina nuestro camino. Esta es la verdad que nos hace libres.

Que el Dios que nos sacó de la oscuridad a Su luz maravillosa continúe guiando nuestros pasos, transforme nuestros corazones y use nuestras vidas como faros de Su amor en un mundo que tan desesperadamente necesita esperanza.

Que la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios Padre y la comunión del Espíritu Santo estén con todos vosotros, hoy y siempre. Amén.